| 1948 • EL POLÍTICO (All The King's Men, Robert Rossen) |
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También se cantará sobre los tiempos sombríosUna parábola sobre la perversión de los ideales, sobre la falta de escrúpulos (cuando no sobre la pura amoralidad) como fórmula infalible de ascensión y / o promoción social; peldaño a peldaño, sin prisas pero sin pausas, decidido, con andar firme, hasta llegar allí donde se siente el vértigo del poder y... la más completa de las soledades. Nos hallamos ante un encantador de serpientes, ante un charlatán capaz de hacerte comulgar con ruedas de molino, un Maquiavelo con una ambición desmedida, un... un político, vamos. Porque lo más terrible es que El político posiblemente no estuviese haciendo mas que retratar un cierto estado de las cosas. Y si hace medio siglo ya tenían razones para estar desencantados con su clase dirigente, ni te cuento lo vigente que resulta esta denuncia a día de hoy. Robert Rossen (1908-1966) fue uno de los muchos damnificados por la caza de brujas, conformando esa “generación perdida” cinematográfica que nada tiene que envidiar a los Hemingway, Dos Passos, Faulkner, Fitzgerald o Steinbeck de su vertiente literaria. Porque durante el reinado del miedo los Estados Unidos se deshicieron de algunas de sus mentes más lúcidas, brillantes y críticas. Pero no adelantemos acontecimientos. Rossen fue, entre otras cosas, boxeador profesional (experiencia previa que algo le serviría –digo yo– a la hora de filmar una de las mejores películas del género pugilístico: En cuerpo y alma / Body and Soul, 1947) y dejó a un lado sus estudios universitarios para hacer aquello que le pedía el cuerpo: dedicarse al teatro como actor, director y dramaturgo. En la década que va del 1937 al 1947 su prestigio como guionista se afianza: él estaba detrás de Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939. Raoul Walsh) o de El extraño amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers, 1946. Lewis Milestone). Pero la tragedia se cierne sobre nuestro hombre –como sobre tantos otros– a finales de la década de los cuarenta. La ola –¡qué digo ola!–, el tsunami de la paranoia anticomunista lo alcanzaría de lleno. Y lo zarandearía, y le haría besar el fondo, embadurnarse en el fango. Para terminar siendo escupido, derrotado y tembloroso, en la orilla de una playa cualquiera, como aquella que frecuentara Barton Fink (id., 1991) al final de la mejor película de los Coen. Se calcula que por aquel entonces el 50% de los guionistas de Hollywood y el 20% de sus actores eran militantes adheridos al PCUSA. Nada se sabía por aquel entonces de las barbaridades del comunismo (como poco o nada supieron los propios súbditos del régimen hasta el vigésimo congreso del partido, allá por 1956). Hacía apenas un par de años que Stalin había sido aliado y depositario del mayor esfuerzo de guerra –si el esfuerzo lo contamos en millones de muertos, eso que para Iósiv Vissariónovich Dzhugashvili era “estadística”–. Después vino la repartición de Europa, la caída de lo que el visionario Churchill denominó la cortina o telón de acero, el bloqueo de Berlín... Los antecedentes de esta surrealista situación nos deben de sonar por estar, desgraciadamente, de rabiosa actualidad. Porque todo comienza con una mayoría en 1946 –tanto en el Congreso como en el Senado– del Partido Ultraderech... perdón, quiero decir... Republicano. A esto le siguió la promulgación de leyes como la Taft-Harley en 1947, que obligaba a efectuar un juramento anticomunista antes de ocupar determinados cargos sindicales (bueno, aquí éramos mas finos aplicando medidas represoras... ¡qué gran invento lo del Sindicato Vertical!). Más ingredientes para este caldo de cultivo: la
crisis. Los beneficios netos de la industria en 1947 fueron de 121 millones
de dólares. Un año después, en 1948, cayeron hasta...
