| EL PIANISTA (The Pianist, 2002) |
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El silencio de un hombreCuando se publique este artículo no se habrá estrenado aun la película, por lo que no me parece conveniente destriparla del todo, pero si que quiero hacer llegar al lector algunas ideas sobre las sensaciones que me produjo la película cuando la vi durante la pasada edición de la SEMINCI vallisoletana, tras su exitoso paso por Cannes (Palma de Oro) y la sección Zabaltegui de San Sebastián. Para empezar, diré que la película esta basada en la historia real del pianista polaco Wladyslaw Szpilman, cuya biografía no publicó hasta muchos años después de ser escrita (fue rechazada por los editores por ser demasiado dura), pero que en los 90 fue encontrada y publicada por su hijo. Es una de esas historias del holocausto nazi que sobrecogen, pero da cierta sensación de historia conocida. Dos aspectos la diferencian de otras cintas con argumentos similares: el primero es la objetividad con la que trata situaciones y personajes. No hay maniqueísmos baratos ni juicios apriorísticos. Ni polacos ni judíos son dechados de virtudes, ni todos los alemanes son alimañas despiadadas sedientas de sufrimiento y sangre. Segundo, la realización de Polanski, que lejos de sus excesos formales y pretenciosos de muchos de sus films, narra la historia con pasión desbordante pero sin aspavientos. En ambos aspectos se deja guiar más por la influencia reflexiva y comprometida del cine europeo, especialmente por Korzac (1990) de su compatriota Andrzej Wajda, que por el sensacionalismo y efectismo americano, aunque tampoco renuncia del todo a ello, sobre todo en la primera parte. Película esta Korzac de temática similar con la que El pianista tiene muchos puntos en común, aunque Polanski no alcance la profundidad y a la vez generalidad de aquella pieza clave del cine europeo en general y del cine sobre el holocausto en particular. La historia que nos cuenta El pianista no es acaparadora ni grandilocuente. Es tan sólo la historia de un hombre. Un hombre que era uno de los mejores pianistas polacos, pero que desde el comienzo de la cinta con los bombardeos alemanes y la ocupación de Varsovia por estos, se ve primero reducido al ostracismo en el trabajo por ser judío, luego encerrado en el gueto trabajando para los colaboracionistas, mas tarde como esclavo de sus opresores, y por fin en la más absoluta y dolorosa soledad. Uno no sabe si es peor el sufrimiento físico compartido, o la soledad y el aislamiento que conducen a la desesperación y la locura. Cuando comparte con su desesperada familia las privaciones, las vejaciones, la impotencia y el olvido al menos puede sonreír de vez en cuando. Pero cuando le separan de su familia, salvándole la vida, primero debe trabajar colaborando con los nazis, con su vida siempre pendiente del capricho de sus carceleros. Y tras escapar, sólo le acompaña el pensamiento de que en cualquier momento le pueden descubrir y atrapar, la angustia por la suerte de sus seres queridos, la incomunicación y el aburrimiento total. No sufre prueba peor, ni el hambre ni el sufrimiento, que cuando está escondido en una casa supuestamente abandonada con un piano, y no lo puede tocar por temor a ser descubierto. No hay pelo del cuerpo que no se erice al verle mover los dedos por encima del teclado sin poder permitirse hacer lo que más ama en el mundo. Y cuando un oficial alemán le descubre y le ayuda, en unos momentos en que repta como una alimaña por una ciudad que parece una cloaca, no alcanza mayor felicidad que cuando el oficial le pide que toque el piano. El protagonismo recae en el actor estadounidense Adrien Brody (recordémosle en Pan y rosas/ de Ken Loach). La mayor parte de la película, sobre todo la segunda mitad, descansa casi en exclusiva sobre sus gestos, pues apenas pronuncia una palabra. Y Brody consigue transmitir la intensidad de la dura situación con la misma contención de la que hace gala Polanski en su puesta en escena, sin gestos exagerados (de los que el actor abusa de vez en cuando en otras cintas), sólo con el estupor de un rostro que mira por una ventana y es incapaz de asumir lo que ve al otro lado. Incluso la insensibilidad que da el frío, el hambre y la costumbre está representada por el actor reduciendo cada vez más su gestualidad hasta parecer casi un muñeco inerte, ausente, pero sus ojos siguen comunicando como la sirena de una ambulancia que algo esta muriendo en el interior de su corazón, que es el corazón de Europa. El aspecto visual de la cinta deja una sensación muy curiosa. Yo la vi dos meses antes de escribir este comentario, y salvo algunas imágenes muy concretas la recordaba casi en blanco y negro. Desde luego está rodada en color, pero es el color apagado de los días nublados y lluviosos del centro y norte de Europa, y de los interiores de colores apagados y tristes, como los del gueto, las casas lúgubres donde se esconde Szpilman o las ruinas de los edificios del color del cemento y del yeso sucio y húmedo. El ritmo pausado, sobre todo en la segunda parte de la cinta (para mi gusto la mejor), en la que acompañamos a la mirada de Szpilman deambular desde las ventanas hasta la añorada y temida calle, fascina y conmueve en su sencillez y delicadeza. El cambio de registro entre esta última película del autor, y los cortos de los comienzos de su carrera o muchas de sus películas sobre todo de los 90, resulta chocante y muy positivo. De la enorme ambición estética y metafórica de estos cortos y alguna de esas películas, a la extrema contención formal no exenta de gran belleza plástica y profundidad de El pianista, hay una vuelta a las grandes obras del autor de los 70 como La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) o Chinatown (id., 1974). Una constante de casi todos los grandes autores es la moderación del estilo y un mayor compromiso con la historia que cuentan respecto a la forma de contarla (sin perder por ello la "marca de la casa" de cada cual). Polanski a pasado una época creativa difícil estos últimos años, pero parece recuperarse con esta cinta. Esperemos que continúe en esta línea en sus próximos trabajos. Por último, quizá convenga recordar que la infancia de Polanski se vio marcada por la segunda guerra mundial. Vivió los bombardeos de Varsovia y la ocupación alemana, pero nunca quiso tratar esta película de forma autobiográfica. Quería aproximarse a los hechos tanto como fuera posible, y cuando leyó la biografía de Szpilman quiso hacerla película, porque como él asegura, a pesar de tanto horror, es optimista y está llena de esperanza. Polanski se encontró por última vez con Szpilman poco antes de que este muriera en el año 2000. Se mostró muy contento de que un compatriota suyo fuera a hacer una película sobre su vida. Murió sin ver la maravillosa película que ha hecho Polanski, y con él desapareció uno de los últimos testigos, y uno de los más veraces, del periodo más vergonzoso de la historia de la humanidad. Dentro de poco nos llegará Amen, de Costa-Gavras para mostrarnos otro punto de vista de los mismos acontecimientos. Tras la manipulación de Spielberg y del cine Hollywoodiense en general, la objetividad y la verdad histórica están de enhorabuena. |