| AL LÍMITE (Bringing Out the Dead, 1999) |
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Ambulance DriverAún no encuentro una razón de peso que justifique el horrendo cambio de título que ha sufrido la película en su traducción española del original: Bringing out the Dead (Sacando fuera a los muertos), mucho más acorde con el tema de la película y con todo los detalles que se nos muestran a través de su proyección; pero vistas las grandes “obras de arte” en cuanto a la traducción de títulos se refiere en España (Y no me voy a extender en este sentido, pero hay que recordar el mítico: Qué ocurrió entre tu padre y mi madre de Billy Wilder del original Avanti!) ya no sorprende en absoluto. Tras esta aclaración, hay que dejar claro que la película que nos ocupa supuso un punto de inflexión en la carrera de Scorsese. Tras haber realizado su propio viaje espiritual hacia la cultura del budismo en Kundun (Kundun, 1997) y su documental Il mio viaggio in Italia (1999), del mismo año y que en la pasada edición de Cannes algunos afortunados tuvieron la oportunidad de ver algunas imágenes, y justo antes de embarcarse en el que sería según sus palabras el proyecto de su vida y que por fin tras más de dos años de espera podemos disfrutar ahora en nuestras pantallas, decidió embarcarse en un proyecto a priori más modesto que le permitiera exorcizar todos sus demonios personales y sus inquietudes como cineasta del mismo modo que lo hace Frank Pierce, el protagonista de su película. Para ello, Scorsese, volvió a contar con la colaboración de Paul Schrader para que escribiera el guión. El tándem Scorsese-Schrader ya había creado algunas de las películas que se convertirían además de obras maestras y patrones cinematográficos, en iconos culturales de la sociedad americana en particular como Taxi Driver (Taxi Driver, 1976) y Toro Salvaje (Raging Bull, 1980) caracterizándose por la psicología de un personaje que se erige en un ser atormentado que recorre su particular descenso a los infiernos, y que debe aceptar su situación para intentar formar parte de una sociedad en la que no solamente se siente fuera de lugar, sino que realmente lo está llegando incluso a preguntarse su verdadero destino y rebelándose contra éste, como el torturado personaje de Cristo de La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988). Para esta nueva colaboración, Schrader adapta la novela del mismo título (El original por supuesto) de Joe Conelly donde relata el particular descenso a los infiernos de un conductor de ambulancias de la ciudad de Nueva York durante tres noches en las que vive obsesionado por salvar vidas mientras se va destruyendo a si mismo. En este terreno es donde Scorsese se muestra como pez en el agua ya que se siente totalmente libre y cómodo para exponer toda la temática y obsesiones que han acompañado toda su obra desde la década de los 70. Así pues, durante la película, no dejan de asomar los personajes torturados, la simbología religiosa, la imagen de la familia viniendo a ser no ya un “remake” de Taxi Driver ni mucho menos, sino una variación de la misma cambiando un taxi por una ambulancia y adquiriendo un tono y una filosofía mucho más fatalista, supongo que dada por los años de la experiencia de Scorsese y Schrader que hacen esta película mucho más cruda y más dura que la anteriormente citada. No dejan concesiones a la salvación posible y solamente nos transmite una sensación última de vacío absoluto donde la esperanza se evapora como las vidas que Frank no consigue salvar. Toda esperanza se pierde en cada una de las víctimas que mueren en una ciudad fantasmal, tétrica, casi gótica. Scorsese ya nos advierte de ello al principio. Nos introduce aclarando que la película transcurre en la ciudad de Nueva York a principios de los 90, pero no la sitúa, no la ubica al igual que su protagonista, mostrando a la ciudad como un lugar de depravación y pecado donde todas las almas que deambulan por allí están condenadas sin remisión alguna. Son espectros, muertos vivientes que bien podrían pertenecer a cualquier ciudad de cualquier país puesto que en todo el planeta más o menos se viven las mismas circunstancias. Scorsese sabe captar perfectamente ese ambiente filmando gran parte del metraje mediante el uso de la steady-cam haciendo al espectador un espectro más que asiste al espectáculo guiñolesco del que es testigo (demostrando que es uno de los directores que mejor sabe utilizar la steady-cam como ya lo hizo en Uno de los nuestros -Goodfellas, 1990-). La película gira en torno a una gran paradoja, y es que mientras el protagonista vive obsesionado en salvar vidas y es continuamente atormentado por el recuerdo de Rose, una paciente a la que no pudo salvar la vida, y que representa la personificación de todas las víctimas que murieron sin que él pudiera evitarlo; él irá destruyéndose poco a poco perdiendo la esperanza de una posible luz que le ayude a encontrar algo en lo que creer. El personaje que interpreta Nicolas Cage es un personaje torturado, obsesionado, un perdedor nato en la mejor tradición de los personajes “Scorsesianos” como el Travis de Taxi Driver o el Rupert Pumpkin de El rey de la comedia (The King of Comedy, 1983) que se halla en un pozo sin fondo degradándose paulatinamente del mismo modo que lo hacen las víctimas a las que intenta salvar. En eso no se diferencia mucho de cualquier alma que al igual que él vaga por la ciudad sin pena ni gloria. No dudará en beber o drogarse para intentar evadirse de la realidad que le oprime y ahoga y de la que al mismo tiempo se siente vinculado y de la que no puede desprenderse al ser él mismo uno más de ellos. Creerá encontrar en la figura de Mary Burke (una mediocre Patricia