| UNO DE LOS NUESTROS (Goodfellas, 1990) |
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Buenos chicos para la máquinaPodría empezar este artículo diciendo que desde que tengo uso de razón quería ser gangster o crítico, pero no es así, siempre vacilé entre la santísima trinidad de ser trapecista, sheriff o mediocentro organizador. Pero es que mi barrio tampoco era el barrio de Henry, ni el de Pauly, ni el de Jimmy ni el de Tony. Y que yo sepa por mis venas no corre sangre ni italiana ni irlandesa aunque siento similitudes y aprecio sobre todo por las características menos aplaudibles de ambas indosincracias. No tuve mi primer empleo a los 11 años ni los compañeros de mi padre llevaban pistolas en el bar de mi calle. Nunca vi matar a un amigo ni prender fuego a la licorería de Filippo. Pero Uno de los nuestros es parte de mi vida como el 12 a 1 a Malta o la ruptura con la primera novia. Uno de los nuestros es la reafirmación de la cinefilia latente que ya me impedía hacerle caso a Casimiro y a mis padres, la primera película que vi en un cine vacío, la certeza de que por una vez, y sin que sirviera ni de precedente ni de antecedente, una de mis diferencias con los demás no era mala per se, el viaje iniciático hacia la búsqueda de una forma y hacia un fondo en el (séptimo) arte (y con ello la conciencia analítica), la primera ocasión en la que la peli iba conmigo y me hablaba directamente, sin tapujos ni taparrabos. Mis amigos se metieron a ver una de esas americanas universitarias de risa. Y así les va. Todos con trabajo fijo, piso, coche y una presentable o futurible esposa. Y Martín Scorsese demostraba que era el maestro cinéfilo, el rey del contar y contar bien, el moralista ético y terrible que podía (y debía) saber hacerlo sin que el gran Paul Schrader le acompañara a la Olivetti. Aquí toma el libro Wuseguys de Nicholas Pileggi, del que también utilizó sus servicios en la paralela Casino (Id, 1995), sobre las declaraciones autobiográficas de Henry Hill, un hampón de medio pelo que decidió delatar a sus compañeros de fechorías y que desde aquel momento vivió una existencia anónima junto a su mujer e hijas en algún lugar escondido de los EEUU. Por lo tanto podríamos catalogar a la película de Scorsese como un biopic del mafioso ya que cuenta la vida completa de Henry Hill hasta su muerte y conversión en otro hombre y en otro nombre. Además sigue todas las características al uso de este subgénero que nos ha dejado joyas en las manos de Ford, Minelli o Schaffner. Sigue la vida del protagonista desde que era un mocoso contándonos sus primeros pasos, su perdida de la virginidad profesional representada extraordinariamente por la fiesta que le organizan los mafiosos tras su primera detención, la llegada del amor en el momento más inesperado, sus primeros éxitos, sus primeros miedos, los hijos (hijas en este caso), las amantes, el ascenso profesional. Y como todo esperábamos de Scorsese el fracaso, la cárcel, la elección equivocada que le cambia la vida (ya lo decía el Padrino no mezclemos la farlopa con la familia), el miedo, la locura, la drogadicción, la cárcel otra vez, el miedo again y la dolorosa redención que pone punto y final a una vida llena de dislates que será añorada por el protagonista embarcado en la anodina cotidianidad de la gente que se mantiene dentro de los márgenes de la ley. Y lo dice y no le duele prenda. Scorsese, como buen católico italiano, sabe que la buena senda conlleva un camino de constricción y de privaciones que hace todo más monótono, quita brillo a la existencia y premia el sacrificio en esta vida con el descanso en la otra. Uno de los nuestros está planteada como un recorrido temporal por un mismo espacio geográfico y social, delimitado en el Barrio de Queens de Nueva York y a la comunidades ítaloamericanas e irlandesa que allí conviven, que abarca desde finales de los años cincuenta a principios de los ochenta donde, además de un desfile de moda barata, hace un recorrido (como siempre inigualable) por las tendencias musicales y laborales de los componentes de la ilegal comunidad. Desde atracos a camiones de bebida y tabaco al tráfico de droga pasando por grandes robos a empresas de transportes de dinero, Henry (Ray Liotta) su jefe Pauly (Paul Sorvino), Jimmy Conway (Robert de Niro) y Tony (Joe Pesci) van envejeciendo y deteriorando su amistad ante las diversas vicisitudes que un negocio tan voluble, solvente y peligroso va marcando. Tony morirá justo el día más feliz de su vida, el día en el que iba a entrar en la familia (espacio vedado para Henry y Jimmy por tener sangre irlandesa) por un crimen que cometieron en el pasado y con el que Scorsese mediante un brillante flash-forward abría la narración. Jimmy