| LA ÚLTIMA TENTACIÓN DE CRISTO (The Last Temptation of Christ, 1988) |
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Se armó el Belén«A mí me ha fascinado siempre, desde niño, la figura de Jesús, que me parecía mágica y romántica. Y me ha fascinado particularmente su doble naturaleza humana y divina. La Iglesia ha acentuado a lo largo de los siglos el aspecto divino de Jesús y, poco a poco, hemos olvidado su naturaleza de hombre. Yo he querido considerar este último carácter y descubrir las contradicciones que su doble naturaleza le crean.» Martin Scorsese (1). De partida, perdonen por el chiste fácil en el título. Pero es que todavía recuerdo -de manera algo distorsionada, por entre los vapores y humores de mi ingenua mente adolescente- el revuelo que causó el estreno de La última tentación... Manifestaciones delante de los cines, integristas cristianos -¿o qué se creían, que sólo los había islámicos?- rasgándose las vestiduras y crucificando al italoamericano mucho antes de ver acabada su película, acusaciones de herejía, blasfemia (reavivando una vieja polémica teológica que, por lo visto, creía haber zanjado el Concilio de Calcelonia del año 451). Para que se hagan una idea, un grupo de tarados californianos llegó a ofrecer 10 millones de dólares a la Universal por la destrucción de negativo y copias. En Grecia, cada proyección se multaba con 90.000 pesetas (2). Rayos, truenos y centellas contra el bastardo capaz de casar a Cristo y suponerle deseos humanos, demasiado humanos. El caso es que cuando la he vuelto a ver me ha extrañado sobremanera lo absolutamente inofensiva que era –¡que es!-, tanto en sus pretensiones como en sus logros. Es más, me sigue pareciendo la obra de un cristiano convencido, una película que la Iglesia de tiempos de Juan XXIII hubiese hecho suya sin dudarlo (Scorsese, a parte de nacer en una familia católica convencida, emprendió estudios religiosos hasta que un alma caritativa nos lo sacó del mal camino y decidió consagrar su existencia -¡Oh, Dios Todopoderoso, te alabamos!- al mundo del cine). Ah, eso sí... Scorsese es un creyente singular, de los que dudan constantemente. De los que necesitan de una deidad insegura, capaz de errar, caer y volver a levantarse, como les ocurre frecuentemente a los protagonistas de sus películas: «La belleza del libro consiste en que Jesús conoce todas las debilidades humanas antes de convertirse en Dios. Por eso podemos identificarnos con él» (3). Como dudaba el autor del texto original, Nikos Kazantzakis (punto de partida de la adaptación cinematográfica). La publicación de su libro de 600 páginas en 1955 le valió la inmediata excomunión por parte de la iglesia ortodoxa griega. Sorprende que cuando se trata de glosar las vidas de los santos, la duda es consentida, perdonada, minimizada... entendida. Acostumbra a ser el paso previo a la caída del caballo, a la conversión tremebunda rica en efectos especiales; ya saben, la parafernalia habitual: obertura de los cielos, iluminación, coro de arcángeles, música de Haendel de fondo... ¡anda que no hemos visto milagros en el cine! Si la iglesia debería de estar encantada con el celuloide, qué demonios! A lo que iba: en este mundo hipócrita en el que habitamos, un creyente que expresa públicamente sus dudas presenta de inmediato un lado sospechoso, de un ambigüedad intolerable (excepto en las películas de Bergman, en las que dudan las mujeres, los hombres, los niños, los sacerdotes y hasta las plantas). Ocurre lo mismo que con las férreas disciplinas que imperan en los partidos políticos. Nos guste o no, hay “misterios” que se sustentan en la fe y un par de dogmas, maravilloso invento aristotélico que permite al Vaticano desterrar la farragosa e intolerable influencia de la razón. ¡Descreídos, que sois unos descreídos! ¡Con lo sencillo que es ser infalible! Total... ¿qué hay de escandaloso en este film? Cristo también acaba muriendo por nosotros, conforme al rito. Pero entre medias se dedica a tener una familia y a amar a su mujer (María Magdalena). Eso sin duda implica algo de sexo -¡sexo! ¡Otra bestia negra de las religiones!- y un retrato divino más cercano. ¿Más banal, menos respetuoso? Puede. Pero también más verosímil. Cristo (un voluntarioso Willem Dafoe) mantiene largas tertulias con un Judas Iscariote algo pedestre, interpretado por un Harvey Keitel que adapta sus habituales maneras y usos de los bajos fondos a la Palestina de hace veinte siglos (a propósito... ¿para cuando un “Gangs de Galilea” explicando las luchas intestinas en el seno de las diferentes sectas que conformaron el primitivo cristianismo? Ya puedo ver el lema del cartel anunciador, nada de “América nació en las calles”... ¡“Jerusalén nació en las catacumbas”!). El Jesucristo de Scorsese trabaja montando las cruces donde después serán ejecutados sus compatriotas. Siendo pues un colaboracionista de las fuerzas de ocupación, Judas -activista político igual de sutil que un piquete de CCOO- trata de despertar en él una conciencia social que este terminará incorporando en sus prédicas. Como comprenderán, la “profundidad” hasta la que puede llegar una película de este tipo -norteamericana, temática espinosa- es más que limitada, por muy buenos guionistas que uno tenga (y Scorsese los tenía, que Paul Schraeder no es un desconocido precisamente). Y porque a pesar de contar con apellidos ilustres en el reparto (Harry Dean Stanton haciendo de San Pablo, David Bowie de Poncio Pilatos), el plan de rodaje fue espartano: 62 días en Marruecos, presupuesto congelado en siete millones de dólares -la mitad de lo que costó El color del dinero (The Color of Money, 1986)-, no se disponía de un número superior a los 12 uniformes de centuriones romanos, nunca contó con una figuración superior a las 20 personas, etc, etc (4). Aunque abra interesantes y necesarios interrogantes sobre la naturaleza divina y la coherencia de las creencias de algunos -¿he dicho coherencia? Olvidaba que eso es casi un antónimo de fe-, La última tentación de Cristo no termina de funcionar como película, prisionera de unas circunstancias y unos prejuicios que impidieron ahondar realmente en una de las figuras históricas capitales en la cultura de Occidente. (1) Entrevista de José Luis Guarner a Martin Scorsese,
publicada en el suplemento de La Vanguardia, 25-10- 88 |