EL IMPERIO DEL SOL (Empire of the Sun, 1987)  
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Sumario
Por José Luis Hurtado
Cartel del film
Miradas de Cine © 2002

La infancia ultrajada

«Cuando somos niños, vivimos despreocupados, felices, como si nuestros corazones vivieran en la Atlántida, hasta que una mañana de tristeza e infortunio, al igual de cómo Platón relata que sucedió con la Atlántida, esa infancia se hunde en las profundidades del Océano para siempre». Stephen King ("Hearts in Atlantis").

Para mí no hay duda. De todo el cine filmado por Steven Spielberg, me quedo con El imperio del sol. Un singularmente duro relato sobre la infancia ultrajada de un niño de doce años, que ve su infancia morir en un campo de prisioneros, en la China ocupada por Japón, de la Segunda Gueerra Mundial y que está basada en la novela autobiográfica del autor de "Crash", J.G. Ballard.

A mi entender, el cariño, cuidado y coherencia del cineasta norteamericano a la hora de abordar este drama nada complaciente, no esta presente en el resto de su cine, en el que son frecuentes las salidas de tono y servidumbres al público y a la comercialidad (o peor al didacticismo manipulado, como apunta siempre mi buen amigo Javier Castro). Si hay escenas de este film, que a uno le hacen llorar (y he de confesar que este film me produce una rabia y llantos descontrolados) no son por elementos ajenos introducidos con calzador en la historia (marca de la casa) sino porque Spielberg sabe mantener el pulso firme y la contención necesaria para mostrar con toda su crudeza la odisea de Shangai-Jim, en los momentos precisos.

El Jim de Ballard-Spielberg, con toques del excelente Stoppard, comienza siendo un INGLÉS, con todo el significado que esta palabra puede tener, para alguien que haya podido conocer a estos seres. Mimado, desagradablemente autosuficiente, insensible, superprotegido por sus padres. Jim es un desarraigado que nunca ha estado en Inglaterra (nació en Shangai) y que desesperadamente cuando se ve despojado de su familia (de sus señas de identidad fruto de una impostada educación) busca desesperadamente otras señas de identidad, en su admiración por el poderío militar japonés o por la atractiva maquinaria colonizadora americana.

Tras la bofetada que la criada le propina al regresar a casa después de perder a sus padres, comienza una nueva toma de conciencia. Esto está perfectamente reflejado en la película. El ser, despojado de sus seres queridos y de su identidad, se aferra al lugar físico de los recuerdos y a los objetos, esperando que le sean devueltas esas señas (los hermosos paseos en bicicleta por la casa vacía se volverán a repetir más tarde en el campo de prisioneros ya vacío hacia el final del film). Una vez, que el tiempo hace entrar en la razón de la futilidad de esa espera, el ser, sale fuera de esos ultimos rescoldos de núcleo familiar que es la casa, el espacio físico, y se lanza en la búsqueda de una nueva identidad y un nuevo núcleo familiar.

Jim (una composición magistral del entonces niño Christian Bale) encuentra el sustitutivo familiar en una pareja de ladrones y vividores, Frank y Basey (espléndido John Malkovich) y encuentra tambien el comienzo de un hilo de pérdida de inocencia, terrible y doloroso. Cuando Basey le grita a Jim hacia el final de la película "¿Pero es que no has aprendido nada de lo que te he enseñado?" Jim le contesta, "Sí, me has enseñado que la gente es capaz de todo por una patata". La dureza de las experiencias de Jim bajo este peculiar dúo, y sobre todo bajo la tutela de Basey, comienza con el intento de venta que estos hacen (huelga volver a acentuar los gustos dickensianos de Spielberg y sus paralelismos con la obra del clásico inglés, en especial el Twist). Sigue, con la manera de forzar a Jim a que robe y haga trampas (algo impensable en la educación de mansiones "suntuosas" y exquisitas del niño) y finaliza con la primera traición de Basey que finge no conocerle a la hora de subir al camión (la cual se repetirá al final de la guerra).

