| UN DOMINGO EN EL CAMPO (Un
dimanche a la..., 1984) DADDY NOSTALGIE (1990) |
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Sobre el amor al padre y del padre...Dentro de lo que significa la total y absoluta coherencia cinematográfica de Bertrand Tavernier, a la que habría que añadir, una progresión cualitativa y enriquecedora, que le ha llevado en los noventa a realizar al menos tres obras cercanas a la maestría: Ley 627 (L. 627, 1992), Capitán Conan (Capitaine Conan, 1996) y Hoy empieza todo (Ça commence aujord'hui, 1998), (a estos tres films se les podría conocer también como su trilogía con Philippe Torreton, un actor increíble, sé que es tosco, pero no se me ocurre otro adjetivo más claro, que también aparecía al final de La carnaza (L'appât, 1995), en lo que podría ser una prolongación de su personaje en Ley 627), y lo que me parece aún más importante, con una variedad estilística y temática totalmente diferente en las tres películas, lo que subraya la exquisita madurez a la que ha llegado Tavernier como director y orquestador de todos sus films. Hay sin embargo, un film, a mi juicio incomprensible, por su baja calidad, en lo que podría denominarse la mejor etapa creativa de Tavernier. Se trata de Daddy Nostalgie, un film realizado inmediatamente después de la maravillosa La vida y nada más (La vie et rien d'autre, 1989) y el documental La guerre sans nom (1991), dos años antes de realizar Ley 627, y que de alguna manera hace caer a Tavernier en un tema ya tocado por él: La imposible recuperación del tiempo pasado, y no tanto para revivir momentos, si no para poder cambiarlos y hacerlos positivos, todo esto, mezclado por una nostalgia (bastante empalagosa en Daddy Nostalgie) dibujada mediante las relaciones de los distintos personajes de la familia, en sus atracciones y contradicciones, en sus dolores y en sus ansiedades. El tema, como digo, ya había sido usado por Tavernier en la estimable Un domingo en el campo, donde los dos hijos del anciano viudo Ladmiral (un apreciable Louis Ducreux) iban a visitarle, y en un solo día, en el que además habitan casi más los silencios que las palabras, se conseguía una tierna descripción, ya no sólo de las interioridades y secretos de la familia (en especial gracias a los flash-backs en un mismo plano donde la fallecida señora Ladmiral nos deja detalles de lo que había sido el pasado), si no además nos recrea a la perfección el tono crepuscular de la época (que estaría directamente emparentado con sus dos films sobre el final de la Primera Guerra Mundial: La vida y nada más y Capitán Conan, donde el pesimismo y el oscurantismo por un incierto futuro se hace aún más latente), la denominada Belle époque, que poco después se vería cercenada a base de cuchillo y mosquetón con la llegada de la Primera Guerra mundial. Así Un domingo en el campo sabe respirar de una gustosa puesta en escena, filmada con mucha delicadeza por la cámara de Tavernier, con una gama cromática, casi pictórica, del excelente director de fotografía Bruno de Keyzer, y de esta manera la sosegada narración, se permite el acariciar a sus personajes, el dibujarlos correctamente, sin excesos, con los mínimos trazos necesarios para que entendamos su evolución en la vida y en la película. Quizás aquí es donde más difieren ambos films, si en Un domingo en el campo se contraponen tanto las personalidades de los personajes como su relación con el padre (el hijo, es tranquilo y algo bobo, con un aire bastante deprimido, proveniente de la escasa atención le dedica su padre, pese su buena voluntad como hijo, frente a su alocada hermana, mucho más querida por su padre pese a su espíritu casi anárquico y total libertad con la que se enfrenta a la vida), en Daddy Nostalgie el triángulo se cimenta en el amor casi motorizado de la mujer por su marido (un más bien soso Dirk Bogarde) y el del redescubrimiento -si se puede llamar así- de un padre por su hija (Jane Birkin). De alguna manera, tanto Ladmiral como Daddy, son hombres ancianos que no dedicaron mucho tiempo a su familia y ahora, que les está a punto de llegar su final, intentan acercarse vagamente a