los 48 millones. La primera Comisión Parlamentaria contra «la infiltración comunista en Hollywood» (cito textualmente) data de octubre de 1947. Comienzan a acuñarse algunos términos tristemente célebres con posterioridad, como la torticera diferenciación entre “testigos amistosos” (los buenos chicos, los americanos de verdad, los dispuestos a “cantar” de plano) y los “inamistosos” (osea, los poseedores de todas las papeletas en el inminente sorteo de hostias). Habiendo pues comenzado las sesiones del Comité de Actividades Antinorteamericanas en el 47, atreverse a hacer apenas dos años después algo como El político fue poco menos que un suicidio. Aunque no fuese muy consciente de la que se avecinaba, Rossen demostró valor, mucho valor y determinación. Y se lo recompensaron acallando su voz durante más de una década, silencio que rompió para legarnos sus mejores películas: El buscavidas (The Hustler, 1961) y Lilith (íd., 1964). Thomas Mann, en el curso de un programa radiofónico, osó describir con gran precisión el ambiente que se respiraba en aquellos días: «como ciudadano americano nacido alemán, declaro finalmente que me son dolorosamente familiares ciertas prácticas políticas y el debilitamiento de la seguridad legal en nombre de un pretendido “estado de emergencia”... es lo que ocurrió al principio en Alemania. Y lo que siguió fue el fascismo, fue la guerra». A El político también podéis encontrarla como Todos los hombres del rey, fiel traducción del original (All the king’s men). Porque no menos sórdidos que el protagonista (un tal Broderick Crawford, que se llevo el Oscar al mejor actor) son la caterva de pusilánimes, oportunistas, crápulas y demás traficantes de espíritus que rondan a su alrededor. Jugadores de ventaja dispuestos a vender su alma al diablo por permanecer cerca del faro, del brillo que ciega a los ingenuos y permite desplumar a esos descamisados que dicen defender. El político narraba el ascenso y la caída de un hombre no muy inteligente pero con una capacidad oratoria descomunal, cualidad que le lleva a ser elegido gobernador de Louisiana. Invistiéndose en primera instancia como paladín de la lucha contra la corrupción, acabará finalmente emponzoñado por los efluvios de su propia pócima. El magnicidio (recuérdese el final de las futuras La jauría humana / The Chase, 1966 de Arthur Penn, Nashville, 1975 de Robert Altman o La zona muerta / The Dead Zone, 1983 de David Cronemberg, alguna de ellas verdaderamente profética respecto a futuros acontecimientos en la historia de los EEUU) acaba siendo, a la postre, la única forma de poner fin a la loca carrera de este tipejo, dispuesto a pasar por encima del cadáver de cualquiera. El mensaje estaba claro: el miedo al comunismo es la excusa ideal para los demagogos, para el asentamiento de esa filosofía populista que degenera en el fascismo (y no haré estúpidas distinciones entre fascismos de izquierdas o de derechas, a no ser que alguien piense que a salvapatrias como Hugo Chávez le importa la “lateralidad” en la que fundamentar su dictadura). Rossen trató de aguantar. Como otros de sus colegas (Edward Dmytryk o Elia Kazan) resistió la primera citación en 1951, aunque las consecuencias de su declaración “inamistosa” le cambiaron la vida: los estudios Columbia rompen su contrato y lo incluyen en la lista negra. Decide exiliarse a México. La presión se hace insostenible y la dignidad no da de comer ni ayuda a llegar a fin de mes. Tras una nueva comparecencia ante la Comisión Velde, que actuó en Nueva York de mayo a junio del 53, se viene abajo: delata a más de cincuenta ex-camaradas del PCUSA. “Gracias” a ello pudo volver a situarse tras las cámaras un par de años después. El político es una película que quizás hoy nos parezca simplona, un tanto pueril en su planteamiento y resolución; poco sofisticada. Porque mucho de lo acontecido a lo largo de la Historia nos acaba sonando inverosímil, cómodamente instalados en nuestro siglo XXI, multimedia y digital. Por si cometemos el error de creer que esto es así, por si antes de que acabe el año asistimos a un nuevo “bombardeo preventivo” –siempre en silencio, rodeados del eterno estupor y la indignación que tan bien sabemos esgrimir los que comemos caliente–, he aquí algunos versos de Bertolt Brecht: Cuando los de arriba hablan de Paz En el muro habían escrito con tiza: La guerra que vendrá En el momento de marchar, muchos no saben
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