| SENDEROS DE GLORIA (Paths of Glory, 1957) |
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Media tonelada de razones para no ir a la próxima guerra«Los senderos de gloria no conducen más que a la tumba» Thomas Gray. Primera de las contiendas mundiales. Guerra de trincheras. Cien metros, quinientos metros a costa de centenares de vidas. Una nueva posición que debe de ser tomada, entendida como vital por alguien del alto mando: la colina de las hormigas. El conflicto está planteado. Y no, no será la consabida batalla entre el bien y el mal; tan solo se trata de una excusa como otra cualquiera para que Stanley ruede un nuevo drama cínico, marca de la casa. Cuando Kubrick y su por aquel entonces inseparable aliado James B. Harris en labores de producción se embarcaron en esta película ya no eran unos desconocidos. Atraco perfecto (The Killing, 1956) constituyó el despegar definitivo, la carta de presentación de un tipo del Bronx con mirada traviesa y que jugaba muy bien al ajedrez. Y es que Senderos de gloria comenzaban a ser palabras mayores. Para empezar, iba a estar interpretada por una figura de primera línea: Kirk Douglas. Contaría, eso sí, con un ajustadísimo presupuesto de 900.000 dólares, de los cuales una tercera parte correspondían a los honorarios del señor Douglas como protagonista (1). ¿Era eso lo que ansiaba el joven talentoso que había iniciado su odisea audiovisual haciendo fotos para Look? ¿La fama para poder codearse con el star-system? No. Simplemente necesitaba de un productor ejecutivo con las cuentas saneadas. Y esa era una de las principales aspiraciones de Douglas -granjearse un cierto renombre en el campo de la producción, incluyendo injerencias en labores creativas ajenas-, como dolorosamente podría comprobar Kubrick en sus carnes durante el rodaje de Espartaco (Spartacus, 1960). En fin, no adelantemos acontecimientos. Por aquel entonces todavía se llevaban bien, a pesar del famoso aserto que Douglas siempre suelta referido a Kubrick: «(...) no es necesario ser una buena persona para tener un gran talento. Puedes ser una mierda y tener talento; inversamente, puedes ser la mejor persona del mundo y no tener ninguno. Stanley Kubrick es una mierda con talento» (2). Hacer películas que dejan al ejército de vuelta y media nunca ha sido sencillo. Esta no iba a ser una excepción: el horno no estaba para bollos en plena guerra de Corea. ¿A quién podía interesarle “Paths of Glory”, un libro escrito en 1935 por Humphrey Cobb y que relataba sus experiencias como combatiente durante la primera guerra mundial? (Ahora que lo pienso: ¿cuando ha estado el horno para bollos en los EEUU? ¿Se imaginan a día de hoy una película producida por las majors y que fuese crítica con la intervención en Afganistán? Sí, lo sé. Deliro.) Pero no miremos la paja en el ojo ajeno. Recuérdese que Senderos de gloria no se pudo estrenar en salas comerciales de nuestro dichoso país hasta casi 30 años después de su realización (1986). No le fue mucho mejor en otros lugares supuestamente exentos de censura: a los franceses no les entusiasmó precisamente la imagen que proyectaba sobre los mandos de su ejército y no pararon hasta conseguir que en los títulos de crédito se colase La Marsellesa, poniendo así a buen recaudo el honor patrio (¿¿??) (3). Aunque debido a presiones del gobierno francés la United Artists no presentó la película ante la Comisión de Control hasta... 1972. Libertad, igualdad... ¿fraterniqué? En cualquier caso, no cabe duda de que estamos ante una de las películas más rabiosamente antimilitaristas de la historia del cine, junto a Sin novedad en el frente (All quite on the Western Front, 1930. Lewis Milestone), La gran ilusión (La grande illusion, 1937. Jean Renoir), La roja insignia del valor (The Red Badge of Courage, 1951. John Huston), El puente sobre el rio Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957. David Lean) o Johny cogió su fusil (Johny Got His Gun, 1971. Dalton trumbo). El visionado conjunto y seguido de todas estas películas convertirían a Charlon Heston y Le Pen en convencidos objetores de conciencia. ¡Fijo! Hay pocas películas que den tanto gusto contar como la que nos ocupa. Si, porque sus 85 minutos de duración son un inmenso mecano articulado aquí y allá con una perfección cuasi matemática: todo fluye, una acción conduce inevitablemente a otra. Nada sobra. Ningún personaje está de más. (Y eso que concebir guiones nunca fue el punto fuerte de Stanley... aunque si atendemos a la versión de Douglas él fue el que salvaguardó la idea original hasta el final). Tras un rótulo que nos sitúa en el momento por el que atraviesa la contienda mundial (1916), nos encontramos en una espaciosa sala versallesca, lujosa hasta rozar lo pornográfico. Dos capitostes del ejército (los generales Broulard y Mireau) acuerdan una nueva sangría, una locura que -¡cómo no!