| CAZADOR BLANCO, CORAZÓN NEGRO (White Hunter, Black Heart, 1990) |
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Los tambores acusanClint Eastwood, puede presumir de haber conseguido, aunque sea al precio de haber cedido en innumerables codeos y concesiones con la industria del dinero de Hollywood, una de las fortunas más grandes que una productora independiente haya jamás cosechado, con películas realizadas a voluntad y medida del director, y no sometidas a las rigurosas leyes del mercado. Eastwood ha sabido muy bien acertar con la fórmula mágica para conseguir esto, y a ella se ha ido dedicando a lo largo de toda su carrera. Su apuesta pasó por la alternancia de sus propios proyectos con otros ajenos que cumplían con mayor medida las exigencias "comerciales", y por los que su elevado caché de actor le permitía cobrar sumas astronómicas. Así, fue amasando poco a poco una fortuna que a través de su productora Malpaso le permitiría realizar los filmes que en realidad quería. El primero de ellos llegó en el año 1971, con Escalofrío en la noche (Play Misty for me) y así han ido pasando los años, con muchísimos filmes interpretados, y muchos otros dirigidos, entre los que siempre destaca por encima de todo un claro espíritu de realizar simplemente aquello que ha querido. Detrás de todo, en sus primeros tiempos la Universal producía sus filmes, después sería la Warner, y cuando Malpaso pudo sobrevivir por sí misma, ésta última pasó a ser la productora asociada en muchas de sus obras hasta hoy, con la colaboración habitual de los productores ejecutivos Tom Rooker y David Valdes. No es casual que Eastwood quisiese homenajear a John Huston en uno de sus mejores films, Cazador blanco, corazón negro¸ el excéntrico director querido por todos y odiado por la mayoría, pero a quien no se le puede negar que presumiese de una libertad sólo lograda a base de muchos años y mucho talento. El film está basado en el libro homónimo que el guionista Peter Viertel escribió a raíz de su colaboración con Huston en el rodaje de La Reina de Africa (The African Queen, 1951). El guionista, mantuvo a lo largo de la elaboración de la película una extraña relación de amor/odio con el director, sobretodo en el período que ambos pasaron previamente al rodaje, acabando de ultimar las escenas que habían de constituir el film. La Reina de África estuvo a punto de no ser realizada, debido al caprichoso comportamiento de Huston, quien estaba interesado en realizar el film más por la posibilidad de capturar algún ejemplar de caza mayor durante su estancia en la selva africana de Uganda, que por el hecho en sí de dirigirlo y llevar a cabo un buen proyecto. Huston, en su autobiografía (1), reconoce su obsesión por cazar un animal, primero un leopardo, al cual renunció tras hablar con un guía que había perdido un hijo atacado por uno, después un elefante, que por suerte, nunca llegó a cazar, aunque lo intentó en numerosas ocasiones. Peter Viertel convirtió, junto a James Bridges y Burt Kennedy su novela en un buen guión cinematográfico, que cayó en las manos de Eastwood en 1989, y que éste se empeñó enseguida en filmar. Y es que no extraña que Eastwood se sintiera atraído por un retrato biográfico de Huston. De hecho, Clint Eastwood admiraba profundamente a este director, hasta el punto de exigir por parte de los guionistas la suavización de su figura, que en la novela original era mucho más inhumana, cruel y egoísta. En el film, las primeras palabras, pronunciadas en off por Peter Verrill (nombre en la ficción de Viertel) dicen: «John Wilson (Huston, en la vida real), un hombre violento aficionado a la violencia. Algunos atribuyeron su vida salvaje y atormentada a su atracción por la autodestrucción. Esas opiniones siempre me han parecido inexactas. Por eso tenía que escribir todo esto sobre John, un brillante cineasta que mandaba al carajo a los demás y violaba continuamente todas las leyes tácitas del mundo del cine. Pero tenía la mágica y casi divina habilidad de salir siempre airoso». El personaje de Wilson es en el film bastante más humano y amable de lo que la fama de Huston ha querido mostrar de él. Aún siendo déspota, cruel, egocéntrico, misógino y despreocupado, el personaje de Eastwood deja traslucir un halo de humanidad que lo hace aún más atractivo, sin llegar en ningún momento a provocar ternura o simpatía hacia él. La obsesiva intención de cazar un elefante (el tigre no aparece en todo el film) responde más bien a una imagen romántica de enfrentamiento del hombre con la naturaleza, ejemplificado esto en el duelo final de Wilson frente a frente con el animal y ante el cual decide echarse atrás, como vencido por la poderosa fuerza ancestral del mastodonte. Ilustrando la obsesión de Wilson, es de destacar el diálogo que mantiene éste con Verril, quien le tacha de hijo de puta egoísta e irresponsable por echar a perder el film con la obsesión de cazar al animal, una de las criaturas más nobles y raras que vagan por este planeta. Wilson le contesta que matar un elefante no es un delito, sino un pecado (Huston lo menciona así en su autobiografía), y que por eso mismo le atrae tanto la idea. Parece como si no pudiera controlar los impulsos