| 1934 • SUCEDIÓ
UNA NOCHE (It Happened One Night, Frank Capra) |
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Hambre, amor y dólaresHubo una época no muy lejana en la que los Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, pasó por serias dificultades económicas y sus habitantes llegaron a padecer penurias consideradas hoy propias de países tercermundistas: la denominada Gran depresión, originada por el famoso Crack del 29 tuvo consecuencias nefastas en el mundo entero, y es sin duda uno de los episodios más dolorosos de la historia norteamericana, pues si hay un criterio para medir el grado de miseria humana ese será el seguramente el del hambre, y en esos primeros años de la década de los treinta fueron muchos los norteamericanos que pasaron necesidad. Desde el punto de vista del cine, semejante situación económica y humana no podía ser ignorada, y las películas de los años treinta son un fiel reflejo de ese país vapuleado y herido. Pero el cine no es, ni mucho menos, un reflejo de la realidad, sino fundamentalmente una fábrica de sueños (valga la publicidad), una forma de expresar los deseos de los seres humanos. Por ello, el cine de esta oscura década consiste esencialmente en una visión optimista de Norteamérica y los norteamericanos, es un cine que intenta recuperar el orgullo nacional, y trata de volver a dar un sentido a la expresión “el sueño americano”. Y salvo excepciones, como Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940. John Ford), que pertenecerían al llamado ahora cine de denuncia social, los productores norteamericanos recurrirán a la comedia como el medio más eficaz para resucitar el amor propio de los estadounidenses. Frank Capra es uno de esos genios que, a pesar de recurrir a argumentos traídos por los pelos, consiguió convencer a los norteamericanos de que el dinero era algo menos importante que los sentimientos, cosa nada sencilla en el país de las oportunidades. Sus películas están llenas de esos problemas que tanto preocupaban a los americanos de la Gran Depresión, problemas terriblemente cotidianos, siempre relacionados con el dinero, con el capitalismo cruel que para Capra era una fuente de sinsabores, incluso para los ricos. Sus supuestas ideas políticas, defendiendo en sus films un socialismo utópico, por no decir simplón (véanse en clave política Vive como quieras/You Can't Take It with You, 1938) , ¡Qué bello es vivir!/It's a Wonderful Life, 1946, o El Estado de la unión/State of the Union, 1948), le arrojarán en los cincuenta a los leones del Comité de Actividades Antinorteamericanas, con lo que su carrera queda prácticamente finalizada. Curioso final para el que ahora es considerado como uno de los símbolos del sueño americano, es decir, la idea de que con valentía y fuerza de voluntad un sencillo vendedor de periódicos puede llegar a ser lo que se proponga (el propio Capra vendió periódicos en su infancia). Sucedió una noche es una espléndida historia que en 1934 consigue alzarse con cinco Oscar, entre ellos el de mejor película. La trama, brevemente resumida, viene a ser como sigue: una niña rica (Claudette Colbert), estrella de las revistas de cotilleos, huye de su multimillonario padre (Walter Connolly) al no permitirle éste el capricho de casarse con un astuto cazadotes. La pobre infeliz debe viajar desde Miami hasta Nueva York para reunirse con su oportunista y engolado novio, pero los detectives contratados por su padre acechan por todas partes, teniendo que recurrir al proletario autobús para darles esquinazo. Será en tan modesto medio de transporte donde conocerá a un periodista en paro (Clark Gable), un sinvergüenza íntegro, que propondrá a nuestra heroína protección a cambio de un reportaje que le permita retornar a su antiguo empleo. El viaje, en autobús, en coche y a pie, se convertirá en un conjunto de pequeñas y entrañables aventuras en las que la ternura y la realidad más cruel se mezclarán a partes iguales. Durante su transcurso, Colbert y Gable aprenderán a conocerse y a respetarse a pesar de pertenecer a clases sociales diferentes. En Sucedió una noche, Capra