| LA CHAQUETA METÁLICA (Full Metal Jacket, 1987) |
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Reclutas de corta duraciónKubrick preparaba muchas películas mediante el método de los episodios estancos, es decir, dos unidades insumergibles que funcionan de manera autónoma aunque enlazadas argumentalmente por algún punto en común. Aquí ese punto en común tiene la cara de Mathew Modine y el sobrenombre de Bufón, un recluta leído y que piensa de manera crítica a pesar de la situación en la que se encuentra. Él, como dice en una parte del filme, ha venido a conocer unos hermosos parajes y a la gente de una cultura milenaria.....y asesinarlos. Ser el primer chaval de su barrio con un muerto certificado. O algo así. Y primero tiene que prepararse. Veamos. In the navy: Preparación para la acción. Isla de Parris, 1968 La animalización comienza. Suena Hello, Vietnam de Johnny Wright al mismo tiempo que una mano provista de maquinilla va rasurando los cráneos de un buen número de jóvenes. Así se les iguala, mientras se les desprenden de rasgos distintivos mediante la supresión de algo tan característico como la cabellera o la falta de ésta de cada cual. Hola, Vietnam, los que van a sufrir se rasuran. El sargento Hartman no es su amigo, sino la luz, la guía que con todo, menos cariño, les irá mostrando la tortuosa senda de la realización personal en tiempos de la cólera. Semos maquinas de matar, mi superió. Pues eso. ¿De dónde eres pichafloja? ¿De Móstoles? En Móstoles sólo hay dos cosas....... Y ciertamente ésta es la parte, el compartimento estanco, la unidad insumergible, preferida por todo el mundo porque tanta brutalidad elevada a la máxima potencia verborreica y expositiva tiene su gracia por lo excesivo de sus postulados y por lo altisonante de sus conclusiones inapelables. El actor elegido para llevar a cabo ese papel, John Colaceri, acabo disparando desde el helicóptero cuando Kubrick comprobó que R. Lee Ermey, antiguo sargento de los marines y aparecido ya en Apocalypse Now (Idem, 1979. Francis Ford Coppola) era capaz de llevarse quince minutos insultando sin parar y sin repetir ninguno de los epítetos, para nada épicos, utilizados en su cometido...... mientras que uno de los ayudantes de Kubrick le lanzaba ininterrumpidamente naranjas y pelotas de tenis. Perlas y más perlas de las que hacen las delicias de insultadores profesionales o amateurs van saliendo por su boca como el aire sale de su nariz: Los aficionados a esta noble disciplina, que son muchos y están en todas partes, tienen a esta película en su supuesto podium del improperio junto a El sargento de hierro (Heartbreak Ridge, Clint Eastwood 1986) y a El último boy-scout (The Last Boy Scout, Tony Scott, 1991). Son frases muy parecidas a las que dice tu madre mientras me la..... Ejem Las secuencias son pequeños compartimentos estancos a su vez, sin apenas diálogos, bien delimitadas en el montaje y unidas muchas por la voz de Ermey monologando, insultando o haciendo de solista de horribles canciones militares de procedencia real. A recordar los paseos en los barracones con una steadicam que parece temer también a las iras y las palabras de ese prohombre de la patria norteamericana. El rebaño a animalizar en un principio es variopinto y Hartman los va renombrando según su procedencia, aspecto o actitud: Copo de nieve, Cowboy, Bufón o Recluta Patoso (Gomer Pyle en la versión original, famoso personaje de la televisión norteamericana de torpeza incurable). Pero la acción se sostendrá sobre todo en estos 2 últimos en su relación entre ellos y con el sargento de acero. Bufón es nombrado responsable de todo el grupo porque según el sargento «es idiota pero tiene los cojones bien puestos y con eso basta» (1) y le obliga a que tenga más dedicación con Patoso. Éste empieza a mejorar en las pruebas físicas pero una noche Hartman descubre un donut relleno en su taquilla y cambia su política de castigos. Ya no lo sufrirá el torpe recluta sino el resto de compañeros. Esto hace que una noche estos le inflingan un castigo golpeándolo con las pastillas de jabón metidas en los calcetines a imitación de una honda. Contra todo pronóstico Bufón es el que le golpea con más saña. Esto hace que Patoso comience a dar signos de locura como cuando comienza a hablarle al fusil y a rezarle las entre ridículas y surrealistas oraciones que el sargento Hartman les ha enseñado. Se convierte en uno de los mejores tiradores y acaba matando en