SIN PERDÓN (Unforgiven, 1992)  
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Sumario
Por Alejandro G. Calvo
Cartel original del film
Miradas de Cine © 2002

El hombre que mató a Ned Logan

El western y Clint Eastwood

Hoy en día ya nadie hace westerns, o por lo menos, ya nadie hace westerns interesantes. Sin perdón quedó tan bien hecha y fue tal su éxito, que el propio Eastwood afirmó que si algún día fuera hacer un último western, este le parecería una buena elección. Y es que en la actualidad, y voy a ser breve, que no me quiero perder por las ramas, tras el punto final al género que significó el descalabro de La puerta del cielo (Heaven's Gate, 1980) de Michael Cimino, ya nadie ha sabido dotar de suficiente entereza al western para que este reavivara de un modo firme y serio -evidentemente Clint Eastwood es el único que ha sabido llevar una continuidad del género, pese al poco número de westerns, cuatro, que ha realizado-. Los intentos de gente cómo Lawrence Kasdan (Silverado / ídem, 1985 y Wyatt Earp / ídem, 1994), Walter Hill (Jerónimo / ídem, 1993 y Wild Bill / ídem, 1995) o Geoff Murphy (Intrépidos forajidos / Young Guns II, 1990 y El último forajido / The Last Outlaw, 1994), de revitalizar el género, pese a su marcada simpatía, me parece intentos en vano, y por lo general, flojas películas de carácter anecdótico. Más interesantes, por ejemplo, se presentan obras puntuales de cineastas tan diferentes cómo pueden ser Mario Van Peebles con su Renegados (Posse, 1993), Sam Raimi con su Rápida y mortal (The Quick and the Dead, 1995), Ang Lee con su Cabalga con el diablo (Ride with the Devil, 2000) o Michael Winterbottom con su El perdón (The Claim, 2001). Siendo este el panorama cinematográfico del western contemporáneo no me extraña que una obra tan cansina como Bailando con lobos (Dancing with Wolves, 1990. Kevin Costner) (cuya versión extendida es prácticamente imposible ver toda seguida) se alzara con todos los honores de su año, por encima de películas infinitamente mejores que ella cómo Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Martin Scorsese o El Padrino III (The Godfather. Part III, 1990) de Francis Ford Coppola. Algo parecido le ocurriría dos años después a Eastwood y su Sin perdón al conseguir 4 estatuillas en los óscars del 92, sin embargo comparar el film de Eastwood con el de Costner, se me antoja totalmente ridículo, y ya no por las diferencias artísticas habidas en los dos films, si no por la trayectoria de uno y otro en su relación con el western.

Cuando Eastwood decidió enfundarse el traje de director al realizar Escalofrío en la noche (Play Misty for Me, 1971), él era conocido básicamente por dos vertientes cinematográficas: su faceta de cowboy y su faceta policíaca. Si bien, esta ambivalencia le ha servido siempre para conciliarse con el público comercial tras realizar proyectos más personales, cómo puede ser el hecho de realizar Licencia para matar (The Eiger Sacntion, 1975) justo después de Primavera en otoño (Breezy, 1973), Impacto súbito (Sudden Impact, 1983) después de El aventurero de medianoche (The Honky-Tonk Man, 1982), El principiante (The Rookie, 1990) después de Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Herat, 1990) o Ejecución inminente (True Crime, 1999) después de Medianoche en el jardín del bien y del mal (Midnight in the Garden of Good and Evil, 1995). Sin embargo, de ambas vertientes, la que ha salido mejor favorecido en cuanto a contenido artístico se refiere, es la del western.

Siendo Eastwood un hijo pródigo de dos realizadores cómo Sergio Leone y Donald Siegel, a uno no le deja de sorprender que en sus cuatro westerns realizados -Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1972), El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales, 1976), El jinete pálido (The Pale Rider, 1985) y Sin perdón- la huella que más se note en ellos, se la del maestro John Ford, y, en menor medida, la de Sam Peckimpah, y sí, Donald Siegel. Los cuatro westerns de Eastwood, rodados siempre con una mirada clásica que llega a ser desbordante en Sin perdón, mantienen un lujoso equilibrio entre narración y entramado dramático, lo suficientemente dinámico cómo para mantener siempre en vilo al espectador, haciendo que sirva de partícipe del film y nunca cómo juez del mismo. Los protagonistas de sus westerns son hombres abocados a la violencia, fantasmas resurgidos de la tierra para vengarse de los que le humillaron, forajidos con un áurea mística nacida del dolor y el horror por contemplar a tu familia violada y asesinada, ángeles de un cielo sin leyes que socorren a los necesitados, en definitiva, muertos vivientes de rostro enjuto, que arrastran tras de sí un carromato de cadáveres fruto de sus múltiples encuentros con pobres desdichados que se creyeron más rápidos y más listos.

