| LA VIDA Y NADA MÁS
(La vie et rien d'autre, 1989) |
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El contador de cadáveresEl gusto por la poesía fílmica del que siempre ha hecho uso Tavernier, tiene uno de sus puntos culminantes, en el que sería su primer film prácticamente perfecto tras experimentos más o menos acertados, que van desde la brutal La muerte en directo (La mort en direct, 1980), a la surreal Corrupción (1280 almas) (Coup de torchon, 1981) o a la bellísima Alrededor de la medianoche ('Round Midnight, 1986). La vida y nada más acaba por encontrar a Tavernier en uno de los mejores dibujantes de la muerte y lo que ella significa y conlleva. Si durante toda su filmografía la muerte, bien por enfermedad, bien por pura violencia, siempre se presentaba amenazante como una sombra que teñía de oscuridad a todos sus personajes, no es hasta La vida y nada más que podemos llegar a notar el olor a putrefacción y desesperación que arrastra la muerte consigo. La vida y nada más es entonces así, el híbrido que se obtiene de obtener poesía a través de la desesperación, tanto de la de un comandante abocado en su trabajo, en el que no para de contabilizar soldados desaparecidos, con el de la desesperación de los cientos de miles de familias intentando encontrar a sus hijos, maridos, nietos y demás parientes, desaparecidos en una guerra más (no necesariamente más absurda que la Guerra de los Cien Años o la Segunda Guerra Mundial). En contraposición al lirismo del dolor se halla la sequedad y frialdad de los altos mandos militares franceses, empeñados en obtener al perfecto soldado desconocido, para poder enterrarlo bajo el Arco del Triunfo de París y así conseguir borrar de la memoria colectiva tantas bajas y desapariciones, con la única presencia de esta ridícula figura... los altos mandos quieren disfrazar las bajas físicas con la simbología moral de la victoria ejemplificada en el cuerpo de uno más de tantos desaparecidos. Tavernier, traza con cinismo un duro relato de la época que siguió a la Primera Guerra Mundial, perfectamente enlazada en el futuro, con la espléndida Capitán Conan (Le capitaine Conan, 1996), un film tan desesperado y cínico como lo es La vida y nada más, en el que sustituye la historia romántica entre la relación del Comandante Dellaplane (magnífico, como siempre, Phillipe Noiret) e Irene de Courtil (Sabine Azema), por la relación de amistad que existe entre Conan y Norbert. Así, el humor de La vida y nada más nace del más absoluto de los pesimismos, el inacabable personaje de Dellaplane, representa puede, la única voz de cordura entre tanto desaguisado: un millón y medio de muertos y más de trescientos cincuenta mil desaparecidos, al final una guerra sólo vale para que la gente se muera y nada más. El film se traza así sobre la búsqueda de dos mujeres que persiguen el mismo hombre, sin que ninguna de ellas lo sepa, y con tal pretexto, Tavernier aprovecha para dibujarnos en pequeñas escenas la absoluta estupidez y tragedia del momento: (1) Un hombre encuentra un obús con su arado y manda a su hijo a avisar a los militares, una vez en el pueblo el hijo, montado en bici, oye la explosión de una bomba (2) En el hospital, tres tullidos presumen de haber superado a Napoleón en bajas en mucho menos tiempo que aquél (3) En la magnífica y durísima escena en que los familiares intentan reconocer objetos de sus hijos entre los desechos de la batalla, en un exquisito travelling de la cámara, una mujer asegura haber encontrado la taza de su hijo, el soldado encargado le dice que ha tenido suerte por qué tiene una cinta roja atada, y eso significa que el cuerpo se encontró encima de una montaña de cadáveres, por lo que no está del todo desfigurado (4) En la visita al puente-cementerio, el escultor habla de la época como si fuera la edad de oro, "todos los ayuntamientos quieren su pirámide, su escultura... hay 3500 pueblos y sólo 300 escultores, nos vamos ha hacer ricos" (5) La visita de dos habitantes de un pueblo al comandante reclamando que se dibujen de nuevo las fronteras del pueblo para así ganar algún muerto (en el suyo no había ninguno) y así poder obtener subvenciones... En fin la lista es larga y brillante, y es curioso, pero nunca suelo hablar sobre la trama del film a comentar, pero he visto necesario recalcar estas situaciones, para poder subrayar la fragmentación que supuso el final de la guerra, dividiendo al pueblo francés (y a todos los pueblos por extensión) entre los que quieren olvidar y empezar a vivir y los que se resisten a abandonar. Al final, todo esquematizado en forma de núcleo, en la relación de Dellplane con Irene, pues se consigue atravesar el crepúsculo de la búsqueda para dar paso al abandono del ejército del comandante y el inicio de la relación entre ambos. La narración de Tavernier es pausada pero inexorable, a cada plano vuelve el horror y el absurdo más completo a nuestras miradas. El ojo de Tavernier recrea todo con un perfecto verismo alejado de cualquier ñoñería estúpida a lo americano, con un cariño triste, desamparado, hacia una obra que sin dejar de ser una denuncia, ya se sabe que no sirve para cambiar nada. Ni antes, ni ahora ni en el mañana. La tonalidad oscura del film, bañada por la excelente partitura de Oswald D'Andrea, hacen de esta búsqueda de seres perdidos un viaje introspectivo a una herida abierta, aunque en todos los periódicos del mundo digan que ya se ha cerrado y olvidado. La absoluta estupidez de mandamases y politicastros se ve contrarrestada con fuerza por la impoluta voluntad de Dellaplane, en el fondo, tan frío y tosco, como sensible y noble. Noiret, realmente está espectacular en su interpretación, su Comandante es magnífico, lleno de detalles totalmente admirables: atentos por ejemplo, a los dos recepciones que tiene con ambas mujeres, en la primera con Irene, empieza arrogante y acaba más que dulce, en la segunda, con Alice (Pascale Vignal), es tremendamente duro al comunicarle la muerte de su novio, pues no sólo le dice que está muerto si no que además estaba casado. Tanta dureza se explica en sus posteriores palabras: «Es mejor pegarles una sola vez, así al día siguiente se levantan como si hubieran vuelto a nacer»... pura poesía, créanme. |