Arquette, hay que reconocerlo) un compañero igual de perdedor, de su misma categoría en la que podrá apoyarse ya que ella fue yonqui y constituye una partícula más de ese particular microcosmos que constituye la ciudad de Nueva York siendo el tipo de personas a las que Pierce puede sentirse más cercano buscando un atisbo de comprensión-salvación que ni siquiera al final nos quedará muy claro. Durante los tres días que dura la historia, acompañamos a Frank Pierce por las calles de la ciudad mientras somos testigos de la paulatina degradación y vacío moral que va experimentando Frank mientras se va quemando de manera irremediable siendo además, consciente de ello. Esta degradación se irá haciendo más patente y más aguda de una forma creciente hasta el final de la película. Scorsese y Schrader la muestran cada uno a su estilo. En el guión viene dada por la sucesión de compañeros que patrullan junto a Frank durante las tres noches, mientras que en la puesta en escena, que durante toda la película es casi fantasmagórica para señalar el mundo de zombies donde se encuentra, se va acentuando en su vertiente desfasada, surrealista y psicodélica utilizando planos y movimientos de cámara llevados al límite. El primero de los compañeros, Larry Verber, un soberbio John Goodman, es el personaje más real quizás de toda la película. Casado y con hijos tiene sus aspiraciones para el futuro y es el que hace tomar contacto a Frank con el verdadero mundo en el que vive, además de ser precisamente con él cuando conoce a Mary Burke, el otro personaje más característico y real de la fauna Neoyorquina actual. Es en esta parte donde Scorsese se preocupa de filmar la película en su forma más real, sin casi trucos y donde ya empieza a apuntar y señalar el deambular de los espectros por la ciudad utilizando desde esa parte la steady-cam. Todo esto bañado con la fotografía de Robert Richardson siempre salpicada por grandes fogonazos de luz que seguirán al personaje durante toda la película que en esta primera parte se comide bastante para luego ir progresando del mismo modo en que lo hace el protagonista. Después de Larry, vendrá el ultra-religioso Marcus, encarnado de forma tronchante por Ving Rhames donde Frank ya empieza a perder los estribos. Es en esta parte donde Scorsese exhorta sus propios demonios personales ya que aquí entra de lleno en el tema de la religión y la muerte y es donde se siente más cómodo y quizás al saber transmitirlo tan bien, esta parte se convierte en lo mejor de la película. Filmada de forma sombría y tétrica pero a la vez de una forma onírica, Scorsese no duda en introducir planos literalmente fantasmales como aquel en que Cage realiza la escenificación del título, sacar fuera a los muertos. En esta parte la dirección se estiliza un poco aunque se va haciendo cada ves más excesiva, con movimientos de cámara de lo más asombroso como el accidente con la ambulancia y grandes contrastes en cuanto a las angulaciones, tanto en los picados como en los contrapicados. Es aquí también donde el montaje adquiere gran relevancia ya que utiliza en todo momento el plano por corte antes de acabar la acción teniendo que el espectador imaginar o suponer ciertos detalles que vendrían dados en el final del plano pero que los corta empalmando directamente con el siguiente acentuando así la sensación de agobio y angustia que posee al protagonista. Todo lo que hasta ahora nos había sorprendido en gran manera, ya sea por el guión (totalmente fatalista), la dirección o la ambientación, en esta última parte se desata. Aquí, Pierce acompañado esta vez por el casi psicótico Tom Wall, (Del que Tom Sizemore sabe sacar el máximo provecho al componerlo de forma espídica) llega a su punto clave y al final del trayecto cayendo en lo profundo del pozo. Scorsese nos incluye en un viaje alucinante del mismo modo que un drogadicto se coloca con cualquier sustancia alucinógena. En esta parte totalmente psicodélica, predominan los planos descompuestos, imágenes aceleradas, movimientos de cámara con el encuadre torcido, ayudado por una fotografía precisamente psicódélica (Valga la redundancia), con multitud de lucecitas, diafragmas abiertos hasta el más no poder, cañonazos de luz...coincidiendo con el periodo final del viaje de Frank que llega incluso a drogarse dentro de su ambulancia. A pesar de todo ello, Scorsese no quiere perder la esperanza y busca una posible salvación para las pobres almas de los torturados que deambulan sin sentido. Por eso, en una imagen que rememora a las “pietás” artísticas (En palabras del propio Scorsese) nos despediremos dejando a Frank y Mary abrazados. Quizás acaben juntos, quizás no. No importa. Lo que si importa es que dos almas perdedoras como ellos se han encontrado y quizás, tan solo quizás logren encontrar su camino. Sin pretender ser una película perfecta, (allí radica gran parte de las equivocadas críticas que recibió, por suerte no todas ya que hubo gente que sí la supo valorar) supone un reencuentro curioso entre los dos cineastas que derrumbaron el cine urbano en los 70 y el religioso en los 80, demostrando Scorsese una vez más, que a pesar de ser un punto de inflexión, no deja de ser esta una obra tremendamente personal ya que toca todos los temas e inquietudes que han obsesionado a su director, como he comentado antes. Y es ahí donde radica su encanto. Quizás no esté tan conseguida como Taxi Driver, ni sea tan dura como Toro salvaje, pero no por eso deja de ser una joya. Hubiese sido curioso si para rematar la faena, Scorsese
hubiera elegido a De Niro para el papel principal cerrando así
el círculo con Schrader y dándole una oportunidad para soltar
su famoso: «You´re talkin´ to me?» frente
al retrovisor de la ambulancia. |