2001: UNA ODISEA DEL ESPACIO (2001: A Space Odyssey, 1968)  
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Sumario
Jose Luis Hurtado
Cartel del film
Miradas de Cine © 2002-2003

Júpiter y más allá del infinito

La obra más emblemática de la ciencia-ficción cinematográfica, la más indicutible obra maestra de Kubrick, el llamado “VIAJE” por excelencia, partía de un relato corto de Arthur C. Clarke, titulado “El centinela” en el que los hombres al llegar a La Luna, descubrían un prismático monolito que al ser desenterrado, enviaba una señal de radio a una cultura lejana y superior, para avisarles de que el hombre ya había llegado a un determinado nivel de evolución.

En el relato final escrito por Kubrick y Clarke para la película (guión luego novelizado por el propio Clarke), este centinela, era sin embargo un eslabón intermedio de una estructura mucho mayor y compleja que la ideada por Clarke en un primer instante (completada después cinematográfica y literariamente con una y dos secuelas respectivamente, de las que lo mejor que se puede decir es que no superaban el original, por muchos años luz de distancia).

En 1968, se estrenaba 2001: Una odisea en el espacio y desde luego supuso una conmoción a todos los niveles. Los efectos especiales de la película, completamente novedosos (único Oscar otorgado al film), asombraron a profesionales y público (se cuenta que el Oscar para maquillaje fue a parar a El planeta de los simios -The Planet of the Apes, 1968. Franklin J. Schaffner- porque muchos académicos pensaron que Kubrick había utilizado monos de verdad en el comienzo del film), y el hecho es que una nueva generación de directores como Spielberg o Lucas, tras ver el film, se sintieron animados a contar sus propias historias galácticas, como muchas veces han confesado.

Pero 2001, era algo más que un film de ciencia-ficción, germen del new-age, abierta a múltiples interpretaciones y candentes polémicas (no creo que haya nadie que haya conseguido explicarla completamente, gracias a Dios, y si lo ha hecho, esto ha sido siempre tan discutible como cualquier otra opinión).

En el momento del estreno, sin embargo fue un film profundamente rechazado por el público en general, que animado por el hito técnico y las críticas, acudió en razonable mayoría a las salas. Hasta entonces en una sala de cine convencional (acudo a los recuerdos de mi propia familia en este caso) no se habían escuchado tantos silbidos y pateos al final de las proyecciones de un mismo film. El ritmo lento de la narración, exasperante para muchos, y el carácter casi hermético de la historia, cabreó sobremanera al personal, que ante la impotencia, arremetieron violentamente (y siguen arremetiendo) contra el film. El final, seco, abstracto hasta el infinito, (sin nada que envidiar a los exasperantes finales de los Dardenne) para el público en general, era la gota que colmaba el vaso del desconcierto (una década después, Lucas rellenaría ese descontento permitiendo a la gente soñar de forma sencilla y comprensible en un marco similar, sustituyendo la reflexión por la evasión).

A las personas que desde un principio la película les fascinó (y no es necesario tener que comprender este film para apreciarlo, como alguna vez ha señalado Miguel Marías, basta con dejarse llevar), la película supuso una apertura de conciencia. Por primera vez el cine, al margen de religión y ciencia, formulaba las preguntas fundamentales de la existencia del hombre, y más todavía, espoleaba con sus imágenes a las personas que tenían esas mismas inquietudes, promoviendo una reflexión interior rica y siempre abierta. ¿De donde venía y adonde iba el hombre? El film, cuestionaba, pero no respondía de forma unívoca. Así pues, a raiz de la película, surgieron un sinfín de explicaciones, que aún hoy continuan. El debate estaba abierto. ¿Era el monolito una figuración de un Dios omnipotente y creador, estimulador de la inteligencia del hombre y creador de vida en cualquier Luna de Júpiter? ¿Era 2001, un relato de la evolución del hombre basada en una cultura de la violencia, como luego Kubrick seguiría narrando en su siguiente film? ¿Estábamos ante una revelación cuasi masónica sobre la existencia de inteligencias superiores? ¿o ante un negro relato que contraponía y ponía en tela de juicio las relaciones entre inteligencia natural y artificial? Todo quedaba respondido y sin responder, y como es lógico Kubrick, se negó a aseverar o cerrar su obra con algún comentario explicativo (y las explicaciones de Clarke en las secuelas, no han hecho sino empobrecer el fenómeno 2001).

