LA MUERTE EN DIRECTO (La mort en direct, 1980)
 
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Por Alejandro G. Calvo
Cartel original del film
Miradas de Cine © 2002

El nuevo voyeur

En la época que se rodó La muerte en directo, hasta cierto punto, se podría considerar a Tavernier, un realizador moderno, que proyectaba una mirada clásica sobre todo lo que tocaba. Su respuesta al nuevo cine francés, regresando a los orígenes defenestrados de la Calidad Francesa de la mano de la escuela de guionistas del realismo psicológico, como eran Pierre Bosch y Jean Aurenche, topaba de frente con el concepto, ya no tanto de autoría cinematográfica, si no con la distinta concepción de la descripción tanto del entorno como del interior de los personajes. De hecho, si enfrentamos las óperas primas de Tavernier y Truffaut, no podría ser un ejemplo más clarificador: Allí donde en Los 400 golpes (Les quatre-cents coups, 1959) se conjugaba el pesimismo social con el optimismo, casi desesperado, del joven protagonista, en El relojero de Saint-Paul (L'horloger de Saint-Paul, 1973), el protagonista, pese a tener todas las puertas cerradas de ante mano, consigue siempre avanzar hacia el optimismo a través de una particular redención. La confrontación padre-hijo es tan diferente en ambos films, como la concepción de la historia para ambos realizadores. Si en el film de Truffaut el padre era un símbolo globalizador de a donde había llegado la sociedad francesa con esa mezcla ambigua de hedonismo, nihilismo y estupidez, en el film de Tavernier, sólo se descubre el inconmensurable amor de un padre, capaz de resignarse a todo, excepto a perder a su hijo, si no bien físicamente, al menos moral y emotivamente.

La valentía de Tavernier le llevó no ya pocos amigos, si no infinidad de críticos y detractores, que aprovechaban la más mínima ocasión para desacreditarle tanto a él cómo persona, cómo a su cine. Así, un film tan arriesgado e innovador como es La muerte en directo, una ambigua historia de Ciencia Ficción, que baraja temas tan importantes como la perversión social a través de los medios y la deshumanización frente a un mundo ávido de una nueva pornografía (tal como proclama el productor de la cadena NTV, Vincent Ferriman / Harry Dean Stanton); fue duramente atacado, tachándolo tanto de pesado (que no lo es en absoluto) como de presuntuoso, esto último quizás derivado de la intensa personalidad del realizador, dotando al film de un lirismo que si bien, la mayoría de las veces es más que correcto (en especial toda la secuencia final en casa del ex-marido de Catherine, Gerald / Max Von Sydow), puede en algunos casos quizás alargarse en demasía. De hecho, la mayor pega que le veo a los films de la primera época de Tavernier es su tendencia a dilatarse quizás en excesivo, en ocasiones enturbiando la calidad del film, como en el caso de El juez y el asesino (Le juge et l'assassin, 1975), en otras siendo capaz de retener la armonía, pero sin tampoco añadir nada más, como en el caso de La muerte en directo o Corrupción (1280 almas) (Coup de torchon, 1981).

El argumento de La muerte en directo, extraído de la novela de David G.Compton "The continuous Katherine Mortenhoe", según Tavernier, se sitúa en un margen de entre 5 y 20 años posteriores a la filmación de la película (eso sería entre 1985 y el 2000). Este futuro imposible, es prácticamente indiferenciable del actual, pues tanto los decorados como el propio devenir de la historia nos aleja de cualquier referencia post-moderna, más allá de la trama con la que arranca el film: Un joven reportero de la cadena de TV, NTV, acepta implantarse una cámara en el cerebro para poder filmar a través de los ojos la muerte por enfermedad de la escritora Katherine Mortenhoe (Rommy Schneider) (1).

