| TESS (Tess, 1979) |
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Entre tinieblas«Los gozosos nueve meses que duraron el rodaje, seguidos por los dos años de calamidades, me dejaron tan desilusionado que nunca más querría volver a hacer otra película.» Roman Polanski, a propósito de Tess. Extraños prejuicios nos hacen pensar que ciertos autores no están capacitados para abordar determinadas temáticas (cuando si hay alguna cosa que asegura la autoría es la capacidad para sorprender las veces que sean necesarias a la crítica, siempre necesitada de adjetivos inequívocos y definiciones simplificadoras). Y lo que más acostumbra a dejarnos fuera de juego son las demostraciones de sensibilidad -que poco tiene que ver con rodar una ñoña y edulcorada película de amor, no confundamos- por parte de directores a los cuales presuponíamos otros intereses, aquellos a los que teníamos ya cómodamente encasillados en otros menesteres. Hagamos un sencillo pasatiempo. Si digo Clint Eastwood, algún desinformado todavía contestará "un duro". ¡Eps! Pero ahí están Primavera en otoño (Breezy, 1973) o Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995). Si escribo Lynch, David.... "ah, si, el tipo ese de atmósferas opresivas y películas ininteligibles". ¿Y dónde colocamos Una historia verdadera (The Straight Story, 1999)? La lista estaría plagada de sorpresas, de binomios en apariencia impensables: artesanos modestos que se desmarcan con inopinadas maravillas (Attenborough con su Tierras de penumbra (Shadowlands, 1993)), frecuentadores de barrios bajos y malas calles que toman un sorprendente atajo (Scorsese y La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1992)), desarraigados aficionados a rodar destripes a cámara lenta que convierten a Jason Robards en el más arrebatador de los fracasados (Peckimpah con La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1970)), o... sí, o Polanski y su Tess. He aquí un breve resumen argumental del propio director, para ir entrando en materia: «Tess d'Urberville es la historia de la inocencia traicionada en un mundo en el que la conducta humana está regida por las barreras de clase y los prejuicios sociales (...) Todos los males de la vida de Tess son el resultado de las pequeñas pero trascendentes coincidencias que conforman nuestro destino. Si no se hubiera producido el encuentro casual entre su padre borracho y el clérigo que le dice que por sus venas corre sangre aristocrática, la tragedia no hubiera ocurrido. Tess hubiera llevado la plácida existencia de una campesina de Dorset. Jamás hubiera conocido a Alec d'Urberville, jamás hubiera sido violada por este y jamás hubiera acabado en la horca».(1) Podría hablarles de la fantástica factura de la película, muy cerca -pictóricamente- de un Turner o de un Friedrich. O de una actriz -la Kinski- que nunca ha vuelto a brillar con tanta intensidad. Pero no, vamos a centrarnos en esta primera parte en aquello que se nos cuenta. ¡Y de qué manera! Porque Tess es una de las películas más genuinamente feministas que uno recuerda haber visto. El amargo retrato de una mujer prisionera de su tiempo, de unas convenciones sociales que dejan bien claro cuál es el papel en este mundo de un animal bello pero desclasado. Una sociedad dispuesta a malearla y putearla hasta lo indecible, lanzándola en brazos de un miserable que marca su sino arrebatándole la honra y arrojándole... un hijo. Frustrando su matrimonio con un hombre capaz de perdonarle todo... menos el ser mujer. Y convirtiéndola finalmente en la amante de un ser despreciable, asco infinito que concluirá en asesinato, legítima defensa y postrero acto en plena libertad de una desdichada abocada desde un principio a la tragedia. Ni la vuelta a destiempo del único hombre al que amó -atenazado por la culpa y la vergüenza- servirá para aminorar la terrible responsabilidad de una masculinidad victoriana e hipócrita, misógina y orgullosamente opresora. Cuando prenden por fin a nuestra heroína entre los druídicos vestigios de Stonehenge, epicentro telúrico de extrañas fuerzas que escapan a nuestra comprensión -como muchos de los comportamientos humanos que pueblan la pantalla-; cuando se despide en un atardecer infinitamente triste del único representante del sexo masculino que no se granjeó su desprecio, cuando la autoridad competente se lleva al cadalso a una mujer cuyo único pecado fue tratar de sobrevivir, cuando todo esto ocurre, digo, uno ya no está seguro de si Thomas Hardy nos cuenta cosas de hace siglo y medio o la crónica negra de un país como el nuestro, que ve morir cada año a casi un centenar de Tess... siempre