| BOXCAR BERTHA / EL TREN DE BERTHA (Boxcar Bertha, 1993) |
|
|
||||||||||||||||||
¿Cineasta a cualquier precio?«Con Orson Welles, el oficio de director de cine salta a la vista. Sus planos son diferentes, ostensibles, protagonistas: Welles era como un joven mago hechizado por su propia magia. De hecho, el aspecto más revolucionario de “Citizen Kane” era la autofascinación. La puesta en escena atraía la atención sobre ella misma. Eso entraba en contradicción radical con el ideal clásico de la cámara y del montaje invisibles. Welles acudía a todas las técnicas narrativas y a todos los procedimientos fílmicos: profundidad de campo, picados y contrapicados, grandes angulares (...) Y, de una cierta manera, es la pasión de Welles por este medio de expresión lo que deviene el aspecto más fascinante del film.» Martin Scorsese. Recuerdo a Boxcar Bertha como un Bonnie & Clyde (íd., 1967) de bajo presupuesto, una escuela para un alumno en continuas labores de aprendizaje (y que al año siguiente, con Malas calles (Mean Streets, 1973), se graduaría con muy buenas notas). Una historia que, con todo, respondía de manera innegable a las inquietudes diseminadas a lo largo de su posterior obra, pero que... pero que no era, en absoluto, una buena película. Cuando alguien logra el beneplácito de los círculos cinéfilos, se tiende a concederle indulgencia plenaria a toda su filmografía, reconsiderando todas sus películas anteriores como logros indiscutibles por alguna u otra razón de carácter ignoto (“quizá no era magnífica, pero indudablemente lleva su firma, porque...” o “una película fallida, pero imprescindible para comprender su evolución posterior como creador”). Yo no os voy a engañar. Si no habéis visto Boxcar Bertha no os habéis perdido mucho, desde luego. Aunque -con un poco de perspectiva y haciendo algo de arqueología- sirva para entender como irrumpieron en la cosa esta del cine toda una generación de jóvenes voluntariosos: del brazo de un tipo dispuesto a repartir primeras oportunidades a mansalva. Por aquel entonces, Corman y su productora kamikaze eran el único agarradero -con algo de clavo ardiendo- al que podían aferrarse los impúberes con ganas de hacer sus primeros pinitos. La oportunidad tenía un precio, claro. Porque Roger Corman dejaba que se les fuese la olla tanto como quisiesen... siempre y cuando cumpliesen sus reglas de oro: «no pasarse ni de presupuesto ni de días de rodaje; incluir alguna secuencia de desnudo, ni que sólo fuera parcial, cada quince páginas de guión –cuestión de asegurarse la atención del espectador- y, last but not least, concentrar el esfuerzo y el dinamismo en la primera y última bobinas, como método para garantizar, cuando menos, la curiosidad inicial del público y la llegada a un desenlace rotundo pero a la vez comprensible» (1). Eso si, como Mecenas el hombre no tenía precio: recuérdese por ejemplo que Corman fue el primero en darle un papel de cierta enjundia al propio Robert de Niro (Bloody Mama (id., 1970)). El guión (en el cuál no intervino Scorsese) recreaba la vida de Boxcar Bertha Thompson, una sindicalista que se unió a una banda que atracaba ferrocarriles a fin de recaudar fondos para la causa (la sindical, se entiende). Barbara Hershey y David Carradine (pareja también en la vida real) eran los amantes prófugos, condenados respectivamente a la soledad y al martirio. La película prometía acción (la misma acción que prometían los westerns de serie B) y era rica en situaciones un tanto ridículas y diálogos cuasi sonrojantes. De Scorsese sólo acierto a adivinar una matanza ritual que, sin embargo, no es más que un tibio esbozo de la que acometería Travis por un pasillo interminable o el clásico via crucis scorsesiano -y en este caso, nunca mejor dicho- por el que debe transitar el atormentado protagonista. Como apunta Enric Alberich en lo referente a la tarea del director, «se trató, en todo caso, de una planificación un tanto abrupta, irregular en la composición de los encuadres y sin alcanzar la fluidez distintiva de las otras películas de su autor, por más que el fulgor de ciertas imágenes queda fuera de toda duda» (2). Total, que no todos los directores tienen la posibilidad kubrickiana de deshacerse de sus primeras obras, pecados de juventud de los que uno reniega en cuanto comienza a ser dueño de su propio destino. Algo que, por otra parte, agradecemos los mediocres: viéndolas nos hacen creer por un breve instante que cualquiera puede llegar igual de alto y brillar con la misma intensidad. ¡Ah, dichosa esperanza! (1) “Martin Scorsese. Vivir el cine”, por Enric
Alberich. Editorial Glénat, colección widescreen. |