Rodada en Inglaterra y en el mítico Monumental Valley, rodeada de controversia en toda su gestación, e incluso en la postproducción, cuando Kubrick decidió eliminar la banda sonora de Alex North al completo y sustituirla por piezas de György Ligetti y los Strauss, 2001, es por supuesto mucho más que un film, en el que sus maquetas pueden envejecer, pero no sus interrogantes.

El film arranca con un capítulo titulado “El amanecer del hombre”, en el que se narra el despertar de la conciencia e inteligencia en el hombre, irremediablemente unida a la violencia. Es el paso del primate al humano, auspiciado por un elemento ajeno, un prisma rectangular metálico de 3 o 4 metros de altura, metálico, perfectamente pulimentado y regular, liso, que en una determinada alineación de planetas, estimula el paso de los seres a un siguiente estadio de la evolución.

Al término de ese capítulo, se produce la que creo yo que es la elipsis más importante y apasionante de la historia del cine y uno de los momentos más mágicos vividos alguna vez delante de una pantalla. Kubrick salta miles de años en la historia de la humanidad (que crítica tan feroz, ya que al hacer la elipsis de un estadio de la evolución a otro, deja entrever que el hombre en tantos años de existencia no se ha movido un ápice de la imagen de los primeros hombres-mono luchando por un charco de agua en el desierto) y convierte un hueso arrojado al aire, en una nave espacial flotando en el espacio. Es en ese momento donde la magia del cine se hace más patente, porque entre distintos artefactos espaciales, que nos muestran ese falso progreso del hombre, se escucha suavemente “El Danubio azul” de Strauss.

Este segundo capítulo, el menos hermético de todos, nos muestra el descubrimiento de ese centinela de Clarke en La Luna, esos deslumbrantes avances tecnológicos que incluten un Hilton aerospacial, videoconferencia o transbordadores de la PanAm para turismo (recordemos que en el estreno del film, no se había alunizado aún) y parte de la lucha y secretismo de primates de los gobiernos. El capítulo acaba con la señal de radio que el monolito centinela enterrado en la Luna, manda una señal de radio a Júpiter.

Más de 18 meses después, la película marca otra elipsis, estamos en una expedición a Júpiter, en una nave llamada Discovery, con apenas dos tripulantes (el resto de la tripulación permanece hibernada) y un computador de última generación (el más famoso de la historia del cine), llamado HAL.

Lo primero, que llama la atención de este singular trio, es que los tripulantes humanos, frios y secos, sin apenas emociones, parecen mucho más automatizados y mecanizados que un computador repleto de emociones y orgullo profesional; (a este efecto, cabe destacar como es recibida la felicitación de cumpleaños de sus padres por el copiloto, o la conversación de HAL y Dave, en el que HAL intenta averiguar lo que sus compañeros saben sobre la misión).

Dave trata con cierto afecto y respeto a HAL, como a un compañero más, pero desde el principio se percibe la tensión y desconfianza entre máquina y humanos.

Esto se verá acrecentado cuando la máquina localize un fallo en el sistema de comunicación (en realidad una predicción preprogramada por los directores de la misión, que buscan aislar al Discovery del contacto con La Tierra, en pos del secretismo más absoluto en los posibles hallazgos y que colocan en una posición incómoda a HAL frente a sus compañeros, ya que sólo este conoce la naturaleza auténtica de la misión).

La duda que esa falsa predicción de un fallo inexistente crea en piloto y copiloto hacia su cibernético compañero, tendrá funestas consecuencias. HAL no sacrificará la misión y tomará las medidas necesarias para la pervivencia de la misma.

