| EL FUERA DE LA LEY (The Outlaw Josey Wales, 1976) |
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Llega un Mesías libre y salvaje«Me gustan los héroes de hoy, con sus debilidades, su falta de rectitud moral y su toque de cinismo. En los tiempos del código Hays no podías disparar hasta que no te disparaba otro. Pero si alguien intenta matar a mi personaje le pego un tiro por la espalda.» Clint Eastwood para Film Comment, 1978 Cada época de la historia del cine ha tenido sus directores de westerns. Incluso hubo un tiempo -no muy lejano- en el que se consideraba que un realizador no alcanzaba la mayoría de edad hasta haber rodaba uno, hasta que se atrevía con el más americano y trillado de los géneros. Algunos estuvieron ahí al principio -Porter-, otros poco más de una década -Peckinpah-, otros siempre -Ford-. Junto a Hawks, Boetticher, Mann, Daves y tres o cuatro nombres más conforman esa legión invencible, frecuentadora de lo legendario y lo amargo; ese pelotón que pobló las pantallas de tiroteos, estampidas, plumas, cabelleras, frontera y hombres montaraces que mascaban tabaco y marcaban un ganado que no siempre estaban seguros les perteneciese. Los depositarios de la épica, los "herederos de Homero", como señaló Borges. Toda construcción mitológica -bien mirado, génesis y exégesis de cualquier religión- precisa de cierta ingenuidad por parte del espectador/practicante. El western echaba mano de unas convenciones asimiladas por el respetable sin mayor esfuerzo o sonrojo; lugares comunes y tópicos a mansalva para contar lo mismo una y otra vez logrando sin embargo que siempre pareciese... que siempre fuese distinto. Pero ocurre que las audiencias se suceden como el inagotable ritmo de las mareas: el cine de los cincuenta buscaba su público entre los mayores de edad y el del siglo XXI entre los retras... ¡ups! Perdón, me prometí a mi mismo hablarles de una película de 1976. Las declaraciones de principios ya sólo crean enemigos... que no conste en acta, señoría. Hoy en día nadie dirige westerns, quería decir. Es un hecho. Principalmente porque la taquilla parece haberle dado la espalda a los héroes de andares majestuosos y gatillo fácil (extraño, teniendo en cuenta que la política exterior de algunos países suspira por convertir el panorama internacional en un sucedáneo de Wichita, Dodge City o Tombstone). A pesar de ello, en los últimos doce años dos films "de indios y vaqueros" se han hecho con sendos oscars a la mejor película -Bailando con lobos (Dances with Wolves, 1990. Kevin Costner) y Sin perdón (Unforgiven, 1992. Clint Eastwood)-, cosa que no había ocurrido en los sesenta y pico años anteriores. (Me abstendré de establecer comparaciones entre el engendro del señor Costner y Rio Rojo (Red River, 1948. Howard Hawks), Colorado Jim (The Naked Spur, 1953. Anthony Mann) o Centauros del desierto (The Searchers, 1956. John Ford), por poner tres ejemplos significativos y malévolos. En fin, El apartamento (The Apartment, 1960. Billy Wilder) y El robobo de la jojoya (1991. Álvaro Saenz de Heredia) también comparten género cinematográfico. ¡Qué le vamos a hacer!). Clint Eastwood, genio y figura -quizás más figura que genio-, cuenta con el prurito de haber hecho películas del Oeste durante lustros de terrible sequía, cuando se puede afirmar sin temor a equivocarse que NADIE más las hacía. Sólo por ello se ha granjeado la admiración y el respeto de todos los nostálgicos de las praderas sin ley, los forajidos de luenga gabardina y los duelos al atardecer. Comúnmente se acepta como su obra magna Sin perdón, portentoso western crepuscular (1) dedicado a sus admirados Don Siegel y Sergio Leone y donde se conjugaban y refundían numerosas líneas argumentales ya apuntadas en las anteriores Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1972), El jinete pálido (The Pale Rider, 1985) o la que nos ocupa, El fuera de la ley. Nadie pretende restar méritos a esa balada triste y lenta -como toda balada que se precie- donde un pistolero fantasmagórico entraba en un destartalado saloon, rifle en ristre, preguntando por el dueño de la pocilga. En Sin perdón está todo Eastwood y en los diez años que ya han pasado desde su estreno, Clint no ha vuelto siquiera a bordear tales cotas de maestría. * * * * * Pero el caso es que siempre le he tenido un cariño muy especial a este Josey Wales de El fuera de la ley, un tipo delgaducho y rijoso que escupe a todo bicho viviente. Hasta tal punto, que si tuviese que elegir una sola de sus películas, me vería en un brete... El fuera de la ley podría ser una historia de venganza. Después de todo, el protagonista pierde a su familia durante un sangriento episodio de la Guerra Civil Americana (y de resonancias verídicas: los denominados "red legs" cometían atrocidades sin fin con el pretexto de defender la causa abolicionista), legitimando una cruzada justiciera y expeditiva. Pero no, El fuera de la ley no va de eso. Porque de hecho... es a él a quien se pasan persiguiendo toda la película. ¿Podría ser una historia de amor? Si, existe una chica y se adivina un romance -bastante freak, por cierto-. Pero