| LA HIJA DE D'ARTAGNAN (La fille de d'Artagnan, 1994) |
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La lista de lavanderíaVaya por delante que no considero a Bertrand Tavernier un cineasta tan importante ni tan capacitado como se suele asegurar, y también, justo es reconocerlo, que sólo conzco cinco films (los de los últimos años), de los veinte que componen su filmografía (incluyendo Salvoconducto [Laissez-passer, 2002]). El prestigio que ha alcanzado, precisamente en estos últimos años, resulta un tanto desconcertante, llegando a ser un intocable de un determinado sector de la critica y a no perderse ningún festival (sin ir más lejos se ha retrasado el estreno de su último film en España, con vistas a su pase en San Sebastián), y convertido en el estandarte del "cine francés de calidad" (1). Terriblemente injusto se antoja, por su parte, esta repentina preferencia por Tavernier y el olvido total en el que ha caido Alain Resnais, por poner un ejemplo al vuelo de director francés antaño muy bien considerado, que hace pocos años "regresó" a las pantalas españolas con su último (y excelente) film hasta el momento, On connaît la chanson (id., 1997), pero que apenas tuvo repercusión y paso completamente desapercibido. Atendiendo a los logros estrictamente cinematográficos de la última parte de la filmografía de Tavernier -debido a mi desconocimiento del grueso de la filmografía del realizador francés, esperaré hasta conocerla más a fondo para formarme una opinión válida sobre el alcance de su cine y su valía como realizador- su nueva condición es bastante discutible: si bien La carnaza (L'appat, 1995) y Capitán Conan (Capitaine Conan, 1997) me parecen dos películas muy interesantes, no puedo decir lo mismo de Ley 627 (L. 627, 1991), un film definitavamente fallido, tampoco de esa mediocridad titulada Hoy empieza todo (Ça commence aujourd'hui, 1999), que obtuvo un desmesurado e incomprensible aplauso, y menos todavía de La hija de D'Artagnan, la película que da sentido a estas líneas, y que no pasará a la historia, ni del cine francés, ni del cine de aventuras, ni como aproximación a los personajes creados por Alexandre Dumas. Tavernier se formó como muchos realizadores franceses escribiendo sobre cine (2) en la archifamosa revista Cahiers du Cinéma y en otras como Positif. Durante esa época fue un defensor de cineastas de serie B como Robert Parrish, William Castle, Edgar C. Ulmer o Riccardo Freda. El realizador italiano, desgraciadamente un completo desconocido por estos lares, es uno de los más admirados por Bertrand Tavernier y después de haber colaborado con él en algunos films (3), quiso ofrecerle la oportunidad de dirigir una nueva película, probablemente la que hubiera sido su despedida (4). Así se gestó el proyecto de La hija de D'Artagnan, que terminó dirigiendo el propio Tavernier debido según parece principalmente a la soberbia de la actriz protagonista, Sophie Marceau, que no quería que Freda dirigiera el film. Al final el largometraje para mal o para bien lleva la firma del director francés y de poco vale elucubrar sobre cuál hubiera sido el resultado de ser dirigido por Riccardo Freda. Tal vez los defensores del director italiano y/o detractores del director francés se servirían de tan absurda argumentación para desmontar el film o ponerlo en entredicho. En mi caso, como no conozco ningún film de Freda quedo excluido del primer grupo, y les aseguro que no me considero integrante del segundo, aunque lo comentado líneas arriba pudiera sospechar algo al respecto. En realidad La hija de D'Artagnan es un film poco querido por los aficionados/estudiosos/fanáticos/defensores de Tavernier, siempre tomado como un accidente o como una mera frivolidad, en definitva como un film menor. Como en todos estos casos (5) hay también quien defiende la película, aunque no son mayoría. Por ejemplo Vicente Molina Foix titulaba su critica en Fotogramas (6): «Una película de mucha elegancia y ligereza aunque intrascendente y menor». Esteve Riambau por su parte encuentra mucho más atractivo el film (7): «...sin renunciar a la frivolidad de sus orígenes e incluso a las reglas de juego del género entendido según el modelo que podía haber aplicado Freda, el film responde con absoluta coherencia a la concepción de que el cineasta tiene acerca de la historia en la pantalla (...) Más allá de las excelencias de la dirección artística y del vestuario se aprecia un cuidado exquisito por parte de Tavernier en la recreación de una atmósfera...». A mi juicio a La hija de D'Artagnan precisamente le falta atmósfera y elegancia y otras muchas cosas: No funciona ni como película de aventuras, ni como ejercicio de desmitificación o reformulación de un género; tampoco resulta muy adecuado el tono de comedia (8), cercano a la caricatura, inyectado a la historia, recurso que está empleado de tal manera que acerca el film a un nada adecuado caracter teatral (9). El buen cine de aventuras ha de conseguir un equilibrio entre historia, drama y acción. Lo esencial es mantenr el pulso narrativo, el ritmo, que haga vibrar al espectador en todo momento reteniendo o aumentado su interés según avanza la narración, más allá de las escenas de acción (batallas, luchas, etc.). Los personajes cobran especial importancia, los buenos destacan por su capacidad, simpatia e inteligencia, los malos, por su ruindad, carisma y arrogancia. La historia debe ser clara y concisa aunque en ella se den cita varias tramas, y no se debe renunciar a las relaciones entre los personajes protagonistas que nunca deben ser superficiales. La hija de D'Artagnan no cumple ninguna de estas premisas haciendo que el espectador se aburra soberanamente: no hay ritmo, no hay tensión; las escenas de acción son bastante burdas (cfr. la persecucion por Paris de caballos y el posterior enfrentamientos; la alargada escena en el barco de esclavos...); la protagonista principal, Eloise D'Artagnan, es de juzgado de guardia, por lo antipática que resulta desde el principio y lo mal descrita que está, que sumado a la nefasta interpretación de la estrella Sophie Marceau, se hace un lastre muy pesado; el juglar, interpretado por Nils Tavernier, por su parte es un cero a la izquierda; la historia ni es clara ni es concisa (125 minutos interminables de metraje)... Hay otra lectura del film: una mirada desmitificadora a uno de los géneros clásicos por excelencia como es el de aventuras, a través de unos personajes prestados de la literatura universal y ubicados en la última etapa de su vida. Es igual: en este caso el resultado es peor, pues Tavernier en la labor de guionista pareció perderse al querer ofrecer un espectáculo acorde a sus recuerdos cinéfilos, sin renunciar a un determiando contenido autoral, y termina por resultar patético. Como muestra un botón: la lista de lavandería que aparece al principio del film se convierte en protagonista de la función: los mosqueteros le toman por un mensaje en clave que contiene los planes del duque de Crassac (un divertido y desaprovechado Claude Rich); al final la lista de lavandería sirve para desvelar el misterio (!!!), pues en realidad el duque sí tiene un malvado plan y los mosqueteros al fin y al cabo no están tan acabados y lo derrotan; encima a Tavernier no se lo ocurre otra cosa que subrayar y reiterar la idea del mensaje, en principio buena, haciendo que el cardenal y el duque tengan su mensaje en falso correspondiente. (1) Algo parecido sucede con otros cineastas,
de carrera más corta y más mediocre que la de Tavernier,
que pasan como representantes de calidad del cine de su país y
triunfan internacionalmente en los festivales más importantes.
Es el caso, por ejemplo, de los belgas Luc y Jean-Pierre Dardenne o el
italiano Nanni Morretti. |