PODER ABSOLUTO (Absolute Power, 1997)  
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Sumario
Por José David Cáceres
Cartel original del film
Miradas de Cine © 2002

Miedo a quedarse solo

En 1997, Clint Eastwood, tras realizar casi veinte peliculas como director, gozaba de un prestigio inquebrantable, cimentado principalmente a raíz de su triunfo en los oscars de 1992 con la archifamosa Sin perdón (Unforgiven, 1992) y refrendado con sus dos películas posteriores: Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993) y Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995). Ya se empezaba a hacer balance de la carrera de ese antiguo actor rudo, que logró notoriedad primero fuera de su país rodando los famosos westerns de Sergio Leone y luego encarnado al inspector Harry Callahan, y cuya trayectoria detrás de la cámara comenzó allá por 1971 -con Escalofrío en la noche, Play Misty for Me- el mismo año que realizará Harry, el sucio (Dirty Harry) a las órdenes de su amigo Don Siegel. Más de veinte años necesitó Eastwood para que fuera reconocido oficialmente en su país, aunque antes de ese western definitivo que es Sin perdón, hubiera filmado varios excelentes films, algunos de los cuales (cfr. El aventerero de medianoche, Honkytonk Man, 1982) siguen estando en el ostracismo, mientras que otros actores convertidos en directores mediocres (cfr. Robert Redford o Kevin Costner) recibían el aplauso de esa Academia tan particular en la primera tentativa (debería producir vergüenza a los responsables de tal institución que un film tan infame y lamentable como la ópera prima del Sr. Costner fuera considerada la mejor película de 1991).

Se suele aceptar que el cine de Clint Eastwood -el dirigido por él se entiende- se divide en dos partes: por un lado se tienen los productos comerciales, resueltos, en general, de forma profesional, y en el polo opuesto los films etiquetables como "de autor", donde el cineasta muestra su verdadera personlidad tras la cámara. A los primeros pertenecerían todos los thrillers del realizador, también sus dos primeros westerns y otras películas no adscritas a ningún género en concreto, como Space Cowboys (id, 2000) o El sargento de hierro (Heartbreak Ridge, 1986). En los segundos estarían ubicados Bird (id, 1988), Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, 1990), las ya mencionadas El aventurero de medianoche, Un mundo perfecto y Los puentes de Madison y en menor medida Sin perdón. Esta clasificación, ya de por sí discutible por la simplificación que supone, resulta totalmente insuficiente para acercarse a películas como Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil, 1997) o El jinete pálido (Pale Ride, 1985), el primero un film sorprendente dentro de la carrera del realizador, que huye de cualquier clasificación como ésta, el segundo un western, aparentemente inofensivo y sólo "hecho-para-entretener", pero que en el fondo es una espléndida muestra de la evolución del género y del personaje prototípico que tantas veces encarnará para otros. Lo peor de esta división -aceptada en realidad sólo por los amigos del simplismo- es la supuesta implicación que lleva consigo y que parece en ocasiones convertirse en una peligrosa verdad absoluta: el primero grupo de films es (debe ser) peor que el segundo, de tal forma que films tan interesantes como El pirncipiante (The Rookie, 1990 -1-) o Space Cowboys son rápidamente despachados mientras que una película tan convencional como Los puentes de Madison se presenta/vende como su última obra maestra (2).

Poder absoluto es otra prueba de que esa división es bastante desacertada y tras su estreno en ese 1997 se pudo comprobar lo mal entendida que estaba la carrera de Eastwood, del que se esperaba otro film como los anteriores, es decir, un película de "autor", dando por hecho que este nuevo thriller no lo era, en todo caso debia considerarse un film menor bien resuelto, un impasse en la trayectoria de su realizador en espera de otro de sus films personales, expectativa que de nuevo el director de Sin perdón se encargó de difuminar con sus siguientes films, el magnífico Medianoche en el jardín..., el irregular thriller Ejecución inminente (True Crime, 1999), y los posteriores.