ellos, aunque, ni siquiera ellos mismos, son capaces de ver que hicieron mal en su día. Ambos films discurren así por caminos similares, guiados ambos por la voz en off del propio Tavernier, y a medida que avanza la narración, ligera en la primera, terriblemente pesada en la segunda, acaban por confluir en lo que es sin duda la mejor escena de Daddy Nostalgie junto con la última señal de ternura del padre al llamarla en mitad de la noche para decirle que la quiere, aquella en la que Caroline ve en el metro a un hombre anciano que la mira con ojos vidriosos y a la que ella en seguida le recuerda a su padre. Este hombre, es interpretado por el propio Louis Ducreux, el anciano Ladmiral de Un domingo en el campo. Entonces, ¿por qué un film funciona bien y otro no? Para empezar, Un domingo en el campo era una paso más de Tavernier en su reivindicación por el cine pre-Nouvelle Vague, aquel precisamente, que Truffaut y demás habían condenado e intentado repudiar de la cinematografía francesa. Dos de los hombres más atacados por Truffaut, Jean Aurenche y Pierre Bost, fueron durante mucho tiempo colaboradores de Tavernier, y guionistas de su primer film El relojero de Saint Paul (L'Hologer de Saint Paul, 1974), y precisamente Un domingo en el campo es una adaptación de la novela de Bost "Monsieur Ladmiral va bientôt mourir". En este punto, es necesario comentar la ambivalencia que asocia los personajes del propio Tavernier y el anciano Ladmiral: Allí donde el pintor se estanca y no puede dejar de pintar paisajes, evitando dejarse llevar por tendencias más modernas, como eran las pinturas de Renoir, el director lionés se identifica totalmente, al no verse inquietado por las nuevas tendencias cinematográficas francesas (para cuando Tavernier empezó a dirigir la Nouvelle Vague tocaba a su fin) y sí era partidario de reinventar el clasicismo a lo Jean Renoir (hijo, por cierto, del pintor). Todos estos aspectos y más, hacen de Un domingo en el campo, film premiado en Cannes al mejor director, una obra interesante, y, curiosamente, por su atmósfera totalmente naturalista, acaba por ser el film de Tavernier que más cerca ha estado de Rohmer (me refiero al Rohmer de Las cuatro estaciones, claro). Y, ¿por qué Daddy Nostalgie no funciona igual de bien? En este caso la respuesta quizás no es tan clara, pero vaya, acaba por responder a todo un grupo de gente que en el momento del estreno contemplaban con escepticismo la última obra de Tavernier. El film, está dedicado a Michael Powell, amigo personal de Tavernier, que había sido uno de sus principales promotores cuando Tavernier ejercía la crítica cinematográfica, en especial, en su etapa en el Positif. Además, la autora del guión, Colo Tavernier O'Hagan, ex-mujer del realizador, lo escribió dotándolo de nítidos toques autobiográficos, a los que acabaría por completar la muerte del propio padre de Tavernier, y, atención, la muerte de Dexter Gordon, el inolvidable saxofonista de Alrededor de la medianoche ('Round Midnight, 1986). Toda esta catarata de catástrofes afectó sin duda a la empalagosidad del film, a su excesiva ñoñería y tendencia al sentimentalismo barato, un error prácticamente nunca visto en Tavernier, capaz de diseccionar tanto a la historia francesa como a los propios franceses con un gusto por el cinismo y el pesimismo más absoluto, sin que le tiemble la mano en ningún momento, como bien demuestra la trilogía arriba comentada. A esta endeblez dramática hay que añadirle las continuas disputas que Bogarde y Tavernier tuvieron por culpa del guión y que hicieron de la interpretación de Bogarde un derroche de inexpresividad, repito, sólo interesante en la última llamada por teléfono (y eso que no se le ve la cara, sólo su voz). El devenir, lento de la película, se trunca en estanco y parece que no avance, consiguiendo al final adormecer incluso a los ultras de Antonioni. Seguramente, ambos films sean una buena fotografía sobre lo que significa el avance inexorable del tiempo (aquí, una vez más, el cine de Tavernier viaja de la mano con el de José Luis Garci), pero también es seguro, que con el primer film hubiese bastado... ¿no? |