El carácter fantástico del film queda denotado en los mínimos detalles que da Tavernier de un mundo ultratecnológico (desde ordenadores que escriben solos sus historias a profesores televisados para cada alumno) y por una ambigua realidad social, donde la policía carga con dureza sobre manifestantes que son pagados por el estado (!). Este sutil uso del género empareja a Tavernier tanto con Jacques Tourneur como con Michael Powell (cuya El fotógrafo del pánico / Peeping Tom, 1960, se ve hasta cierto punto homenajeada por el film de Tavernier, con la diferencia de que la mirada de Roddy (Harvey Keitel) es proyectada por todos los televisores del mundo, y la del protagonista del film de Powell es únicamente para su propio placer), en su inteligencia para remarcar el carácter genérico como mero decorado para centrarse realmente en la historia y en los personajes (2).

Tavernier recupera el formato panorámico, Panavision, tras estrenarlo con El juez y el asesino, y con él dibuja un film tembloroso, con numerosos travellings y grúas, en especial en las persecuciones que pueblan el film, quizás como símbolo de la fragilidad de la huída, no tanto física de la protagonista, como mental, para intentar apartar la presencia de la muerte a un lado. El hecho de que todo sea una vil trampa, orquestada por Ferriman, no deja de ser una paradoja, pues si Kate no hubiera huído, la cadena de TV le habría encontrado a tiempo para curar su enfermedad provocada, y para cuando ya lo descubre, en una secuencia maravillosa en casa de Gerald, decide poner fin a todo: tanto al programa y a sus productores, como a su incapacidad, la de la propia Kate, para luchar y salir victoriosa de cuantos conflictos posee. Y es que pese a ser una mujer tremendamente dura, es una figura totalmente herida, a quien la falsa noticia de su enfermedad acaba por hundir por completo. De hecho, Kate, es una mujer que vive con un marido anodino, tan útil como un microondas, enfrentada a una máquina-escritora que la rechaza una y otra vez, y, para colmo, ex-mujer de un hombre al que ama, pero con el que no pudo vivir pues la grandeza de él como persona culta acababa por empequeñecerla, hasta no poder más y tener que huir de ese matrimonio que la consume.

Realmente la historia es apasionante y compleja, si bien toda la primera parte se sostiene en la fascinación de Roddy, interpretado por un excelente Harvey Keitel (atención a la escena en la cárcel cuando llora al presidiario que no apague la luz), que se hallaba perdido por Europa buscando los papeles que no le ofrecía el mercado norteamericano al considerarlo un actor "raro" (5), por filmar la degeneración de Kate (queda latente su gusto por la tragedia cuando le comunica al montador si había cogido, como en un arrebato de dolor a Kate se le caían las pastillas), para luego dar paso a una extraña redención, tras una brutal escena en que ve lo filmado por sus ojos y cerebro en un bar de un pueblo y comienza a llorar, dándose cuenta de todo el mal que le estaba creando a su compañera y amiga incauta de viaje, para luego él mismo llegar a forzar su ceguera para así dejar de filmar/ver a Kate, en lo que es ya un acto inútil, pues la condena que pesa sobre la mujer, ya la ha dispuesto para lo inevitable. El viaje que Kate efectúa es una huída hacia atrás, va a encontrarse con la muerte mediante un regreso al pasado, y no tanto para exorcizar sus errores en el pasado, si no para reconciliarse con ellos. Como un último intento de mirarse al espejo y reconocerse, es decir, un viaje hacia la muerte más bella, una muerte en la que se equilibren todos los sentimientos y uno sea capaz de sonreír.

El encuentro entre Kate y Gerald, llevada por la maravillosa interpretación de Schneider y Von Sydow , es tan frágil que se podría romper con un leve silbido. El amor que se proyectan entre ambos, de alguna manera mostrado de forma metafórica por Gerald, al hablarle sobre música con tanta pasión como la que siente por Kate, aunque ésta sea incapaz de expresarla, terminando con el dramático final, totalmente en off para el espectador -de hecho, el que Roddy sea ciego es lo que nos cierra las puertas a la tan esperada visión de su muerte- convierten el clímax del film en lo más bello del mismo, sólo con silencios y miradas Tavernier consigue expresar todos los sentimientos de los presentes. De alguna manera, la trama principal, desaparece con los ojos de Roddy, todo lo visto anteriormente era la mirada de Roddy sobre la vida de Kate, su rendición ante la realidad del horror que está filmando (algo de lo solamente parece darse cuenta la ex-mujer de Roddy, Tracy / Théresè Liotard), significa el fin tanto para nosotros como para el espectador de la ficción, así como el final del ambicioso productor Ferriman.

