EL JINETE PÁLIDO (Pale Rider, 1985)  
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Sumario
Por Javier Castro
Cartel original del film
Miradas de Cine © 2002

Lo viejo y lo nuevo

Clint Eastwood es el más clásico de los directores actuales. No es que sea estrictamente clásico, al estilo Ford o Hawks, pero casi todas sus películas emanan el aire de "clásica modernidad" de los que conocen y admiran a sus predecesores, pero tienen mucho nuevo que aportar a lo que hacen. En varias de sus películas ha revisado obras clásicas y revitalizado su discurso, sin que por ello haya hecho remakes (valga la redundancia) o adaptaciones. Esta película es un buen ejemplo, y también trataré de ello al hablar de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995). La clásica historia del pistolero que llega de no se sabe donde buscando una nueva vida, pero deberá renunciar a ella y volver a sus orígenes para proteger a los desamparados y luego marchar ya ha sido contada muchas veces. En concreto, esta película bebe directamente de las Raíces profundas (Shane, 1953) de Georges Stevens. Pero ello no quita para que dé mucho juego, revisando algunos tópicos y dotándola de cierto hálito sobrenatural (yo soy totalmente escéptico, pero en el cine y el arte la imaginación no debe tener fronteras).

El western es un género que ha dado al cine algunas de sus mejores obras en su época clásica, pero desde finales de los 60 sólo alguna gran obra ha salido de vez en cuando. Clint Eastwood, como heredero y aprendiz de grandes maestros es el único que ha dado en los últimos años verdaderas obras maestras al género, como la que hoy nos ocupa o la oscarizada Sin perdón (Unforgiven, 1992).

Que los tiempos han cambiado para el cine es evidente en esta cinta. La dimensión mítica del vaquero solitario y justiciero bondadoso se vuelve más cruda y desencantada. La representación de la violencia, no sólo física, sino sobre todo psicológica, la angustia y desesperación, es mostrada de forma mucho más directa. Si bien es cierto que esto no siempre representa una mejora (a veces la sutileza es más eficaz que mostrar las cosas), si puede serlo si el director hace gala de contención y finura, nunca exhibicionismo. La sexualidad de los personajes está mucho más patente, haciéndolos a la vez más cercanos y vulnerables.

Hay que reconocer que muchos de estos aspectos no están muy marcados en el protagonista (un Clint Eastwood solvente como siempre), aunque sí en los secundarios. Esto viene del hecho ya comentado de la extraña procedencia del pistolero. En el n-ésimo asalto al poblado minero por parte de los hombres de Lahood, el cacique del lugar, estos matan al perro de Megan, y mientras ella lo entierra reza pidiendo un milagro. Mientras reza, aparece entre las montañas el jinete pálido. Poco después, cuando la niña lee un episodio bíblico del apocalipsis acerca de la llegada de los jinetes, en especial del jinete pálido de caballo blanco, cuyo nombre era la muerte, aparece el protagonista a través de una ventana casi como materializando el texto. Más adelante habrá otros momentos en los que la naturaleza del personaje se nos hará dudosa, como cuando se ven las cicatrices de seis balazos en la espalda y por los cuales debería estar muerto. O cuando al final de la película, durante el duelo entre Eastwood y los sicarios de Lahood, en los que en varios momentos estos parecen verle en una posición, siempre fuera de cuadro, y él aparece por otra parte del plano sorprendiendo al matón de turno.

El argumento más o menos es el siguiente. En un poblado minero intentan sobrevivir como pueden unas cuantas familias, sacando con sus métodos rudimentarios lo justo para comer. El valle en el que viven es codiciado por el cacique local, ya que con sus métodos de extracción sí que saca rendimiento. Para echar a los legítimos dueños les ataca y les impide suministrarse en la ciudad. Uno de estos mineros está enamorado de una mujer madura que tiene una hija de lo más atractivo (esto no es del guión, es una opinión personal). Una vez que baja a la ciudad es atacado, pero allí aparece el jinete pálido y le ayuda. En agradecimiento le invita a su casa. Al principio despierta ciertos recelos en la comunidad, pues parece un matón, pero de repente aparece con alzacuellos y comienza a ser el predicador para los del pueblo. Tras dar una buena paliza a un gigantón que venía a echarle, los del pueblo se comienzan a creer invulnerables, y hasta rechazan una buena oferta económica de Lahood para comprar sus tierras. Lahood entonces contrata a unos matones profesionales, y cuando estos matan a uno del poblado el predicador recoge sus pistolas y acaba con los malos, no sin antes tirarse a la novia de su amigo. El final es clavado al de Raíces profundas, con el pistolero marchándose entre las montañas y la niña gritando lo de -¡todos te queremos! ¡yo te quiero!-.

Todo esto no quita para que la película sea excelente, original no tanto en el argumento sino en el planteamiento de las situaciones y el tratamiento de los personajes. Aparte de lo comentado al comienzo, sirva como ejemplo el montaje paralelo de muchas secuencias, como el que nos muestra el ataque inicial contra el poblado mientras estos están haciendo tranquilamente sus labores, o la aparición del jinete en las montañas mientras la niña reza. Como decía Hitchcock, el suspense se produce cuando el espectador tiene más información que los protagonistas, y aquí nos adelanta muchas cosas.

La película se mueve en todo su metraje en el filo de lo convencional, de repetir clichés mil veces usados, pero los sortea con maestría. Además, el protagonismo de actores poco conocidos en general (salvo Eastwood y un par de ellos más) le da cierta veracidad que para mi gusto a veces le restan al cine las grandes estrellas. Los estupendos decorados, una hermosa fotografía en color siempre un poco escasa de luz para dar más verosimilitud a los valles nublados de montaña y los interiores iluminados con velas y fogatas, junto a unos exteriores de extraordinaria belleza contribuyen a que la cinta sea un hermoso espectáculo visual.

La mejor parte de la filmografía de Eastwood es en general muy lineal, casi monotemática de pistoleros más o menos solitarios, aunque con algún que otro toque de distinción inesperado, Bird (id., 1988), Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, 1990) o Los puentes de Madison. Sus westerns son los mejores que se han hecho en los últimos 20 años (El fuera de la ley [The Outlaw Josey Wales, 1976] el que nos ocupa, y Sin perdón alcanzan cotas equiparables a los mejores Hawks o Ford), que tienen apariencia de ser los últimos estertores del género. De hecho sólo puntualmente alguien ha hecho algún western reseñable, aunque lejos de estos en los últimos años. O mucho cambia el panorama, o hasta la vuelta de Eastwood no habrá nada que los iguale.