LA EDAD DE LA INOCENCIA (The Age of Innocence, 1993)  
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Por María Villalva
Cartel del film
Miradas de Cine © 2002-2003

La educación sentimental

A estas alturas (y de esto tiene mucha culpa el gusto de nuestro tiempo por lo ecléctico, por un incoherente nerromanticismo y todos los “neo-ismos”), se han rodado innumerables películas sobre amores imposibles y pasiones frustradas, y el recurso a esos reiterados esquemas ha resurgido a menudo en el panorama cinematográfico de las últimas décadas, por ser muy del gusto de un sector del público.

Este patrón podría extraerse del fondo de cualquier guión, pero me refiero sobre todo a aquellos films en los cuales la importancia de lo no dicho, de lo omitido, es precisamente la materia que llena la trama; es un rasgo que suele contribuir a hacer muy complejas las relaciones entre los personajes, por basarse en lo tácito. Piénsese en Visconti, y, más recientemente, en películas como Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993. James Ivory), Un corazón en invierno (Un coeur en hiver, 1992. Claude Suatet) o A los que aman (1998. Isabel Coixet).

Sin embargo, uno esperaría que Scorsese se lo hubiera pensado dos veces antes de ofrecer otra película de amores abortados, que arrastran su melancólica fatalidad por los ambientes de finales del XIX, envueltos en rasos y levitas, a fin de aportar alguna nueva excelencia al género.

Pero, tras rodar El cabo del miedo (Cape Fear, 1991), dirigirá en 1993 esta floja adaptación de una novela de Edith Wharton, cuyo retrato de las clases altas de Nueva York, en su día, le hizo ganar el Pulitzer. Ya existía una versión de 1934, de Philip Moeller, con Irene Dunne y Leonard Carey.

Es cierto que Scorsese narra con delicadez y prolija minuciosidad las relaciones del consabido triángulo amoroso: Newland Archer (Daniel Day Lewis), May (Wynona Rider) y Ellen Olenska (Michelle Pfeiffer). Los personajes no se permiten abiertamente desear nada, en una sociedad donde todo funciona por un sutil entramado de presuposiciones y sobreentendidos, dentro de unas convenciones sociales inamovibles. Pero son los invernaderos, los carruajes, las cristalerías, las tazas de té, los que, un poco al estilo de Flaubert, parecen robar protagonismo a unos personajes que se muestran todo lo insulsos que exigía la época, y bajo cuyas triviales conversaciones subyace un mundo de sentimientos inconfesados.

Por desgracia, descubrimos, al final del film, que los objetos se limitaban a llenar el vacío de las conversaciones (que es también el de los protagonistas), sirviendo de disfraz a significaciones ocultas; éstas quedan sin revelar y, por si fuera poco, el director se permite hacer elipsis.

Es una lástima que un director de la talla de Scorsese haya desaprovechado esta ocasión de retratar a una sociedad reprimida, por demorarse tanto en el preciosismo de la composición, dilapidando su talento en subrayados simbólicos y efectistas (flores, sobre todo). Y que cuando el film acaba, descubramos que la historia ha permanecido en todo momento estática.