| PARQUE JURÁSICO (Jurassic Park, 1993) |
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Pesadilla en el parque de atracciones¿Era justo, cabe preguntarse casi diez años después, el recibimiento (muy bueno, al menos por parte del gran público) obtenido por este film de Spielberg con motivo de su estreno? Fue ensalzado en demasía, sin duda, aunque esto es comprensible dada su tremenda campaña promocional, sin precedentes. Pero, ¿qué hay de su actual posición en las consideraciones de los espectadores que en su día lo vitorearon? ¿Es posible que haya caído en un olvido tan excesivo como su inicial ensalzamiento? La respuesta me parece afirmativa teniendo en cuenta la rapidez con que han envejecido otros productos de la misma época, con los cuales no conviene confundir esta película. Al cabo de este tiempo, Parque Jurásico se presenta como un canónico film de entretenimiento, agradable pero cuyo interés, limitado, tampoco hay que exagerar. Steven Spielberg estrenó en 1993 un largometraje con el que trataba de volver a llevar a cabo su particular puesta al día de las temáticas de los viejos films americanos, en esta ocasión de aquellos que especularon sobre la existencia de monstruos gigantescos, y para cuya representación visual se utilizaba la técnica de la animación cuadro a cuadro, también conocida como stop-motion. Lógicamente, Spielberg vino a renovar ese tipo de trucajes gracias a las computadoras, permitiendo que las criaturas desaparecidas hace millones de años volviesen a la vida por obra y arte de unos excelentes efectos especiales (esta película fue una verdadera "revolución" en ese campo, como anteriormente lo pudo ser Terminator 2 –Terminator 2: Judgment Day, 1991; James Cameron–). Parque Jurásico, asimismo, responde a una indisimulada fórmula comercial consistente en mezclar el terror (moderado, como corresponde a un producto que nunca deja de buscar "diversión familiar") con el humor, el suspense en dosis justas, y la hábil dosificación de las secuencias de acción de modo que su espectacularidad crezca hasta el momento del clímax (flojillo, en esta ocasión) y la resolución final. Una fórmula que no era nueva ni mucho menos, pero que se mostró implacable de cara a las recaudaciones en taquilla. La película, famosísima y de argumento creo que de sobra conocido, por lo que evitaré describirlo, adapta una novela de Michael Crichton, y lo hace suavizando sus connotaciones más pesimistas en favor de la comercialidad, aunque sin perder los pasajes de tensión e inquietud, y manteniendo, si bien atenuado, el discurso escéptico sobre la ciencia y sus avances (cuando los mismos son gestionados por quienes no deben), en boca siempre del matemático Ian Malcolm (encarnado por Jeff Goldblum). El material literario de partida era muy jugoso, y los guionistas (Crichton y el también director David Koepp son los acreditados como tales) consiguen sintetizarlo sin estropearlo, si bien se dejan fuera pasajes que en la novela tenían gran importancia (y añadían sordidez), e incluyen momentos de humor muy forzado (muchas secuencias terminan con un impertinente comentario sarcástico que da paso a un cambio de escenario o de punto de vista). Un buen ejemplo de la capacidad de síntesis de los guionistas está en la descripción inicial de las instalaciones de InGen, plenamente eficaz. Los personajes principales están suficientemente definidos y correctamente interpretados (destacan los trabajos de Richard Attenborough, Laura Dern y el citado Goldblum; Sam Neill cumple, y los niños, aunque resultan un poco cargantes, también). Sin embargo algunos roles secundarios parecen exagerados en demasía. Es el caso de Gennaro (Martin Ferrero), el hombre de negocios sin escrúpulos que sólo ve la parte comercial del invento (planea un despliegue de merchandising a costa del Parque... quizás el mismo despliegue que puso en marcha Spielberg con la propia película, creando una auténtica dinomania que le reportó ganancias astronómicas), a quien se pretende hacer antipático para que no nos importe tanto que se lo coma el T-Rex, o el informático Dennis Nedry (Wayne Knight), sudoroso, desordenado y comedor de chocolatinas, como no podía ser de otro modo, si bien su tópica gordura será bien utilizada por el director en la incómoda secuencia de su accidente de coche bajo la lluvia. Asumiendo que sus mayores logros proceden de la novela, no cabe duda de que Parque Jurásico, además de tener la ventaja de todos los medios de producción de Hollywood que imaginarse puedan, también posee aciertos de puesta en escena, como corresponde a un director tan dotado para este género como Spielberg, hasta el punto de revelarse, a mi parecer, como el mejor trabajo del realizador de E.T. (E.T. the Extra-terrestrial, 1982) en la década de los noventa. Si bien es un tanto previsible y recurre a algún lugar común molesto (por ejemplo, las secuencias con ordenadores, y con frasecillas del tipo "sólo tengo que encontrar el archivo correcto", que nada expresan), no deja de ser un filme simpático, mucho más que su segunda parte, muy plana, en la que Spielberg repite con desgana las rutinas de esta primera, amén de introducir una risible moraleja en su innecesaria parte final (la que transcurre en la ciudad). Hay incluso una tercera entrega que, pienso que con buen criterio, Spielberg optó por no dirigir, dejándola en manos de un impersonal esbirro de la casa como Joe Johnston. Puede que el hecho de que sea de un film ultracomercial (lo es, no cabe duda) provoque el desprecio automático de quienes se dejan llevar por prejuicios contra todo aquello que goza de popularidad entre las masas, pero lo cierto es que Parque Jurásico es una película que ha marcado (puede que no para bien, pero eso no es responsabilidad suya) mucho el cine de los últimos años, y en la que deben reconocerse, además de los defectos, también las virtudes de su director, capaz de dejarnos algunos momentos a la altura de los grandes, en los que se hace patente la diferencia que aún existe entre él y sus imitadores, y que explican el desbordante entusiasmo (hoy ya casi desaparecido) con el que el público acogió la propuesta. El mejor ejemplo está, creo yo, en la set pièce del primer ataque del T-Rex, excelentemente realizada (lástima que el resto de la cinta no esté al mismo nivel), y que por méritos propios (no siempre es así, pero sí en este caso) se ha convertido en uno de esos instantes del cine reciente que todo el mundo reconoce al instante (como pueda ser el vuelo de los niños ciclistas en E.T., por citar otro momento mítico dentro de la filmografía de Spielberg). Planos como los que muestran el temblor del agua contenida en los vasos a causa de las pisadas del dinosaurio, la pata de la bestia clavándose en el barro ante el coche, o la pupila del Tiranosaurio contrayéndose tras el cristal debido a luz de la linterna, han trascendido ya como auténticos iconos de la cultura popular, y lo son por su capacidad para emocionarnos profundamente, y porque están rodados de tal manera que resulta muy difícil imaginar esos momentos con una planificación distinta a la existente. Semejantes logros están al alcance de muy pocos realizadores actuales, entre los cuales se encuentra, aunque en ocasiones se empeñe en demostrar lo contrario, Steven Spielberg |