LUNAS DE HIEL (Bitter Moon, 1992)  
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Sumario
Por Jorge-Mauro De Pedro
Cartel original del film
Miradas de Cine © 2002

Los infortunios de la virtud

«Un amor apaga otro amor, y un temor otro temor». Séneca

Las pasiones amorosas -con sus malentendidos, sus indisimulados rencores, sus triángulos escalenos, y sus escasos momentos de comprensión mutua- son un tema muy querido por Polanski desde su opera prima El cuchillo en el agua (Noz w wodzie,1962). De hecho, se le antojan a uno como el campo de batalla ideal donde este enrevesado individuo puede escenificar, a sus anchas, la tragicomedia de la condición humana.

La mayoría de los personajes de las películas de Polanski deben de lidiar con misterios cuya naturaleza no terminan de comprender muy bien (ni ellos ni el propio espectador). En algunas ocasiones debido a sofisticadas mascaradas, en otras a siniestros planes y oscuras confabulaciones, a recuerdos del ayer que invaden repentinamente un aparentemente idílico presente.

Pero las más de las veces, el misterio se circunscribe al propio protagonista: a la postre, los personajes de sus películas echan un terrible pulso consigo mismos, desigual partida entre razón y locura. Porque no hay forma más refinada de terror que sospechar de las propias facultades mentales. Por eso, a muchas de las películas de Roman nos contentamos con tacharlas de surrealistas... cuando pocas cosas hay más genuinamente surrealistas que la vida cotidiana, que este desespero, que esa nausea sartriana que nos ataca un domingo soleado en cualquier esquina prematuramente engalanada de adornos navideños.

Así pues, no seré yo quien califique como perversiones -siquiera desviaciones de una "normalidad" mucho más aberrante- el rollo sado-masoquista que se lleva la pareja protagonista de Lunas de hiel. Como nos han enseñado los grandes filósofos de la sospecha (Marx, Freud y Nietzsche) o los grandes cineastas de lo humano (Buñuel, Stroheim o Renoir sin que la tríada quiera pasar por representativa) hasta detrás de las acciones más irreprochables existen razones nada edificantes. En definitiva, que si me dices de lo que presumes, te diré de lo que careces.

Tenemos una pasión amorosa. Una pasión que surge de manera inopinada, brutal. Y que como tal, no conoce de convenciones sociales o púdicos disimulos (En la línea de un Jules et Jim / Dos hombres y una mujer (Jules et Jim, 1961) del enamoradizo Truffauft, El imperio de los sentidos (Ai No Corrida, 1976) de Oshima o El último tango en París (Ultimo tango a Parigi / Last Tango in Paris, 1972. Bernardo Bertolucci), con mantequilla opcional).

Una mirada, un autobús que se aleja, un labio mordisqueado... el mecanismo detonante de este tipo de cosas es complejo e ingobernable. Sí, por mucho que los docusoaps tipo Gran Hermano nos quieran convencer de que encerrar a 12 conejos en celo y faltos de bromuro es un "experimento sociológico" capaz de revelarnos valiosos descubrimientos sobre la convivencia, el amor, el rechazo... no, el actual mercadeo de los sentimientos de una minoría catódica no es sino una constatación formal de la conjura de los necios.

Hay gente que se quiere tanto que puede llegar a odiarse. No, no soy muy aficionado a los aforismos sin justificación, pero convendrán conmigo en que pegarse media docena de tiros para luego arrastrarse el uno en pos del otro no es un invento de los guionistas de Duelo al sol (Duel in the Sun, 1946. King Vidor): echen una ojeada al periódico de ayer y seguro que encuentran una tragedia que confundió miedo con devoción, idolatría con admiración, sumisión con vida marital.

Pero... ¿están realmente enamorados los dos antagonistas de Lunas de hiel? ¿O asistimos simplemente a una ininterrumpida cópula de dos horas, un tour de force donde todo vale (voyeurismo, fetichismo, sadismo)?

Escuchando algunas de las frases que ambos se intercambian -que se escupen, para ser más exactos-, alguien podría dudarlo. Oscar (Peter Coyote): «en los ojos de cada mujer puedo ver el reflejo de la siguiente». Mimi (Emmanuelle Seigner, ¡oh, qué buen gusto tienes, Polanski!): «no tienes derecho a criticarte a ti mismo. Ese es mi privilegio.»

Particularmente, siempre he considerado que sí, que están enamorados. De verdad. Lo que ocurre es que ya no se acuerdan. Quizás lo estuvieron durante un breve periodo de toda su relación, un episodio tan irreal como idílico que quizás no abarcase ni unas semanas. Qué más da. El caso es que es ese recuerdo, esa constatación (más que el de la Olimpiada sexual a la que se entregan en sus primeros encuentros) el más doloroso de todos. Y el progresivo deterioro de su convivencia, la falta de respeto mutuo, la ira, la violencia que engendra la impotencia... no hace sino confirmarles aquello que desde un primer momento presienten: que no pueden vivir el uno sin el otro.

Este contraste entre la pareja experimentada y desencantada y la primeriza e ingenua -y sin embargo ya en crisis- que forman Fiona (Kristin Scott Thomas) y Nigel (un Hugh Grant por una vez excelente, aunque esta apreciación mía pueda ser fruto del enorme placer que me provocó verlo humillado repetidas veces a lo largo de la película) se hace más patente si cabe al juntar a esta desbocada troupe en el reducido espacio de un barco.

...y es así como un viaje de placer se convierte en una catarsis para todos: una pareja escenifica su ruptura y la otra... su defunción. No se engañen. La última es la realmente afortunada: ellos, al menos, se quisieron con locura una temporada. Y son los aromas profundos, los sabores intensos -como el que deja la hiel- los que perfuman las verdaderas pasiones.

¿Recuerdan haber tenido alguna?