| LEY 627 (L. 627, 1991) |
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Terribles estrecheces«Trato de plasmar mis convicciones, aunque no impongo un mensaje político al público (...). Las películas se alimentan de mis descubrimientos, de mi poder de asombro, de mis enfados, de mis emociones, de mis ataques de risa... Son tan impredecibles que el final cambia frecuentemente durante el rodaje.» (B. T.) Ley y orden. Pero... ¿justicia? Oh, no, justicia no. De ninguna manera. Como mucho, orden. A veces. Las visiones supuestamente realistas del mundo policial que nos han llegado del país que más ha hecho porque nos entre un acojone inexplicable al ver a alguien uniformado (si, EEUU) siempre han sido melifluas, terriblemente conservadoras hasta en su supuesto espíritu más transgresor. Pienso sobretodo en una serie ("Canción triste de Hill Street" y su latiguillo "tengan cuidado ahí fuera") y en media docena de películas de muy desigual factura: desde las aventuras para-fascistas de Harry el Sucio (Dirty Harry, 1971. Don Siegel), a Serpico (id., 1973. Sidney Lumet), Distrito Apache () o The French Connection (id., 1971. William Friedkin). La mayoría de ellas coinciden en la glorificación del oficio y sus usos -aunque prometo exiliarme el día que vea a un 'poli' con un Magnum 44 al cinto-: por agridulce o desesperanzado que sea el panorama perfilado, las manzanas podridas son extraídas quirúrgicamente del cesto, la abnegación y el sacrificio personal suplen la endémica falta de medios, la integridad moral se reafirma y finalmente triunfa -por muy poco ortodoxa que sea la forma en que estos paladines aplican la sacrosanta Ley-. Eso sin contar las múltiples veces en que el grupo supera la reválida tras pasar la consabida prueba de fuego: esa gran redada que acaba deteniendo al capo de turno, esa bala que detiene un compañero bajo sospecha hasta ese preciso instante -redimiéndose a través del martirio-, ese psicópata que mantiene en jaque a todo el cuerpo pero que... si, termina por recibir su merecido. Uno descubre que el gran enemigo del realismo son ciertos guionistas excesivamente preocupados en cerrar el eterno círculo (presentación-nudo-desenlace -¿o sería mejor decir moraleja?-). Los policías de Ley 627 son unos tipos especializados en hacer equilibrios al borde del abismo y con evidentes carencias afectivas (alguno, también, con palmarios desequilibrios emocionales). Sus vidas personales son un auténtico desastre y la delgada línea roja que les separa de los delincuentes no siempre es apreciable a primera vista. Trapichean con ellos, utilizan la extorsión, los servicios de esas prostitutas que detendrán de madrugada... y cuando tratan de hacer las cosas relativamente bien, se encuentran con el más insalvable de los obstáculos: la parafernalia de los conductos oficiales, las circulares, las directrices, las competencias de unos y otros. Son gente descreída, que mientras rellenan la denuncia por hurto te dicen claramente que no tienes la más mínima oportunidad de recuperar lo que era tuyo. Han pasado tanto tiempo en la calle que se han ganado el derecho a tratar de tu a tu con camellos, crápulas y demás estrellas del lumpen barriobajero. Conocen tanto las leyes como la imposibilidad de aplicar la mayoría de ellas. Pueden ser sublimes, si, pero la mayoría de las ocasiones son mezquinos, egoístas... supervivientes. La labor del director no fue sencilla en este aspecto y tuvo que emplearse a fondo para que la imagen reflejase con verosimilitud la laxitud moral de sus personajes: «Tavernier rehuye progresivamente la planificación de la narrativa convencional para evitar el contraplano en la mirada que el policía dirige unidireccionalmente hacia los traficantes de drogas» (1). Porque en Ley 627 los desalmados rara vez reciben su merecido. Los policías se comportan más como lo que son: funcionarios. El halo épico que la sociedad les supone les hace sonreír sardónicamente. En mitad del más sórdido de los ambientes, uno de ellos puede mirar nerviosamente el reloj y comentarle al compañero que "a ver si llegamos pronto a casa, que es viernes y no me quiero perder la porno del plus". Nada resulta demasiado extraño, porque lo realmente sorprendente sería encontrar personas revestidas de ingenuidad desarrollando un trabajo así. El que más y el que menos pervirtió su sensualidad tiempo atrás. Lulu, Dodo, Antoine y Marie componen un grupo salvaje más desencantado si cabe que el original y París es el escenario de sus correrías y desventuras en este western crepuscular plagado de antihéroes. La Ley 627 a que hace referencia el título es una normativa sobre estupefacientes -utópica e irreal pero de brillante redacción- que quiere dotar de nuevas oportunidades a los toxicómanos en la desigual lucha que libran con su enfermedad. Como otras legislaciones, sobre el papel tiene una pinta maravillosa. Lástima que no sean los políticos los que deban de velar por su cumplimiento. Completado el ciclo, la historia termina como empezó. Se quedan jugando a policías y ladrones en una calle cualquiera, matando el tiempo con ese repertorio de bromas privadas que refuerza la camaradería, desterrando el tedio que conlleva la espera. Porque es eso -esperar- lo que estos hombres y mujeres parecen llevar haciendo desde hace media vida: esperar un encuentro casual con la única persona a la que amaron, con el amigo que perdieron, con la ilusión que abandonaron en alguna esquina maloliente. Esperar, esperar. (1): "El cine francés, 1958-1998: de la nouvelle vague al final de la escapada", de Esteve Riambau con prólogo de Bertrand Tavernier. Colección Sesión Continua. Editorial: Paidós. |