En el final de este segmento del film, la muerte de HAL, se me antoja como una de las más crueles y dolorosas de las filmadas en pantalla. Descubrimos a un hombre-máquina y a una máquina humana, que tiene miedo a la muerte, que trata de retrasar su final; es un asesinato a cámara lenta, frío y despiadado, de un inocente, al que las contradicciones humanas le han hecho víctima. La canción “Daisy”, es el canto de cisne de un ser humano traicionado por sus creadores, programado de forma contradictoria, sin tener en cuenta sus sentimientos (estamos ante el avance de A.I. Inteligencia artificial -A.I., 2001- el film que años después rodará Spielberg bajo la inspiración de Kubrick).

Tras ese momento, Dave, abandona la nave, ha llegado a Júpiter y ha conocido la verdad de la misión, se ha quedado sólo, frente a un monolito gigantesco pero similar a los vistos durante toda la película, que flota frente a Europa, una de las lunas de Júpiter.

En una de las cápsulas de salvamento, atraviesa el campo magnético (posiblemente puerta estelar) de ese nuevo monolito y entra en una especie de agujero de gusano, que le permite a Kubrick realizar un completo experimento de imágenes psicodélicas por ordenador de raras geometrías y geografías (objeto de culto por la cultura de la droga en los 70) que se van alternando con imágenes de la propia muerte física de Dave, y un nuevo despertar de conciencia dado por los planos de detalle de uno de sus ojos.

Estamos más allá del infinito, en un nuevo estadio, y es en ese punto cuando Dave aparece en un mundo intermedio que ha hecho correr ríos de tinta sobre el film, por ser su parte más críptica.

Una habitación de estilo Luis XV, iluminada por las baldosas del suelo, cerrada completamente. En ella, el tripulante, que se supone ya muerto, va recorriendo distintos aspectos de su decrepitud física, cambiando progresiva y de forma seriada el punto de vista, esperando quizás pasar a otro estado, a otro lugar, a otra forma de vida.

En el momento final de este estadio, aparece de nuevo el monolito. Es un nuevo paso en la evolución del ser humano, un despertar de conciencia nuevo, un salto hacia una nueva existencia para la humanidad.

Para algunos, la creación de un nuevo ser, de una inteligencia superior a la que el hombre por fin ha accedido, el paso definitivo o uno más.

Para mí, sin embargo es un eterno retorno, (no necesariamente nietzscheniano) a La Tierra. El ser, cumplimentado su ciclo vital, esperando en un lugar intemporal su próxima encarnación en La Tierra, definitivamente, emprende el viaje de regreso, dispuesto a nacer de nuevo una y otra vez. Dispuesto a continuar quizás su particular rueda de reencarnaciones . Por lo tanto, la imagen final de ese feto aproximándose al planeta Tierra, es desde mi punto de vista y creencias, no el nacimiento de un nuevo ser, sino el retorno a ésta, nuestra prisión material, tiempo y lugar del aprendizaje para el alma humana en un ciclo casi sin final.

Y he ahí la grandeza de 2001, y he ahí la genialidad espiritual de Kubrick, ya que en su film nos entrega los elementos para que cualquier persona de cualquier creencia metafísica, religiosa o moral, pueda componer con sus elementos una propia respuesta a las preguntas fundamentales del hombre.

Y todas las respuestas son válidas, y ninguna es mejor o mas definitva que otra, porque las obras de arte verdaderamente grandes, siempre son abiertas, y siempre trascienden a si mismas.

En este sentido, 2001, supera su condición de film, como muy pocas películas o ninguna han hecho en la historia del cine. Es un viaje, que no sólo acaba en Júpiter o con su proyección, sino mucho más allá, y por tiempo indefinido.

* A mi madre, por tantas y tantas tardes, por tantas y tantas proyecciones, y charlas, y reflexiones compartidas, sobre esta película, sobre Kubrick, sobre el mundo, sobre la vida…