a manos de quienes más dicen quererlas. Acerca del rodaje de Tess El rodaje de Tess, per se, fue una nueva odisea física y mental, padecida por un hombre demasiado acostumbrado al tormento y al éxtasis. Polanski llega a París en calidad de fugitivo de la justicia (2) y se encuentra en un lance harto apurado («examiné mi situación económica. Era desesperada»(3)). A grandes problemas, grandes remedios. Nuestro atribulado personaje se lanza en los brazos del director-productor-amigo Claude Berri (ay, «amistad y negocios: aceite y agua», como bien decía Michael Corleone), que acababa de adquirir los derechos franceses de Apocalypse Now (id., 1979). [Menudo olfato de productor... ¡Coppola y Polanski juntos en tu cartera de inversiones! Vamos, que al pobre hombre estaban a punto de crecerle todos los enanos a un tiempo]. Eso sí, quedaba bien claro que la acción de la película -aún adaptando algo tan inglés como Hardy- se localizaría íntegramente en Francia (por la conocida razón de que en Inglaterra podrían extraditarlo a los EEUU y no era cuestión de quedarse sin director a medio rodaje). Se lanzan pues a la compra de los derechos -resulta que del libro ya se había hecho una versión muda en 1924, ¡qué cosas!- y se ponen manos a la obra. ¡Y qué obra! «La única manera de transmitir el ritmo de la obra era utilizar el ambiente como parte integrante de la película, marcando el paso del tiempo y el cambio operado por las estaciones. Tras haber elegido los exteriores rurales, tendríamos que rodar a lo largo de todo el año, desde principios de primavera, pasando por la canícula, hasta llegar a los rigores invernales. Este plan de rodaje, tan insólitamente largo, se traduciría de manera inevitable en una película muy cara» (4). Pues si, Roman. Un poquito. Con sus 12 millones de dólares, Tess fue la película más cara jamás rodada en Francia. Los motivos para tamaño presupuesto: se trató de la primera película mezclada en Francia con el sonido dolby-stereo, reconstruyó Stonehenge en un campo situado a unos 80 km al norte de París (aunque el siempre defendió que esta solución era bastante más barata que trasladar todo el equipo de filmación a Inglaterra), etc, etc. Roman puso toda la carne en el asador. «Recorrí unos 30.000 km. en busca de exteriores adecuados para rodar» (5). Aunque lo más crudo estaba por llegar. Forzado por las fechas de estreno que iba marcando su "amigo" capitalista, «el montaje y la mezcla se convirtieron en una pesadilla. Estábamos trabajando contra reloj con cuatro salas de montaje funcionando simultáneamente y sin interrupción.» (6) Y total... ¿para qué? El productor -a estas alturas del cuento, ya no nos atrevemos a llamarlo amigo- decide que la película es demasiado larga. Hay que eliminar una hora. La crítica alemana (primer país donde se estrenó) tampoco fue muy benévola que digamos, echando más leña al fuego: «la película es válida tan sólo como documental acerca de la vida de una granja lechera del siglo XIX».(7) Ya que el descalabro parecía evidente, se decide eliminar 45 minutos para que al menos se pudiesen hacer cuatro pases diarios en lugar de tres (¡ah, el arte!). Polanski deja la labor de recortarla en manos de otros y se larga al Himalaya (no, no es broma). Y es que de este film corren más versiones que del asesinato de Kennedy. Una de 190 (la que hoy llamarían, pomposamente, el montaje del director), otra de 170, 150, 134... qué pena. Para discutir su distribución en EEUU a través de Zoetrope, la leyenda habla de un mano a mano Coppola-Polanski en plena sala de montaje, sugiriendo el primero cambios a mansalva y estando el segundo a punto de mandarlo... río arriba, con Kurtz. Al final Coppola no distribuyó la película (a pesar de la jugosa oferta de un millón de dólares... a cambio de "ciertos sacrificios", of course). A propósito, finalmente logró estrenarse en un par de cines norteamericanos. ¿Y saben qué? Fue nominada a 11 oscars... para quienes estas cosas importen. Se trató de la celebérrima concesión de premios de 1980. Digo celebérrima porque competían Martin Scorsese con Toro salvaje (Raging Bull, 1979), David Lynch con El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), Polanski con Tess... el oscar a la mejor película y mejor director fue para Gente corriente (Ordinary People, 1980) de Robert Redford, una película que con los años ha ido ganando, pero que sigue estando a cierta distancia de ese glorioso triplete de competidoras, donde un par (a elegir por el lector) eran claramente obras maestras. (1), (3), (4), (5), (6) y (7): "Roman
por Polanski", de Roman Polanski. Ed. Grijaldo. Capítulo 29. |