| LOS PUENTES DE MADISON (The Bridges of Madison County, 1995) |
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El duro románticoYa comente en el artículo acerca de El jinete pálido (Pale Rider, 1985) que algunas de las mejores películas de Eastwood están inspiradas en otros títulos clásicos. Quizá sea por que las historias que cuentan son tan universales que hay muchas parecidas. Tanto en el caso de la ya citada como de esta que nos ocupa, su influencia clásica le lleva a revisar antiguos clichés y modernizarlos. Muchas de sus películas nos recuerdan otras ya vistas, pero en muchos casos mejoradas. En este caso yo no puedo dejar de pensar en Breve encuentro (Brief Encounter, 1946), para mí la mejor película de David Lean, incluyendo un final que en ambos casos es similar y realmente sobrecogedor. Se podría pensar que esta película es bastante atípica dentro de la filmografía de Eastwood, ya que si bien en muchas de sus películas hay historias románticas, en pocas esta es la principal, y en muchos casos el romanticismo está más bien en un cierto sentido trágico de la vida y en el cumplimiento de los compromisos por encima de cualquier impedimento. Pero sazonando una filmografía repleta de westerns crepusculares, policías incorruptibles capaces de todo por cumplir con su deber, o delincuentes en huída desesperada, aparecen de vez en cuando obras de madurez que muestran a un Eastwood inmune a los clichés que se le suponen y haciendo rarezas por las que tiene especial predilección. Películas como Bird (id., 1988), Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, 1990) o esta de la que estoy tratando muestran la capacidad de evolución y la talla de autor de su director. Aquí nos retrata el apasionado amor otoñal, imposible pero más poderoso que la muerte (como diría Quevedo) entre un ama de casa y un fotógrafo del National Geografic. Esta narrada en flash-back. Tras su muerte, una apacible madre de familia del campo pide en su testamento que en vez de enterrarla en el cementerio junto a su marido la incineren y echen las cenizas al río. Sus hijos, estupefactos, encuentran un libro en el que ella les explica por qué. Les cuenta que cuando ellos eran niños, unos días que se fueron con su padre a una exposición de animales, apareció en el lugar un fotógrafo del National Geografic que quería fotografiar los singulares puentes del condado de Madison. Sin quererlo se enfrascaron en un apasionado romance que estuvo a punto de hacer que se marchara con él y dejase a su familia. Pero la responsabilidad la mantuvo en el hogar, siempre pensando en aquel amor. Aunque Francesca (genial Meryl Streep), tiene un gran complejo de culpa (que oculta bajo el nombre de responsabilidad) que la lleva a detener la relación, es consciente de que si se fueran juntos desaparecería la magia, y prefiere vivir el recuerdo de tanta felicidad que estropearlo con culpa, añoranza del hogar y un más que probable fracaso en la relación. Recuerdo que cuando la vi en el cine tenía a dos chicas en mi misma fila, que se pasaron de pitorreo prácticamente toda la proyección pero que al final salieron llorando como Macarenas. Al igual que a ellas, es posible que ha alguien le parezca un tanto cursi, o demasiado rosa, pero yo no lo creo. La película muestra las pasiones arrebatadoras con serenidad y limpieza, aunque se mueva siempre cerca del filo de la sensiblería sin atravesarlo jamás. Además, la última parte de la película es realmente perfecta, y contiene una de las secuencias más emotivas que se han rodado jamás. Es la secuencia en la que, después de haberse marchado Robert (que así se llama el fotógrafo), ella va con su marido a la ciudad. Está lloviendo a mares, y mientras Francesca está en el coche esperando aparece bajo la lluvia Robert. Como ella no se baja para ir con él, se marcha con el coche, y cuando por fin vuelve el marido y salen les toca pararse detrás del coche del fotógrafo. Entonces ella comienza a luchar contra el deseo de bajarse de su coche y meterse en el de Eastwood, pero cuando está a punto de hacerlo el Robert arranca y se separan para siempre en vida. Si al final de esta secuencia no estás llorando, convendría que repasases tu infancia con un psiquiatra El trabajo de dirección es exquisito y contenido, identificándose con los personajes, con mucho cariño y comprensión. Las pasiones que los mueven no pueden ser tratadas de otra forma. Cuenta con una partitura excelente que matiza los sentimientos sin enfatizarlos, y una producción de primera categoría que se nota en la perfecta ambientación y el acabado formal exquisito. Pero destacan especialmente ambos intérpretes, Meryl Streep y el propio Eastwood, que hacen las que quizá sean las mejores interpretaciones de su carrera, en el caso de éste bastante fuera de su registro habitual como actor (por cierto, aunque en la versión doblada casi siempre le han mejorado, con Constantino Romero dando mucha más fuerza a la voz demasiado aguda y nasal de Clint, en esta es en la que peor trabajo se ha hecho, y en los momentos en que se pone tierno se escapa la credibilidad de la acción, por lo que considero la versión original más imprescindible de lo habitual). Clint Eastwood es un caso raro el cine americano actual. Sin hacer nunca grandes taquillas, ni ser un perrito faldero de la industria, se ha ganado un respeto en el mundo del cine que le permite hacer lo que le venga en gana. Porque es bueno y además da prestigio. Tras los poco prometedores comienzos como actor en series de televisión y westerns almerienses de tercera, pocos podrían haberlo augurado. Su actitud en el cine podría resumirse en esta anécdota. Cuando a su personaje en la película Ejecución inminente (True Crime, 1999) le dicen «cada vez hay más restricciones para fumar», él responde pitillo en ristre «y cada vez hay mas hijos de puta a los que les importa una mierda»-. Así es Clint Eastwood para el cine. En una industria encorsetada en el espectáculo zafio o vacío, donde casi todas las películas están hechas con un patrón estúpido e inquebrantable, él hace lo que quiere y nadie le va a parar. Esperemos que, al contrario que Woody Allen, pueda seguir así por muchos años. |