irrefrenables de luchar siempre contra lo establecido, de ejercer como el espíritu rebelde e irracional que Huston siempre fue. Genial es el tratamiento visual que recibe la figura del personaje de Wilson, siempre escondido bajo el ala de su sombrero, como ocultando la mirada que delatase su verdadero yo, tan infranqueable para el mundo exterior. La dirección de fotografía, magnífica en todos los aspectos, corrió a cargo de Jack N. Green, habitual en todos los filmes de Eastwood desde su primera colaboración en El sargento de hierro (Heartbreak Ridge, 1986) hasta la actualidad. Otros habituales participaron también en esta película, como el productor ejecutivo David Valdes (Warner), el montador Joel Cox o el excelente compositor Lennie Niehaus, que tantos logros había conseguido junto a Clint Eastwood, entre los que destacan sin duda El jinete pálido (Pale Rider, 1985) o Bird (id., 1988). Eastwood consiguió con su interpretación de John Wilson uno de los mejores papeles de toda su trayectoria interpretativa. Pese a que el film fue un estrepitoso fracaso en taquilla, obtuvo los elogios de gran parte de la crítica, la cual afirmó que Eastwood había conseguido con Cazador blanco, corazón negro el más alto nivel de dirección e interpretación. Y efectivamente, este film puede considerarse como uno de los mejores y más personales realizados por Eastwood, y esto es patente en cada uno de los fotogramas del metraje, en cada una de las palabras que Eastwood emite por boca de su personaje Wilson, imitando a la perfección los ademanes y la manera de hablar de Huston. Eastwood sentía un cariño especial por este film, y su implicación en la historia es realmente palpable, como por ejemplo en la soberbia interpretación de la escena final, cuando al volver de la frustrada y accidentada cacería, Wilson cae derrotado y avergonzado ante su propia estupidez, la cual es recordada insistentemente por el ruido de los tambores que recuerdan al guía negro muerto, y los cuales repiten sin parar lo que un guía traduce como reproche al cazador blanco con corazón negro. Pero el cariño de Eastwood no consigue una directa empatía de Wilson con el espectador, y esto realmente es un logro, pues el personaje aún se torna más ambiguo y hermético, más contradictorio y oscuro. Así, por un lado es capaz de defender a capa y espada a la industria para la que trabaja, el imperio de Hollywood, ante los ataques de aquellos que públicamente claman sus desprecios por ella, pero por otro, provoca el desespero de los productores al retrasar las fechas de rodaje, al desaparecer en medio de éstos, al negarse a colaborar en la perfección del guión o al darle a el único ejemplar de éste a un mono para que lo desparrame por toda la mesa y lo rompa en mil pedazos. No duda en afirmar que los directores no pueden ni deben someterse a los deseos de la gran masa palomitera, que se han de erigir en dioses que dominen y dirijan las mentes de los espectadores de sus films. En relación a esto, y sirviendo también como contradicción, Wilson discute en una escena con Verril sobre la conveniencia o no de cambiar el final del film. El primero es partidario de hacerlo, prescindiendo de si las leyes comerciales aceptarían un final desastroso para la historia de La Reina de África. Verril, evidentemente, le intenta seducir de lo contrario, diciéndole que a fin de cuentas, ambos trabajan en la industria del espectáculo, y los productos se hacen para el público. Al final del film, Wilson le confesará a Verril que tenía razón, y que la mejor opción es dejar el final como está -un happy end- pero lo hará sólo por alusión al fracaso personal sufrido por él mismo, en el que sus caprichosas cacerías le han llevado a darse cuenta de lo absurdo de sus obsesiones excéntricas. Sus palabras cobran así un doble sentido, quizás más dirigido al final de su cacería, que no al de la película, que al fin y al cabo le importa un rábano. Es curioso, por otro lado, que el mismo Viertel, al escribir su libro y su guión, pensase para ambos un final diferente del planteado en el film, mucho más consecuente, como ya se ha comentado, con un retrato ácido y descarnado de la figura de Huston, y en el que Wilson acaba por dar muerte al elefante y cumplir con su crueldad sin sentido. En este caso, Eastwood se encargó de eliminar este final y suplantarlo por el que la cinta posee, en el que Wilson desiste de su cruel propósito (2) y así se evita que su imagen aparezca demasiado cruel y despiadada. Cazador blanco, corazón negro es una reflexión sobre el género humano y sobre la relación del hombre con la naturaleza. El poder de la creación, representado en la imponente figura del elefante, supera la condición humana, y ésta sucumbe finalmente ante aquél, ante la muerte que le mira a los ojos. Sólo entonces Wilson podrá empezar su rodaje, una vez haya exorcizado del todo sus obsesiones y sus miedos. Sólo al final pronunciará la palabra tan esperada por todos, "Acción", pero lo hará casi en un susurro, como derrotado ante sólo él sabe qué, sucumbiendo al triunfo de una fuerza más poderosa que su propia personalidad de dios creador. (1) HUSTON, John. Memorias Ed. Espasa
Calpe, Madrid, 1998 (1ª ed.Alfred A.Knopf, 1980) |