HOOK, EL CAPITÁN GARFIO (Hook, 1991)  
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Por José Luis Hurtado
Cartel del film
Miradas de Cine © 2002

De niño a pirata

Dentro de la filmografía de Steven Spielberg, Hook siempre me ha parecido un título tremendamente atípico e interesante, al que los críticos han despachado siempre de forma categórica e insustancial, sin pararse a reflexionar sobre ciertos puntos que este film denota sobre su autor, tanto a nivel cinematográfico como humano.

Vaya por delante, que este es un film completamente fallido; fallido por su enorme desequilibrio, fallido porque el resultado final dista mucho de las intenciones del autor que lo llevó a cabo, y fallido, porque el desacierto de cásting (si exceptuamos a Dustin Hoffman) se hace patente desde el primero de los fotogramas.

La importancia sin embargo de Hook, es la que me lleva a afirmar, que probablemente este es el film más personal que Spielberg ha realizado, y me atrevería a decir, que en toda su filmografía este es el unico film que refleja un cierto sentido crítico del cineasta norteamericano hacia sí mismo, en la línea (aunque sin punto de comparación desde luego, de Desmontando a Harry [Deconstructing Harry, 1997] de Allen, en cuanto a exposición de las propias miserias se refiere).

El desequilibrio precisamente de la película, viene marcado por esa confesión de Spielberg en la primera parte de la cinta, que desemboca en una redención tan aburrida como increíble en la segunda mitad de la misma. Y para quienes no sepan aún de que estoy hablando, permítanme citar a la abuelita Wendy (Maggie Smith) diciéndole a Peter Bannings/Peter Pann (Robin Williams) la siguiente frase: "Peter, te has convertido en un pirata".

La historia de Peter Pan, el niño que nunca quiso crecer, la criatura de James Barrie con la que Spielberg siempre se ha identificado dentro y fuera de la pantalla, un buen día decidió crecer y ya fuera por amor o por otras razones, se dedicó al cine, lo transformó, y con golpes de taquilla-efecto, convirtió a Hollywood en un fantasmagórico barco pirata. Lucas-Spielberg cambiaron el cine americano para siempre, pero ese cambio fue para… ¿Peor?

El cine se ha convertido (el de Hollywood) en un País de Nunca Jamás, repleto de fuegos de artificio vaciós y poblado de unos maleantes, sin pata de palo ni parche, que no sólo abordan barcos extranjeros para luego hacer "remakes" y se autoclonan hasta el infinito, sino que en esa ansia de dinero, exprimen hasta el último recurso creativo que cae en su poder en tan poco honorable propósito. De esta nueva Isla Tortuga, Spielberg es el máximo responsable creativo (al menos su cine) y su máximo exponente en cuanto a éxito alcanzado se refiere. La abuelita Wendy tiene razón, Stevie pasó de ser un niño perdido, a ser un pirata.

Obviamente, el "mea culpa" de Spelberg no tiene tanto eco, si no, estaríamos hablando de un gran film, no de un pequeño film como es este. Spielberg, reduce su autocrítica al entrono familiar. El niño que con sus fantasías sostenía un imperio de ilusión, lo ha abandondado para hacerse de oro con los reflejos de las ilusiones vividas en "Nunca Jamás", pero sobre todo, ha abandonado a sus hijos habidos de su matrimonio con una guapa joven, y estos hijos, serán ahora el pretexto para la venganza de Garfio.

El comienzo del film parte de esa infancia de mitos y leyendas, de representaciones escolares mágicas, y rápidamente es puesto en contraste con el mundo de las grandes corporaciones, un mar de tiburones-bucaneros. Pero hay una diferencia fundamental en todo esto. Siempre se ha dicho que Spielberg añora su infancia perdida, y que eso se ve en su cine. A la vista de Hook uno no puede pensar en otra cosa que no sea una traición, y unos remordimientos de conciencia superlativos, del joven que vende su talento al diablo, a la máquina, para acabar siendo el maquinista, y producir, por ejemplo Los picapiedra (The Flintstones, 1994. Brian Levant) o Gremlins (id., 1984. Joe Dante).

En la primera parte de Hook, la mejor, todo esto, está, para quien lo quiera ver. Es, desde luego la mejor parte del film, como he dicho antes, y sobre todo por lo bien que Spielberg hace irrumpir la fantasía (en casi todas sus películas) dentro del ámbito de la realidad más gris. De esta manera, el Londres de Hook del inicio del film, es un lugar extraño y sombrío, un remanente de leyendas, muerto, un recuerdo casi borrado. Hasta… hasta que aparece el puñal de Garfio sobre la pared. La presentación de Campanilla, y del País de Nunca Jamás es brillante, aunque quizás se tenga que discutir la servidumbre de un diseño que milimétricamente calca la concepción de disney sobre la historia original, llevada a la pantalla en el 53. En este sentido, personajes y lugares, son una traslación a acción real de una película de dibujos animados realizada 40 años antes ¿Qué sentido tiene esa servidumbre y falta de riesgo y lectura personal de la obra original?

Sin embargo, son peores, las aportaciones desarrolladas que se salen de este cliché (a este respecto, el dibujo de los niños perdidos con mezcla de Dickens y de manga japonés, producen una dolorosa urticaria en el espectador).

Conceptual y narrativamente el film funciona hasta que se tiene que desarrollar el proceso de redención del desmemoriado Peter Pan, lo cual da lugar a las bien conocidas situaciones de caspa infinita y sonrojo general, marca de la casa, y que se acentúan con las payasadas de Robin Williams, la progresiva banalización de los personajes con un mínimo interés inicial (Garfio) y el desenlace acaramelado y empalagoso que tantas veces ha arruinado el cine de este director.

Al final del film, los aciertos iniciales del padre que deja de soñar para robar en su vida de adulto, y las posibilidades que esas reflexiones podían haber llevado, son sustituidos por las imágenes de gorditos que se convierten en bola y se ponen a rodar. Y desgraciadamente, estas son las imágenes que quedan en el espectador, esas, y las de Robin Williams cacareando.

Una oportunidad más, desaprovechada (otra de tantas), cuando realmente sí hubiera sido mucho más interesante, ahondar en el existencialismo de un Garfio, que atrapado en un mundo de niños, no tiene ya ninguna razón para no levantarse una mañana y volarse la tapa de los sesos.

Como los malos enfermos, Spielberg en Hook comenzó una terapia y autotratamiento, que desgraciadamente abandonó a mitad de sesión, por falta de valor, o por desinterés. Ojalá algún día se anime a continuarla. Quizás así podamos entender que le ha pasado al cine americano en los últimos veinte años y como creativamente ha podido caer tan vil y tan bajo.

A través de la evolución personal de su más importante figura, podríamos averiguarlo. El día en que como Peter Bannings, Spielberg tenga el valor de ver su reflejo en el agua y descubrir quien fue, y en que se ha convertido, será un dia grande para el cine.