| SPACE COWOYS (Space Cowboys, 2000) |
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Jubilatas en órbita«No dejaré que ocho millones de comedores de palomitas me digan lo que debo hacer». John Wilson en Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, 1990). El cowboy más famoso desde los tiempos de John Wayne se reivindicó a sí mismo -y a toda su generación- en esta más que correcta aventura lunática (sí, esto va con segundas). La empresa había que tomársela con cierta sorna y para ello se rodeó de actores que ya habían demostrado su bis cómica. Donald Sutherland había hecho de tanquista hippie junto al propio Clint en Los violentos de Kelly (Kelly's Heroes, 1970. Brian G. Hutton), Tommy Lee Jones ya se había puesto de luto en la primera entrega de Hombres de negro (Men in Black, 1997. Barry Sonnenenfeld) y James Garner se forjó allá por los cincuenta en su televisiva y más que desenfadada "Maverick". Respecto a la comicidad del maestro de ceremonias, pocas dudas cabría albergar. Recuérdese Dos mulas y una mujer (Two Mules for Sister Sara, 1969. Don Siegel) o el par de chorradas que rodó con el mono aquél tan amigo suyo (Duro de pelar (Every Which Way but Loose, 1978. James Fargo) y Any Which Way You Can (1981. Buddy Van Horn)). Aunque bien pensado tampoco eran precedentes muy memorables que digamos... Lo nuevo y lo viejo vuelven a chocar una vez más. O lo que es lo mismo: el modo de hacer las cosas "de toda la vida" -fruto de la experiencia y el tesón- y el actual -que deposita su fe en la sofisticación tecnológica y trata de minimizar el impacto del factor humano-. Ni que decir tiene que Eastwood tratará de demostrarnos que más sabe el diablo por viejo que por diablo. La hidalguía bastante trasnochada de estos vaqueros reclutados para ir al espacio -sueño dorado que no pudieron cumplir de mozos, en pleno apogeo del programa espacial y las misiones Apolo- constituye un simpático anacronismo sobre el que se vertebra la odisea. En un inicio deudor de Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960. John Sturges) -con el permiso de Kurosawa-, el alma mater del equipo -el propio Clint, naturalmente- deberá recomponer el fragmentado pero todavía profesional grupo: descubriremos qué tal les han sentado estas décadas de inactividad a aquellos astronautas frustrados. Precisamente del modo en que cada uno ha enfocado su vida tras abandonar la NASA obtendremos las líneas maestras (que incluyen defectos y virtudes) de las contrapuestas personalidades de nuestros cuatro héroes por accidente. Como en todo western que se precie -pues eso es lo que es Space Cowboys- hay pelea en un saloon, romance entre personas tan maduras como desencantadas, glorificación de la amistad masculina, personajes dispuestos a hacer sacrificios supremos, armas (nucleares), un pueblo abandonado donde escenificar el duelo (una maltrecha estación rusa), alguna que otra traición y un par de rencillas personales. En resumen, que antes las cosas se hacían mejor, nos dice el viejo pistolero. Que "¡cómo viene la juventud de hoy, señor!". Que donde esté lo artesanal que se quite lo digital (aunque curiosamente se decantase por Industrial Light & Magic para los efectos visuales, pecado venial si anteponemos el contenido al continente). Y es que al Clint Eastwood director le gusta echar la vista atrás. Es allí, en el pasado, donde ambienta sus reflexiones más personales (Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, 1990), Un mundo perfecto (A Perfect World, 1993) o Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995), amén de los westerns). Quizás por ello se haya ganado a pulso la etiqueta de último clásico: su mirada cinematográfica posee la parsimonia y el rigor del observador avezado, de quien ya está a la vuelta de todo. El montaje de sus películas es cualquier cosa menos sofisticado o falsamente moderno: en las historias que dirige -con devoción e interés, que también hay algunas en las que deja bien palpable su desgana- nunca ocurren muchas cosas, en realidad. Pero lo que acontece está bien narrado, sin fisuras, sin excesos. Y es que, después de todo, en Space cowboys no ocurre nada del otro jueves. La intriga es mínima -rusos chapuceros que necesitan al tío Sam para que les eche una mano, ¡ay, ay, qué malos sois!- y previsible. Pero el caso es que este cuarteto de sexagenarios tiene una gracia genuina y alguna de las situaciones a las que se enfrenta es francamente hilarante. Porque resulta que Space cowboys es la película más divertida de este director que como actor está acostumbrado a poner su percha al servicio de tipos serios y con malas pulgas, pero que cuando se pone detrás de la cámara gusta verse cayendo del caballo, persiguiendo a criminales que no lo son o llorando por una mujer que se le escapa bajo la lluvia. Larga vida a los corderos con piel de lobo, porque de ellos será el corazón de las plateas. |