Poder absoluto es el mejor thriller dirigido por Clint Eastwood y un film excelente. Nada convencional, aun partiendo de un argumento bastante inverosímil -un veterano ladrón de guante blanco, Luther Witney, irrumpe en una lujosa casa y es testigo del asesinato de una mujer, a manos del servicio secreto del presidente de los EEUU, que previamente la había maltratado-, el decimonoveno largometraje dirigido por Eastwood está resuelto de forma admirable, mostrándose como un ejercicio tremendamente personal, aplicando esa práctica tan venerada en los tiempos del Hollywood clásico, consistente en apropiarse del relato y convertirlo en una excusa, un medio mejor dicho, para tratar los temas que más le interesan, ya sean temáticos o formales.

Eastwood construye un film centrado en la descripción y desarrollo de unos personajes que consigue hacerlos reales y humanos (ayudado por el veterano y buen guionista William Goldman) y elevando el interés incial de la propuesta mucho más allá de lo predecilble. A pesar de cierto esquematismo en el trazo del presidente Richmond (interpretado con su habitual solvencia por un Gene Hackman que sabe formar al personaje con una adecuda dosis de maldad y cinismo) que desde el primer momento se revela como un auténtico hijo de puta (y perdóneneme la expresión, pero no hay otra), lo cierto es que las relaciones entre cada uno de los personajes resultan creíbles y ricas en detalles. El círculo del presidente se presenta gris y tremendamente tenso, con los agentes del servicio secreto que dispararon contra la mujer por un lado, que actuan al principio con plena convicción de hacerlo por su país, pero que poco a poco desvelan sus incertidumbres, sobre todo Bill (Scott Glenn) que muestra en un momento su repugnancia hacia el que es su presidente y que termina suicidándose y pidiendo perdón. Por su parte la jefe del gabinete, Gloria Russell (excelente Judy Davis), se muestra finalmente como alguien que actúa más por el aprecio y respecto, casi amor, que profesa hacia el presidente, que por un deber con su país, revelándose un personaje tremendamente trágico e indefenso que da lugar a un momento bastante divertido, pero en el fondo terriblemente cruel con ella; ese en el cual se presenta en una fiesta con el collar de la víctima, pues Luther le ha engañado haciéndole creer que es un regalo del presidente.

Especialmente interesante se presenta la relación entre Luther (el propio Eastwood), su hija Kate (Laura Linney) y Seth Frank (un extraordinario Ed Harris que proporciona ecuánimemente al personaje de inteligencia y humanidad), teniente de la policia de Washington encargado del caso. La distancia que separa al viejo Witney de su hija, por su pasado entre rejas y la muerte de la madre de ella, da un giro tras los acontecimientos vividos por el ladrón. Los recelos inciales de Kate no son más que una postura lógica, defensiva ante alguien al que quiere, pero que le ha hecho sufrir. Poco a poco ambos se irán acercando, a lo que contribuye la aparación de Seth Frank, momento que se aprecia ya en esa espléndida escena en la que Kate descubre las fotografías que Luther tiene de ella en su casa y en detalles como la nevera de Kate que Luther llena de comida o en diálogos tan sencillos y que suenan totalmente sinceros como la replica de Luther cuando su hija le pregunta porque fue a la cita si temía que podía tratarse de una trampa: «mi hija me quería verme». Paralelamente la relación entre Kate y Seth Frank, y entre éste y Luther, enriquece aún más la historia. El teniente admira desde el primer momento a Luther y en sus conversaciones se advierte que ambos congenian a pesar de corresponder a dos generaciones distintas, de igual modo, se percibe un evidente interés del policía por Kate, ya desde su primer encuentro, aunque excesivamente subrayado, posteriormente, en ese diálogo entre los dos cuando Frank repite varias veces que vive sólo, aunque no deja de ser bastante realista y decididamente divertido.

