| ENCUENTROS EN LA 3ª
FASE (Close Encounters of the Third Kind, 1977) |
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La revelación de un hombre vulgarUna de las mejores películas de Steven Spielberg sigue siendo aún hoy, veinticinco años después de su estreno, Encuentros en la tercera fase, un brillante relato de ciencia-ficción que retrata con pulso firme la iluminación (significado religioso incluido) de un típico hombre de familia ante la llegada de unos visitantes de otro mundo. Empero Encuentros en la tercera fase no es el convencional film para toda la familia como algunos se apresuran en asegurar –sobre todo esgrimiendo en su contra el supuestamente empalagoso final–. Es la historia de una obsesión, la de unos pocos que de repente ven truncada su apacible y rutinaria vida cuando comienzan a sentir y sufrir la "llamada" de los visitantes. De alguna manera es el enfrentamiento del hombre de a pie frente a elementos que se escapan a su compresión, sucesos extraordinarios e incluso sobrenaturales... La idea del film se encuentra ya presente en su película de aficionado Firlefligh y en la breve historia "Watch the Skies", que narraba una versión del caso Watergate al mundo de los ovnis. Tras el éxito de Tiburón (Jaws, 1975), Spielberg consiguió financiación para el proyecto de la mano de Julia y Michael Philips que contrataron al realizador y guionista Paul Schrader para que se encargara del guión del film. Pero Spielberg no estuvo conforme con el resultado –una actualización de la vida de San Pablo y revelaciones de por medio– y despidió al guionista de Taxi Driver (id., 1976. Martin Scorsese), aunque mantuvo el título Encuentros en... y el encuentro en la Torre del Diablo de Wyoming (1). El guión definitivo lleva la firma del propio Spielberg, aunque necesitó de la colaboración de varios guionistas, de los propios actores y de los técnicos en efectos especiales para concretar algunas de las escenas. El rodaje se alargó durante tres meses y el film necesitó de otros doce para realizar los efectos y montar la película. El presupuesto asignado de 9 millones de dólares se disparo a los 21, lo que no supuso ningún contratiempo a posteriori, pues el film logró un rotundo éxito, sin duda calculado por un Steven Spielberg que ya empezaba a forjarse su propio imperio en la industria; un imperio que se ha decantado casi siempre por la búsqueda a toda costa del éxito comercial, en detrimento del impulso creativo. Elección por otra parte totalmente válida, que no obstante ha servido en más de una ocasión a los detractores del director de Tiburón para arremeter contra él, sin darse cuenta que uno de los más grandes creadores que ha dado el séptimo arte, Alfred Hitchcock, tenía una idea muy similar del cine como espectáculo popular. El americano medio, con un trabajo estable, una familia que mantener, una vivienda amplia y confortable y una vida apacible cuyas mayores inquietudes son decidir si cenar en casa o fuera, ir al cine o al parque de atracciónes... es descrito en Encuentros en la tercera fase de forma ejemplar. Pocos films de Spielbeg se detienen tanto en la descripción de un núcleo familiar con resultados tan atractivos. Sólo en la injustamente menospreciada A.I. (id., 2001), una fascinante obra maestra y la mejor película de su director, se puede ver algo parecido en el dibujo de la familia que compra al "meca" David. Sin llegar a estar al altísimo nivel –sin duda se nota que Spielberg ha madurado enromemente como cineasta– de las escenas de A.I., el retrato de la familia de Roy Neary (un Richard Dreyfuss que, a pesar de su tendencia al lucimiento personal, está bastante bien) y su transformación progresiva a raíz de su experiencia, es un excelente fragmento de cine. El americano medio enfrentado a un elemento externo que le hace plantearse toda su existencia, obsesionándose hasta tal punto que parece vivir en una terrible pesadilla: memorable es el plano de la escultura de la Torre del Diablo que ocupa todo el salón de su casa y que es el cénit de su "locura". Este retrato en negro, que no mira a otro sitio en los aspectos más sombríos es sin duda lo mejor del film, lo que no quiere decir que el resto no sea interesante, más bien al contrario. El film presenta tres frentes: la experiencia de Roy Neary, la experiencia del niño Barry Guiler (Gary Guffrey) y su madre Gillian (Melinda Dillon), y la investigación cientifico-militar de los avistamientos dirigida por Claude Lacombe (François Truffuat). Los dos primeros hilos argumentales (Roy, Barry y Gillian) convergen ya en el primer encuentro con naves alienígenas, y de forma definitiva en su viaje de fé hacia la Torre del Diablo, donde tomarán partido del "encuentro" junto con las autoridades dirigidas por Lacombe. Si como decía líneas arriba, la transformación que se produce en Neary es narrada desde un punto de vista del desmoronamiento del núcleo familiar y acentuando la obsesión del protagonista por conocer, el contacto con los extraterrestres de los Guiler es mostrado como un fragmento de horror en lo referente a Barry, que inicialmente se ve atraido por una llamada y posteriormente es abducido en una escena extraordinaria, en la que los extraterrestres actúan como una amenza ignota (avisada por la extremada luz que desprenden, se suponen, sus naves espaciales). En la madre del niño, Gillian, se produce un cambio similar al de Roy Neary, aunque expuesto, acertadamente, de forma más tangencial, lo que al final les une en su busqueda de la verdad. Todo lo referente a las investigaciones de la administración sobre la llegada de los extraterrestres, aun siendo lo menos interesante del film está muy bien dosificado y duran lo justo, sirviendo de contrapunto a las escenas particulares centradas en los Guiler y los Neary. Encuentros en la tercera fase no sería el gran film de ciencia-ficción que es sin los espléndidos efectos especiales rodados en 65 mm (el formato del film es de 35 mm) con los que cuenta, cuya concepcion se debe a Spielberg y la ejecución a un excepcional grupo de técnicos liderados por el maestro Douglas Trumbull. El primer avistamiento de las naves alienígenas en una carretera por parte de Neary, Gillian, su pequeño hijo y un reducido grupo de "iluminados" es tan sorprendente y está tan lograda que aún hoy, con el avance exponencial que se ha producido con las nuevas tecnologías, demuestra el gran talento de sus creadores. La célebre secuencia final es espléndida, no sólo por los efectos visuales sin parangón para la época, también por la ecuánime puesta en escena de Spielberg que evita caer en el ridículo (aunque algunos piensen precisamente lo contrario), centrándose en la mirada fascinada de Roy y Gillian, los verdaderos invitados al encuentro (Lacombe lo avisa cuando dice «tienen más derecho que nosotros a estar aquí»). Al final Roy se unirá al grupo de pasajeros que se irán con los visitantes como no podría ser de otra forma: la transformación de su vida desde su primera experiencia con los extraterrestres en su furgoneta (por cierto magníficamente resuelta) le ha marcado para siempre y ya nada en lo que creia, nada terrenal le incumbe, su obsesión se ha convertido en una revelación y él en un profecta de un nuevo mundo (las connotaciones religiosas del film son más que evidentes, como bien expresa Marcial Cantero en su libro sobre el realizador). (1) Schrader presentó una demanda en el WGA para que su nombre apareciera en los créditos pues según él se mantenía bastantes cosas de su libreto original. Finalmente el guión fue asignado a Spielberg en solitario. |