| EL BAILE DE LOS VAMPIROS (The Fearless Vampire Killers, 1967) |
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Los intrepidos matavampirosEsta película dirigida y protagonizada por Roman Polanski fue realizada para la sucursal británica de Metro-Goldwyn-Mayer, y fue, en su día, como indicaba su título original (The Fearless Vampire Killers or: Pardon Me, But Your Teeth Are in My Neck), una incursión cómica en el género de capa y colmillo que, por desgracia, hoy sólo provoca alguna que otra sonrisa en el espectador. El arranque de la acción tiene lugar en la consabida posada de Transilvania, espacio tópico del que huye en parte el director, plasmando el mundo de los aldeanos con tintes medievales, casi de fabliau, en lo que respecta al triángulo formado por el posadero, su esposa y la joven criada. El director introduce un tono de parodia y va mezclando con cierta fluidez narrativa lo grotesco con lo inquietante. El film está construido como una sucesión de gags (y esto es lo que tiene de propiamente "cómico" en su estructura); Polanski ha cuidado cada uno de ellos al detalle y, por otra parte, su mérito interpretativo queda a salvo en el papel de Alfred, un joven e inexperto ayudante de un avezado doctor en vampirismo (el profesor Abronsius, interpretado por Jack MacGowran). En todo el primer tercio del film, la comicidad surge de los puntos de contacto del mencionado triángulo de personajes de la posada con las maquinaciones de los protagonistas. Será el repentino enamoramiento del joven bobalicón interpretado por Polanski lo que haga progresar la intriga, de por sí bastante sosa; la desaparición de Sarah, su misterioso amor (Sharon Tate) introduce en esa atmósfera cerrada la presencia del vampiro, añadiendo a los habituales tintes eróticos y estetizantes el elemento cómico. La amenaza que se cierne sobre todos los personajes se cebará en el posadero, y el fracaso de los protagonistas llevará a nuevas persecuciones y asechanzas en el interior de la posada, y a la propagación de la "enfermedad". En esta situación comienza la aventura de los matavampiros, que se adentrarán en los dominios del conde Von Krolock (Ferdy Mayne), de un modo muy cotidiano (a diferencia de lo que sucede en otros muchos films), pero no por ello menos inquietante. El vampiro, en esta particular versión, convive con un hijo homosexual (Iain Quarrier) que parece muy interesado en el personaje de Polanski; la compañía de ambos pronto se revelará muy nutrida: toda una vampírica corte dieciochesca, con concierto de clavecín incluido, a cargo del hijo del vampiro. El esbirro de Drácula se habrá perfilado ya a estas alturas de la trama como un elemento brutal del terror, personificación de los instintos. Los contratiempos de los dos protagonistas en la ejecución de su plan da lugar a una sucesión de gags basados en el ridículo desamparo de los dos personajes, alternativamente, que irá in crescendo, aunque sin llegar nunca a provocar la carcajada: el profesor, atrapado en una de las ventanas de la cripta, dará instrucciones a su discípulo, que tiene problemas con los ataúdes a la hora de realizar su tarea; Alfred, en su primera incursión dentro del castillo, en pleno sueño de los vampiros, se encontrará con su amada, cuyo sex-appeal le hará olvidar por completo a su viejo profesor. La defensa desesperada que los dos personajes hacen de su integridad les llevará a cañonear el castillo y a presenciar una apoteosis de los vampiros de la que - gracias a su ingenio - resultarán vencedores. Habrán logrado defender su integridad de humanos, aunque quizá no por mucho tiempo... |