los servicios al sargento y disparándose posteriormente en la boca. Se ha completado el ciclo. El hombre ya es animal y ha sido ejemplificado en Patoso, con su cara de bebé inocente, con la torpeza natural de un bebé, con las carencias emocionales de un bebé, con la capacidad de succión de un bebé. El niño mata al padre tal como él le había enseñado que tenía que hacer. El círculo se cierra y así la primera parte In the Army now: Cuando fuimos soldados. Tet, 1968 «Cada amarillo lleva dentro a un americano que quiere salir» (un teniente a Bufón). Bufón se dedica al periodismo y vemos como su superior le da lecciones sobre manipulación que podría firmar cualquier director de cualquiera de los periódicos más vendidos de España. «Si trasladamos a los vietnamitas son evacuados, si acuden a nosotros son refugiados». Toda una lección de ética, sí señor. El guionista Michael Herr (2) sabía bien lo que el genio quería sacar del libro de Gustav Hasford y en este segundo compartimento estanco reflejó el ambiente de mentira que reinaba en el Vietnam. La primera parte había conseguido anular el sentido crítico de los reclutas no sólo el de los aparecidos en la primera parte sino de todos los que vienen de otros centros distintos al de la Isla de Parris lo que deja bien a las claras que Hartman no era un caso aparte a la hora de educar (de deseducar, más bien) a sus pupilos, que los métodos para convertirlos en maquinas de matar no eran privativos del aniquilado hijoputa. Madre animal (Adam Baldwin) es un ejemplo significativo de esto. Esta segunda parte es la que habitualmente ha tenido menos consideración por todo el mundo y es que realmente a pesar de que Kubrick se empeñe es mucho más convencional en todos los aspectos tanto extra como cinematográficos. Además ese intento de autoría forzada que estropea el ritmo y que sólo aporta aparentes frases reveladoras de la vida, la guerra, la muerte y la paz están un poco de más en mi modesto parecer. Me refiero por ejemplo a las entrevistas para la televisión lo que acaba humanizando e individualizando lo que en un primer momento debía ser deshumanización y unificación en un rostro sin nombre y sin pelo. Los soldados de Kubrick acaban convirtiéndose en unos soldados representativos y que salen por la tele. También está de más el plano circular (igual que no lo está y es acertado y preciso en la escena de la francotiradora) con sentencias de cada uno de los implicados que los igualan a grandes pensadores (3). Sin despreciar a los militares, pero sin apreciarlos tampoco lo más mínimo, no creo que se destaquen precisamente por su capacidad de discurrir. Estéticamente esta segunda parte nos deja imágenes para el recuerdo como la de Madre Animal avanzando hacia el edificio y disparando enloquecidamente al edificio donde se encuentra la francotiradora, rodada de manera vertiginosa por una steadicam que dio verdaderos quebraderos de cabeza debido a lo pedregoso del terreno y a la velocidad de Adam Baldwin. La muerte de Cowboy o la cara de la francotiradora rezando y pidiendo la muerte que finalmente le concede Bufón (4) también merecen un lugar en el museo del cine bélico. El tema de esta segunda parte pasaría a ser el mantenimiento de la mentira fraguada en la primera, como desde las altas instancias se mantiene la farsa que los soldados a pesar de enfrentarse cara a cara con la realidad no pueden / no deben concebir. Solo Bufón parece darse cuenta bajo esa mirada entre el sarcasmo y el cinismo que las cosas no son tal y como se las están contando. Gustav Hasford escribió una continuación (The Phantom Blooper) en la que Bufón después de muchas penalidades cambiaba de bando y acababa como oficial de los Viet Cong. Tras la muerte de Cowboy es el personaje de Mathew Modine quien asume el mando (otro ciclo que se completa) llevando a “sus” hombres a otro objetivo donde a buen seguro estarán ante el teleobjetivo de otro/a francontirador/a. Por el camino van cantando La Marcha de Mickey Mouse lo que muestra que a veces Stanley Kubrick no era un dechado de sutilidad. Luego sí lo es cuando salen los títulos de créditos y suenan los Rolling. Desde el Hola a Vietnam al Píntalo de negro de Jagger y los suyos. Otro ciclo que se cierra. Y de manera inmejorable, apunto (decir que prefiero la versión de Eric Burdon y The Animals podría hacer que se me tachara de sibarita y no creo que mi familia esté preparada para asumir eso). (1) Vaya declaración de intenciones |