| FRENÉTICO (Frantic, 1988) |
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Las vacaciones de Mr. KaplanEn plenos 80, y desposeído de raíces en su exilio parisino, Polanski se dedicó a encadenar unas cuantas películas de género, que sin ser obras maestras, ni equipararse a muchas de sus obras maestras anteriores, resultaron cuanto menos frescas y estimulantes. De ese grupo de películas, recuerdo con especial cariño Piratas Pirates, 1986) una deliciosa revisitación del género de bucaneros con el nconmensurable Walter Matthau a la cabeza, que cual cinta maldita, ha desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro y que no he vuelto a ver ni en los videoclubs más recónditos, y esta otra obra de suspense hitchcockniano que es Frenético y que en estas líneas nos ocupa. Con el, cómo no, "mac-guffin" de un detonador atómico escondido en una estatua de la libertad en miniatura, escondida a su vez en una de esas inefables maletas Samsonite-todas iguales, Polanski rueda un homenaje que respira aires de Don Alfredo por los cuatro costados, y que simplemente sustituye al Cary Grant "ciudadano de a pie" de sus películas, por el Harrison Ford post-Indiana-Solo también en el papel de hombre corriente, que simplemente descubre al llegar al hotel parisino de un congreso y salir de la ducha, que su mujer que hace cinco minutos estaba con él, ha desaparecido. Esos treinta primeros minutos de cine, justifican ya de por sí la película, cuando uno parece estar viendo cine prestado del genio británico, reencarnado en la historia que Polanski nos vende. La música de Morricone, y la habitual interpretación de hombre apesadumbrado de Harrison Ford, ponen el resto, todo ello con el acierto de presentar un París convertido en hostil, cuando no se habla francés y no se está prevenido contra el habitual «Je sui desolé» con el que nuestros vecinos (en el film presentados como auténticos cretinos) suelen despachar estas situaciones incómodas como la pérdida de una maleta o una esposa, todo ello para desesperación del turista. En los juegos del guión, resulta interesante el cúmulo de referencias cruzadas que puntean la trama: Las dos estatuas de la libertad (la réplica donde reside el detonador, y la estatua parisina donde Harrison Ford despierta de nuevo a la pesadilla), el significado de «La dama blanca» como cocaína o esposa, los dos viajes a París (el de bodas anterior en el tiempo del matrimonio y el presente que puede significar el fin de ese matrimonio) o también la canción de Grace Jones que aparece puntualmente en los momentos de mayor tensión como en la magnífica escena de la conversación telefónica de Ford con su hija sin contarle lo que pasa, o en el sensual baile del club árabe. Junto al arranque de puro suspense, se le une una no menos interesante bajada a los fondos parisinos del hasta entonces acomodado protagonista, que lleva directo a la figura de Emmanuelle Seigner, presencia turbadora la de esta nueva musa de Polanski, que sirve para desarrollar con la excusa del secuestro y del detonador, una historia de amor encubierta y hermosa, por no consumada y por las diferencias que a ambos personajes les separan. Lamentablemente, a medida que se acerca el desenlace de la cinta, Polanski y su guionista se apartan de las tesis hitchcocknianas, y dan una relevancia excesiva al telón de fondo, a la excusa, al mac-guffin, disolviéndose enormemente entonces, los méritos y el interés de la película. Para entonces, el homenaje se ha metamorfoseado en telefilm de sobremesa chunga, y al espectador lo único que le queda es estremecerse con la expresión final de la esposa de Ford, cuando se da cuenta de que su marido en su ausencia ha amado a otra. El viaje de vuelta similar al del inicio, pero sin el pinchazo anticipador que abre la película y anuncia catástrofe, es la fuga de una pesadilla, en la que los esposos se abrazan desesperadamente al tener la certeza en su interior de que ninguno de los dos va a volver a ser ya el mismo, tras semejante experiencia. Ni ellos, ni su amor. |