Todos estas personas Luther, Kate y Seth Frank, el presidente, Gloria Russell y los dos agentes, además del marido de la víctima, el mutlimillonario Walter Sullivan (E.G. Marshall), representan diferentes formas de soledad y en el caso de Luther y Sullivan se aprecia ese medio a quedarse solo y a morir sin nadie cerca, muy bien expresado mediante la conversación que mantiene Sullivan con Seth Frank o a través de la escena en la que Luther regresa a casa y cena sin compañía. La soledad de Luther es asumida desde siempre, que no para siempre, pues su trabajo está al margen de la ley, es sombrío y en muchas ocasiones le ha hecho huir (como en ésta, aunque en última instancia cambia de opinión). Por su parte Seth Frank y Kate son dos adultos que llevan viviendo solos bastante tiempo, algo que no se dice expresamente, pero que es fácilmente deducible, muy probablemente debido a que ninguno ha encontrado aún con quien compartir su vida, resultando el interés mutuo -no sólo es Frank quien se siente atraido por Kate-, que surge entre ambos, una pincelada que humaniza más a los personajes, pues esa soledad en la que viven no es premeditada y la posibilidad de conocer a alguien está siempre presente. Esta relación mostrada de forma tangencial, casi siempre de forma sutil, evita el cliché habitual de muchas películas, aunque ya de por sí el tratamiento elegido para el film huye del lugar común y de los formulismos. En cuanto al presidente Richmond, el retrato es muy gris, presentándolo como un ser mezquino, que vive en una terrible soledad, pues todos cuanto le rodean están ahí por su trabajo o por sus obligaciones (incluida su mujer, a la que se refiere más como otro miembro de su gobierno que como su pareja), siendo incapaz de darse cuenta del aprecio que otros (Sullivan, Gloria Russell) siente por él. El resto también viven en una tormentosa soledad, como Gloria Russell, personaje menos desarrollado de lo deseado, que parece no tener vida tras su cargo como jefa de gabinete, los dos agentes, uno de los cuales, Bill, termina suicidándose, o incluso el asesino a sueldo contratado por Sullivan, que se dedica a ese trabajo «porque me gusta vivir por encima de mis posibilidades».

En Poder absoluto el thriller deja paso al drama y éste al humor negro, conviviendo en una misma secuencia e incluso en un mismo plano sin molestarse, enriqueciendo personajes y situaciones. Poder absoluto es un thriller poblado de personajes bien definidos y mejor desarrollados, que contiene no pocas secuencias de suspense (auténtico, pues como los personajes interesan ésas cobran un significado real) dignas de ser recordadas, que muestran al mejor Eastwood de los últimos años. Más allá de la celebrada (y magnífica) secuencia con montaje en paralelo, de la emboscada a tres bandas urdida contra Luther, el film goza de excelentes momentos: la tensa secuencia del robo que concluye con el asesinato, con una acertada progresión narrativa y un conseguido cambio de papeles donde el protagonista (y el espectador con él) atraviesa diferentes estados (ladrón, testigo, presa); el intento de asesinato de Kate cuando su coche con ella dentro es empujado por un terraplén; la espléndida resolución del film, también algo inverosímil sinceramente, mostrada en tres partes: en una primera escena Luther desvela a Sullivan quién es en verdad el asesino de su esposa; en la siguiente el millonario va a la Casa Blanca para hablar con el presidente, con una de las armas del crimen escondida tras una mano; esa escena se interrumpe cuando Sullivan entra en el despacho del presidente y se encadena con las noticias que Luther ve por televisión: ahí se da la noticia del suicidio del presidente Richmond, donde Sullivan explica su consternación por la perdida del que consideraba como un hijo; la misma falsedad y cinimso ya empleda por el presidente cuando dió una conferencia de prensa por la muerte de la mujer de Sullivan, "escenificación" que Luther vió también por televisión, cuando se disponía a tomar un avión que le llevaría muy lejos de allí, y tras lo cual decide no huir, ya que en el fondo no quiere estar siempre solo...

(1) Pido perdón a mis compañeros de redacción, pues esto es lo que se llama jugar con ventaja, pero no acabo de comprender por qué un film como Arma Letal (Letal Weapon, 1984. Richard Donner), una típica buddy movie estridente y bastante reaccionaria, resulta tan interesante, y en cambio este entretenido film de Eastwood -aparentemente parecido al de Donner, aunque bastante más incisivo y ácido-, no es tan valorado. ¿Será que pesa demasiado la comparación con otros de sus films?
(2) Parece que el tiempo ha puesto este film en su sitio y ahora las opiniones son más moderadas y acertadas hacia un film que se llegó a comparar con los mejores melodramas de Douglas Sirk (!).