utiliza uno de sus recursos más habituales, el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre poderosos y humildes (añádase a las películas anteriormente citadas Juan Nadie/Meet John Doe, 1941 o Caballero sin espada/Mr. Smith Goes to Washington, 1939). Dos mundos antagónicos que Capra analiza en su cine con exhaustiva meticulosidad para intentar encontrar los puntos de conexión, aquella dimensión en la que pueden existir el diálogo y la convivencia. Tarea nada fácil y sobre la que él mismo no parecía muy convencido. Si en Vive como quieras consiguió hacer amigos a un hombre humilde y a un magnate, abogando eso sí porque el magnate reconociera que el secreto de vivir era la sencillez, en ¡Qué bello es vivir!, la figura del poderoso señor Potter se muestra como inaccesible a cualquier forma de vida que no sea la suya. Curiosamente el hombre humilde de la primera película y el potentado de la segunda están encarnados por el mismo actor, el gran Lionel Barrymore. En la película que nos ocupa, anterior a estas dos reseñadas, el optimismo de Capra está en plena forma. Cupido dispara flechas con los ojos vendados, y no hay problemas de clase cuando el amor hace acto de presencia. No obstante, la niña rica deberá sufrir su pequeño calvario, andar su camino de redención en el que conocerá en primera línea cómo funciona el mundo real. El hambre, el robo, el interés económico gobiernan el país, a los seres humanos; es la fatídica verdad que ella aprende de la mano del héroe y que ya no olvidará nunca. Su torre de marfil se viene abajo y eso es lo que la disculpa ante los espectadores, lo que nos permite exclamar con letanía de telenovela: “los ricos también lloran”, que traducido rigurosamente al idioma bolchevique vendría a querer decir más o menos: “sólo si los ricos lloran podremos perdonarles su desfachatez de tener más dinero que nosotros”. Pues, ¿quién no le daría un beso a Claudette Colbert cuando le hinca el diente a unas zanahorias crudas, acto que para ella representa la bajeza más ignominiosa? ¿O quién no le levantaría un altar cuando en el autobús regala el poco dinero que tienen para aliviar el hambre de una mujer y su hijo que hace varios días que no comen? Los reyes deben descender hasta el pueblo para ser reconocidos como seres humanos. Por su parte, Clark Gable, para poder optar al amor de la protagonista y obtener el cariño del público, debe sacrificarse en menor medida, venciendo la tentación del dinero en una escena memorable en la que el “comunismo” (sería mejor decir cristianismo) de Capra hace comprender al millonario padre que no encontrará marido más honrado para su hija. Y eso que desde el principio el personaje interpretado por Gable se muestra como un cínico terrible que admite su condición de sinvergüenza sin el menor pudor. Pero, como decía, a pesar de esa realidad terrible e innegable de una América convaleciente, Capra es un optimista incorregible. La amistad, el amor, la camaradería, los buenos sentimientos en general, subsisten por todas partes y son los que hacen que la escasez y la pobreza sean secundarios en la existencia humana. En el film, incluso cuando los sentimientos humanos aparecen como mezquinos y fuente de tristeza, enseguida surge la vena pícara que los ahoga, como cuando unos de los viajeros del autobús propone a Clark Gable aprovecharse monetariamente del personaje de Claudette Colbert. Rizando el rizo, en otra escena se parodia directamente la cara amarga del amor, fingiendo los dos protagonistas ser un matrimonio mal avenido, escena deliciosa que por sí sola justifica el Oscar que los dos consiguieron por sus actuaciones. El mensaje de buena voluntad de este sorprendente
director siciliano llega incluso a resultar excesivo al dar por sentado
que el mísero periodista y la acaudalada niña de papá
formarán un matrimonio donde el amor superará cualquier
obstáculo relacionado con la fortuna colosal de ella y la insolvencia
de él. Sin embargo, no es de extrañar tal final feliz en
un tiempo en el que, en Estados Unidos, la reconciliación entre
le capitalismo y la pobreza era más necesaria que nunca. |