Al llegar al aeródromo, por primera vez Jim se da cuenta de que su vida ha cambiado. Por primera vez, está delante de un avión de verdad, igual que esos aviones con los que jugaba unas semanas atrás en su cómoda casa. Este es un momento maravilloso del film, que aprovecha Spielberg para hacer el salto, y mostrarnos a ese nuevo Jim pro-americano, tutelado por Basey en el campo (tras ser utilizado de nuevo por éste, para cazar un faisán) y que es el amo del lugar, el "chico listo" querido por todos. La transición, y muestra de imágenes se ve potenciada por la que es una de las más hermosas partituras de John Williams (el más grande).

En este punto, la figura del joven japonés con el que Jim comparte guiños, tiene un papel fundamental, como único nexo de unión del protagonista con su infancia. Ambos dos, juegan con aviones de juguete (Jim ya no, y la mezcla de nostalgia y simpatia por ese juego, se muestra en ese especial cariño por el compañero que aún no ha despertado al mundo real y que al igual que él, pasará del juguete a la realidad sin tiempo de madurar). Al final del film, la muerte de ese cómplice del otro lado de la alambrada, será brutal para Jim, porque supondrá la muerte definitiva del niño interior, sin posibilidad de vuelta atrás.

"Es al principio y al final de una guerra cuando hay que tener más cuidado Jim, porque el resto, es como un club de campo" (Basey). Así es presentado el campo de refugiados por Spielberg, de manera poco efectista pero igualmente aterradora, con sus reglas propias: Comerse los gorgojos porque son proteinas, estudiar latín, hacer la cola para coger las patatas, hacer trueques , ayudar… ser querido…. Sin embargo, Spielberg muestra en toda su crudeza el trasfondo de esta cotidianeidad falsa que no tiene otro objeto que impedir la locura de niños como este. En la mejor escena del film, Jim sube a la torre para ver de cerca un P-51, "El Cádillac del cielo", Jim pierde los nervios y se derrumba emocionalmente al ser rescatado por el Doctor; detrás de ese aparente gesto de pérdida de control, se esconde una terrible confesión que Jim hace a su rescatador: "Ni siquiera, puedo ya acordarme de cómo eran mis padres".

Ese es el momento definitivo del film, a partir de ahí, iremos observando como cuidadosamente, el protagonista, irá construyéndose un universo propio, para poder subsistir, que raya en la sinrazón. En ese universo propio de Jim, las bombas atómicas, son las almas de aquellos que mueren y suben al cielo. Un cielo del que caen chocolatinas (el bien más preciado del campamento; y obsérvese como el chocolate juega un papel simbólico en el film muy elocuente. Jim abandona la casa de sus padres cuando se acaban los bombones. Basey siempre se burla de él ofreciéndole chocolatinas inexistentes, y solamente le dará una real en el momento de la despedida, etc…).

Tras la muerte de su "alter-ego" japonés, Jim repite el encierro voluntario en el entorno conocido familiar (esta vez el campo de concentración), completamente ido, y metido en su mundo de infancia muerta, paseando con la bicicleta entre piñatas de colores que estallan en el techo, insensible ya a los americanos que le rescatan (su sueño americano había sido ya traicionado hace mucho tiempo por aquel en el que él depositó su cariño, admiración y confianza).

Jim, lo ha perdido todo en la guerra. En la escena final del film, en un orfanato fantasmal, los padres buscan a su hijo, entre un grupo de niños de la guerra, pasan a su lado pero primeramente no le reconocen. Tras el abrazo, la mirada perdida de Jim, se transforma en una caida de párpados que resume en un segundo de película todo su viajes de horror, al que sigue el plano de la maleta flotando abandonada en el río, el compendio de su antigua existencia. Spielberg cuando no se deja llevar por su vena de añadidos diabéticos y sí por la sinceridad de las emociones innatas en la historia, es uno de los grandes narradores del séptimo arte.

En el plano de Jim abrazado a su madre, con un infinito cansancio, con la alegría y el dolor inaguantable de volver a casa, se incluyen los gritos desgarrados de los que como Ballard o Spielberg, fueron despojados del paraíso infantil, de los que perdieron lo mejor de su vida al crecer. Ese es un golpe del que, muchos, nunca nos recuperaremos.