No deja de ser curioso tampoco, los métodos expeditivos con los que los protagonistas eastwoodianos acaban con sus enemigos, y es que tal y cómo hiciera el protagonista de Centauros del desierto (The Searchers, 1956. John Ford), matando hombres por la espalda y disparando a los ojos a indios muertos, el cuadrado formado por "el extranjero", Josey Wales, "el predicador" y Will Munny, dentro de su épica de supervivencia se sirven de la violencia más bruta, desde a humillar a todo un poblado -no deja de ser totalmente extravagante el hecho de que el protagonista de Infierno de cobardes viole a una mujer del pueblo- a arrasar la taberna de Big Whiskey, rematando a cada uno de los cuerpos heridos... y es que al igual que el protagonista de Poder absoluto (Absolut Power, 1997), a las figuras del western eastwoodiano "ya no les queda piedad".

Por un puñado de cortes

Una de las sensaciones que más calan al espectador que visualiza Sin perdón es el de la total falta de épica de la historia narrada. Si Sam Peckimpah había mostrado el crepúsculo del western en un grupo de hombres perdidos y aislados cuyo único motor de supervivencia es la violencia que arrastraban consigo y John Ford había jugado la última y más duras de las bazas al desmitificar la leyenda del etéreo cowboy, Eastwood, no exento de tristeza, rueda su último western desde el estigma más hondo. Su Will Munny es un asesino de mujeres y niños, un borracho que pegaba y maldecía a los animales, cuya última aventura, por si no fuera bastante, acaba por destrozarlo definitivamente, siendo el motor de la misma, unos cortes realizados por un par de jóvenes a una prostituta que se había reído al ver el minísculo pene de uno de ellos.

El despropósito de muertes y flagelaciones que conlleva dicha acción, está encadenada a los estúpidos actos de los protagonistas: un sheriff que se niega a castigar a los culpables, las prostitutas que creen que se debe pagar con la muerte tal ofensa, un joven bravucón que sólo piensa en la recompensa, y un par, casi de ancianos expistoleros, incapaces de subirse al caballo o de disparar ya a otra persona, aceptando un trabajo carente de toda épica, un vil asesinato a dos jóvenes, que al margen del acto brutal que abre el film, se presentan cómo gente de a pie, trabajadora e, incluso, arrepentida.

Los malos del western crepuscular ya no son las figuras pétreas que desafiaban a los granjeros en Raíces profundas (Shane, 1953), El forastero (The Westerner, 1940. William Wyler) o El jinete pálido, los ladrones, ya no son simpaticos Billy "The Kid", Jesse James, Butch Cassidy y Sundance Hill, no hay polos extremos, sólo una mixtura de caracteres que hacen que un sheriff cómo Little Bill se exceda en el cumplimiento del deber, tal y cómo habría hecho el sheriff de Río Bravo (ídem, 1959. Howard Hawks) o El dorado (ídem, 1967. Howard Hawks), y que el héroe de la historia no sea más que un asesino venido a menos, cómo el de Centauros del desierto o El grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) de Peckimpah. Quizás el único personaje positivo de Sin perdón sea el Ned Logan interpretado por Morgan Freeman, un hombre que se lanza a la aventura cómo algo excitante, una manera de recordar viejos tiempos, por oscuros que sean estos. Las exageraciones de Will Munny explicándole lo que le habían hecho los jóvenes con la prostituta, reflejan la sed de Munny por lanzarse a una caza cómo un buscador de recompensa más, sin importarle la veracidad de los hechos. Logan se deja tentar y para cuando desea retirarse, ya es demasiado tarde. Por su parte, Munny, por duro que le parezca, en el momento en que pide ayuda a su amigo, está labrándose una resurrección de su antiguo yo, convertido en la actualidad en un viejo que no puede ni separar unos cerdos enfermos. En el momento en que le comunican el asesinato de Logan, Munny, abstemio hasta la fecha, coge una botella de whisky y empieza a beber, ya ha llegado al éxtasis de la resurrección: No va a quedar alma en pena viva en Big Whisky.

Eastwood traza su film con una planificación majestuosa, juega con la leyenda y la realidad bajo los personajes cínicos y mentirosos de Bob El Inglés y Little Bill, retrata la muerte del significado del cowboy al abocarlo a una aventura tan estúpida cómo suicida, y todo, con un devenir de planos sin movimiento y un uso del montaje deslumbrante. Eastwood no es que ruede como Ford, es que en Sin perdón, prácticamente se convierte en John Ford.

¡Que diría Leone si levantara la cabeza!.