se vuelve desconfiado y egoísta asesinando a todos sus anteriores compañeros por una mezcla de miedo y avaricia que hará que Henry, cuando se huele que él es la próxima víctima, lo entregue a la policía. Henry enloquecerá por el uso indiscriminado de cocaína y pasará más de una vez por la cárcel hasta que se decide por la delación, Pauly también será traicionado por Henry tras haberlo abandonado a su suerte en el momento en que más falta le hacía debido a su anterior prohibición tajante de que traficara con estupefacientes. Henry deja de ser uno de los nuestros, un tío legal, un buen chico, un “goodfellas” porque ese grupo ha envejecido y ha perdido los rasgos que los unía tal como si fueran una sola persona. La seguridad de Pauly, la disponibilidad de Jimmy y la naturaleza impulsiva de Tony tanto como la conveniencias del primero, la paranoia del segundo y la condición de pschyco-killer del tercero conforman el personaje prototípico de gangster de 2º B que aquí se nos quiere mostrar y al que Henry se asemeja bastante, si no fuera porque su personaje transpira una humanidad lindante entre lo patético y lo reconocible en sus relaciones con su esposa, sus amantes, sus amigos, sus colaboradores, etc... Al principio su naturaleza, siempre mimética e imitativa, se centra en Jimmy al que le roba gestos como el de introducir un billete de 10 dólares en todos los bolsillos disponibles, luego juega a ser Pauly cuando, contraviniendo los deseos y las ordenes de éste, decide montar sus propios negocios con su contactos de Pittsburg y al final acaba más o menos como Tony, casi muerto y fuera de sus casillas con arrebatos de espontánea violencia. Scorsese demuestra mediante una puesta en escena excepcional su talento para componer, crear y recrear, como su buen gusto a la hora de utilizar recursos que en otros son manidos y repetitivos, tales como los saltos temporales, la narración en off (que en este caso es extrañamente compartida y complementada por dos personajes: Henry y su mujer), la congelación de imágenes significativas, la larga secuencia con steadicam que nos lleva desde la puerta de atrás del restaurante a la primera fila, al lado de la orquesta, que hubiera firmado (y filmado) con gusto Stanley Kubrick, la sobrecargada escenografía que define muy bien ciertas querencias de los nuevos ricos.... Además la dirección de actores también es magistral, sabiendo sacar de todos y cada uno de sus interpretes lo apropiado para sus papeles. Sabíamos que De Niro en manos de Scorsese es genial, pero aquí vuelve a dejarnos sin respiración como ya consiguió con Travis Bickle y Jake LaMotta. Comedido, ajustado, capaz de transmitir toda una clase de interpretación con una sonrisa, con una mirada, con la manera de caminar, sin los aspavientos y los mohines a los que ahora es tan propenso. Joe Pesci aprovecha todo su desproporcionado caudal verbal y gestual para componer un personaje mítico, que le valió el oscar. Nunca jamás estuvo así y nunca jamás lo estará. Y es significativo que otra de sus actuaciones “serias” acentuara todos sus defectos más notorios, en la por otra parte magnífica JFK (Id, Oliver Stone, 1991). Ray Liotta está simplemente descomunal y nos hace albergar esperanzas tras su actuación en Blow (Id, Ted Demme, 2001) bastante parecida, por cierto, tanto en forma como en fondo a la de Christopher Walken en la última prueba, Atrápame si puedes (Catch me if you can, 2002), de que Spielberg, tras su dolorosa y lucrativa redención, vuelve a ser, como ya apuntaba Coppola y recordaba Carlos Rosal en su artículo sobre Inteligencia artificial (AI, 2001), el mejor. Lorraine Bracco, tristemente poco vista en los últimos tiempos, da un cursillo de contención cuando hace falta y de todo lo contrario cuando la película se lo pide a gritos. Paul Sorvino demuestra que la interpretación no va en los genes y hace que su presencia borre a cualquiera que aparezca en la escena junto a él. Los secundarios están todos perfectos y entre ellos, como curiosidad bastante paradójica, reseñar la presencia de un Michael Imperioli que antes de ser un Soprano era asesinado a sangre fría por Joe Pesci por tardarle demasiado en llevarle una copa. En definitiva Uno de los nuestros es la obra
de madurez de su director, un compendio y un resumen de un mundo particular
y de una visión original sobre la amistad, el trabajo, los grupos
sociales, la vida y los valores de cada cual, que también es madurez
en lo formal y puerta para un cine donde no sobra nada y donde la adecuación
y el lucimiento de todos los miembros de los equipos técnicos y
artísticos repercuten en la perfección de un todo, de un
objetivo común, de una meta lograda. Así funciona la
Familia cuando tiene un buen Padrino. |