- deberán de ensayar sus subordinados. Se habla de muertos en forma de impersonales tantos por ciento, se sonríe, se aprovecha para hacer un poco de vida social... asistimos a una grotesca danza de la muerte orquestada desde el propio Estado y en contra de sus propios súbditos. El cebo de un ascenso es suficiente para que un general pase del “¡imposible!” al “se puede hacer... ¡por qué no!” Al frente de la división mártir 701 se encuentra el coronel Dax. El pobre hombre todavía no sabe la que le viene encima, aunque algo se barrunta al ver plantarse a su inmediato superior en primera línea -inolvidable el paseo del general por las trincheras, “levantando” la moral de la tropa- con la boca llena de halagos, demagogia y patriotismo: «Naturalmente, tendrán que morir muchos (...). Es un precio terrible, pero toda Francia depende de usted». Ello da pie a una de las réplicas más famosas del cine comprometido: «No soy un toro, mi general. No me ponga delante la bandera de Francia para que embista (...) El patriotismo es el último refugio de los canallas». Queda claro que el mando va a encontrarse con un obstáculo en su camino: una persona con principios. Persona que, a pesar de todo, es bien consciente del rol que le toca interpretar en la farsa: acepta la misión -¿qué otra cosa puede hacer?- aunque no pierde ocasión de hacerle ver a su superior lo descabellado de la misma. El ataque, efectivamente, es un fracaso. El fuego de cobertura de la artillería se revela del todo insuficiente, el avance se encuentra con una oposición insalvable. Los soldados franceses -los que sobreviven al fuego de las ametralladoras enemigas- reculan, tras un avance u oda al travelling que marcaría a gente tan dispar como Martin Scorsese (4). La impotencia y la rabia ciegan hasta tal punto al contrariado general que ordena a su propia artillería bombardear a la soldadesca, a todas luces “cobardes, ¡un insulto para Francia!”. El artillero se niega in estremis a ejecutar la orden. Concluida la intentona, el general no ceja en su empeño de desviar las responsabilidades por el fracaso de la operación hacia la anónima carne de cañón, hacia los desgraciados que no tuvieron “suficiente ardor guerrero ni ánimo combativo”. Se convoca un consejo de guerra. Tres hombres -elegidos aleatoriamente de entre la tropa, uno por cada compañía- son acusados de cobardía. Se enfrentan a un castigo ejemplar: la pena de muerte. El juicio sumarial al que son sometidos es una lección de puesta en escena, de sobriedad y economía de medios (cosa que siempre he echado algo en falta en los últimos 30 años de carrera del Kubrick más megalómano). La claridad entra por los ventanales, incidiendo lateralmente sobre un salón con algo de Catedral: la luz cae sobre los rostros de los acusados, que se ven impelidos a bajar la cabeza, a parpadear numerosas veces, a parecer más miserables que lo que en realidad son. La luz -acostumbrada metáfora de la verdad- se troca en elemento hostil, de ceguera, casi de tortura. La suerte está echada. Como era de esperar, los tres soldados serán fusilados al día siguiente, al alba. De poco ha servido la endeblez de los argumentos judiciales sobre los que se sustentaban las ridículas acusaciones que pesaban sobre ellos: el juicio ha sido un montaje bastante basto, una muestra más de autarquía y sinrazón. Nada podrá salvarlos... ¿o quizás sí? Dejo en el recuerdo del espectador el postrero giro que toma la historia, guinda final que proporciona a la tarta su condición de magistral. Porque hasta la mayor de las mezquindades puede superarse a sí misma bajo las condiciones adecuadas. Kubrick -sobre el que pesa el sambenito de director frío y poco dotado para transmitir emociones- se las compone para filmar uno de los finales más genuinamente tristes y emotivos de la historia del cine. ¿Exagero? A la altura del mejor Chaplin, repito. Haz memoria, da igual las veces que lo hayas visto: una prisionera alemana -y futura tercera mujer de Kubrick, por cierto- aparece sobre el escenario y comienza a cantar con apenas un hilo de voz una tonada cualquiera. Los soldados franceses no están por la labor de escucharla: se oyen improperios, comentarios soeces, piropos subidos de tono... una sinfonía grotesca de animalismo viril, transformación que la guerra a operado sobre unos hombres que llevan demasiado tiempo lejos de cualquier vestigio de humanidad. ¿Están ya definitivamente perdidos, irredimibles, enfangados por esa barbarie taimada que los ha reducido a meros cuadrúpedos? Parece que... sí, poco a poco... se va haciendo el silencio. Todos terminan por callar, quedando la multitud expectante ante la desgarradora voz del enemigo; un enemigo igual de vapuleado, desolado y derrotado que ellos. Uno tras otro, lentamente, se van uniendo a un himno que sólo aciertan a tararear, a una cantinela melancólica que por unos instantes parece llevarles de vuelta a casa. [¡Eso ES POESÍA, joer! Y recomendaría a quienes no se hayan emocionado alguna vez viendo esa escena acudan inmediatamente al médico de cabecera. Están pero que muy graves.] El mayor Dax ha observado toda la escena desde el exterior. Tiene nuevas órdenes: sus hombres deben de volver a entrar en acción, incorporándose de inmediato al frente. Esboza un amago de sonrisa y les deja disfrutar un rato más de ese reencuentro con el dolor, con las lágrimas, con los recuerdos... con la vida. Senderos de gloria es una obra maestra porque cumple las funciones principales de toda obra maestra: reporta un genuino disfrute estético, provoca indignación y favorece la reflexión. Esas eran las reglas del juego de Kubrick. ¡Cómo te echamos de menos, loco! (1), (2) “Stanley Kubrick” de Esteve Riambau.
Editorial Cátedra. |