De alguna manera, el personaje de Ferriman, estaría emparentado en el tiempo con dos de los mejores antihéroes retratados por Tavernier: el policía Cordier de Corrupción (1280 almas) y el Capitán Conán de, obviamente, Capitan Conán (Le capitaine Conan, 1996). Los tres personajes están construidos como la persona que entrega a la sociedad lo que ellos necesitan, pero que no quieren en ningún caso ni ver ni aceptar. La ética que envuelve a estos personajes, tan contradictoria como lúcida, les lleva a cometer los más viles actos. Fijaros, en La muerte en directo, Ferriman filma la degeneración de una mujer provocada por él mismo y sus doctores, sin que ella sepa que lo que le hace enfermar son las píldoras que ellos le han dado con el pretexto de evitar el dolor de la (inexistente) enfermedad; en Corrupción (1280 almas), Cordier, con su aspecto bobalicón y simplón, se convierte en uno de los personajes más sanguinarios de Tavernier , al matar tanto a culpables (el par de mafiosos que mandan en la ciudad, el marido que pega a su mujer) como inocentes (el indígena que le ayuda a enterrar uno de los cadáveres); por último, Conan, se presenta como el soldado perfecto, tan cruel y despiadado con el enemigo, como a la hora de defender a sus hombres, incluso de excesos como el robo y el asesinato. Estos tres personajes, basculan una ética únicamente comprendida por ellos, pero cuya fuerza les obliga siempre a seguir en pie, pues por lo general, su astucia siempre ha ido por delante de su suerte.

(1) Como ya últimamente se han llegado a televisar ejecuciones públicas en los EEUU, se pueden hacer una idea de la degraduación de la ficción con el paso del tiempo.
(2) No por casualidad La muerte en directo está dedicada a Tourneur, así como Daddy Nostalgie (ídem, 1990) está dedicada a Powell, que había fallecido sólo un año antes.
(3) Este peregrinaje le sirvió a Keitel para cimentar su conciencia como intérprete, siempre a punto para rodar con cualquier director novel y en cualquier tipo de film, ya fuera en las brillantes Los duelistas (The Duellist, 1977. Ridley Scott) o Blue Collar (Ídem, 1978. Paul Schrader), o en las irregulares La noche de Varennes (La nuit de Varennes,1982. Ettore Scola) , e incluso, El caballero del dragón (1986. Fernando Colomo). Es curioso pensar que Tavernier había pensado en principio para sus personajes principales en los intérpretes Robert DeNiro y Jane Fonda, por aquella época, mucho más a la alza que Keitel y Schneider.
(4) La actriz llevaba tiempo intentando alejarse de sus papeles más bondadosos y dulces, buscando personajes mucho más turbios como Lo importante es amar (L'important c'est d'aimer, 1974. Adrzej Zulawsky), Inocentes con manos sucias (Les innocents aux manis sales, 1974. Claude Chabrol) y la propia La muerte en directo. La actriz, como por todos es sabido, se suicidaría tres años más tardes de protagonizar el film, asolada por el suicido de su primer marido y la muerte de su hijo.
(5) Es curioso como el personaje de Von Sydow en el film se parece tanto en el film de Tavernier al que Woody Allen rodaría años después en Hannah y sus hermanas (Hannah and Her Sisters, 1986). En ambos films el personaje de Sydow es el de un hombre extraordinariamente culto que acaba por asfixiar a la mujer con la que vive, aunque él esté terriblemente enamorado de ella. Es realmente duro este retrato de un hombre enfrentado a dos amores, uno físico y otro anímico, incapaz de entregarse por igual a ambos, siempre tendiendo al más egoísta, de una manera casi incontrolable, lo que acaba conllevando al abandono y a la soledad.
(6) Desde luego, el primer puesto en esta categoría sería ese precursor de Henry, retrato de un asesino (Henry, Portrait of a Serial Killer, 1986. John McNaughton), que es el Joseph Bouvier de El juez y el asesino, un prototipo de psycho-killer, mucho antes de que Fincher los pusiera de moda casi 15 años después