no, definitivamente tampoco es ese el asunto primordial. ¿Tiene una voluntad realista y desmitificadora? «Eastwood aconsejó al director de fotografía, Bruce Surtees, que viera los daguerrotipos de Matthew Brady realizados en la época de la Guerra de Secesión para que intentara captar su atmósfera» (2) Pero sin embargo, los tiroteos en los que se ve inmersos Josey Walles tienen la misma credibilidad que los de las películas de Sergio Leone. Ocho facinerosos contra un forastero con poncho y caliqueño colgando de la comisura de los labios... ¿recuerdan quién ganaba siempre? El guión de Philip Kaufman adaptaba "Gone to Texas", una novela escrita por el poeta indio Forrest Carter. La verdad, ignoro cuánto del original resta en El fuera de la ley. Lo que ha llegado hasta nosotros son los avatares de un hombre hierático y resentido que vaga por esa América reconquistada por la Unión y que conserva su corazón del lado de los grises. Esa figura derrotada pero moralmente victoriosa entronca en la tradición de los "beautifoul losers" tan querida por los norteamericanos -véase el Paul Newman de El buscavidas (The Hustler, 1961. Robert Rossen) o el Nick Nolte de Aflicción (Affliction, 1997. Paul Schrader), sin ir más lejos- y que Ford no pararía de glorificar a lo largo y ancho de su carrera, con sobredosis de "Dixie" incluida. Josey Wales huye de la civilización, del orden. De la paz que se construye contando con unos pocos y pasando por las armas al resto. Está harto de ser ignorado, maltratado, vilipendiado, marginado. Está harto de contestar con el silencio a las injusticias (como expresa muy gráficamente uno de los protagonistas de la aventura -Fletcher, el capitán de los sureños rebeldes-: "si te estás meando encima mío no me digas que llueve".) Walles mata, cierto es. A todo el que intenta acabar con él, sin titubear. Con sus dos contundentes pistolones se abrirá paso hacia su libertad a sangre y fuego, pasando por encima de cazarecompensas, soldados de fortuna, comancheros... Nuevamente, en un mundo donde los administradores de justicia son abiertamente amorales (tema recurrente en Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969. Sam Peckimpah), El juez de la horca (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972. John Huston), El dia de los tramposos (There Was a Crooked Man , 1970. Joseph L. Mankiewicz) o Silverado (id., 1985. Lawrence Kasdan), la ley pasa a ser el enemigo natural de todo hombre dispuesto a ejercer el libre albedrío: situarse fuera de ella constituye el único modo de obrar en conciencia, de permanecer fiel a uno mismo. Rebotando de un lugar para otro, este neo-hippie sin corona de flores y que busca su San Francisco particular en los horizontes abiertos y las tierras vírgenes -las pocas que ya iban quedando allá por el 1865- acabará siendo secundado por una auténtica pandilla basura, una cohorte de fracasados con pedigrí e innegable encanto: un perro algo 'alelao', un indio cherokee viejo y leal (perteneciente a las tribus "civilizadas" y vestido a la manera de Lincoln: un desarraigado que ha renunciado a su propia cultura, siendo obsequiado con el más absoluto de los rechazos por parte de sus paisanos), una india navajo joven y gerontofílica, tahúres con buenos sentimientos y una resaca crónica, una pionera a la que no le importa tener por vecino al mismísimo Diablo -con tal de ser la legítima propietaria de la tierra que trabaja- y su nieta (la por aquel entonces inevitable Sondra Locke), una adolescente con la cabeza llena de pajaritos -y algo ida, la verdad-. Juntos emprenden la travesía del desierto en pos de la idealizada Santa Río, lugar donde la intrépida pionera está convencida de tener a un hijo asentado, "propietario de una próspera hacienda rural". Poco importa la viabilidad de este Shangri-la de cartón piedra. La utopía se hará realidad y nuestro héroe podrá exorcizar sus fantasmas personales en un destartalado saloon donde se reencontrará con su superior en tiempos de odio y fratricidio. Este dará por terminada la persecución, salvando el pellejo del último hombre vivo de su pelotón y asegurándole algo parecido a la felicidad, condensada en una sencilla frase: "la guerra ha terminado". Y es que El fuera de la ley está entre los tres o cuatro mejores westerns de los últimos treinta años. Un anti-héroe de spaguetti-western en pos de un sueño ajado: una mujer que le quiera, una casa junto al río y un campo sembrado de sudores pero dispuesto a dar algún que otro fruto. ¿Quién se atreve a negar que el ex-alcalde de Carmel es un romántico? (1) Largo y tendido se podría hablar
sobre lo que aceptamos como "westerns crepusculares". Aunque
algunos crean que es un invento de Sam Peckimpah (Duelo en la alta
sierra (Ride the High Country, 1962) e incluso su primeriza
y olvidable Compañeros mortales (The Deadly Companions,
1961) serían buenos ejemplos), westerns melancólicos
y desencantados se llevan haciendo desde que el cine es cine (por citar
dos que les anteceden en el tiempo: Pasión de los fuertes
(My Darling Clementine, 1946. John Ford) o La pradera sin ley
(Man Without a Star, 1955. King Vidor) ) |