Miradas de Cine 1948 • HAMLET
(Hamlet, Laurence Olivier)
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Por María Villalva
Cartel de la Película

Rank, 1948. Dirección: Laurence Olivier. Productor: Laurence Olivier. Guión: Laurence Olivier, sobre la obra homónima de William Shakespeare. Fotografía: Desmond Dickinson. Música: William Walton. Dirección artístiva: Carmen Dillon. Montaje: Helga Cranston.Intérpretes: Laurence Olivier (Príncipe Hamlet de Dinamarca), Jean Simmons (Ofelia), Peter Cushing (Osric), Norman Wooland (Horacio), Basil Sydney (El rey Claudio), Eileen Harley (La reina Gertrude), Stanley Holloway (Sepulturero), Terence Morgan (Laertes), John Gielguld (Voz de fantasma).

SUS PREMIOS OSCAR

Película

Actor (Olivier)

Decoración

Vestuario

 

RIVALES A MEJOR PELICULA

Belinda

Nido de víboras

El tesoro de Sierra Madre

Las zapatillas rojas

 

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Palabras

Esta segunda película de Olivier retoma y consolida una tradición de adaptaciones de las piezas dramáticas de Shakespeare, que ya se contaban entre las primeras producciones cinematográficas. El cine, en sus orígenes, necesitaba de argumentos ya conocidos por el público, lo que dio lugar a diversos Hamlets mudos; hoy, paradójicamente, las adaptaciones de las obras de Shakespeare se convierten a menudo en un esfuerzo por esclarecer un texto que es un gran desconocido y que, para su mayor excelencia artística, debería quizá permanecer en el terreno de lo ambiguo.

Y es que, si el Hamlet de Olivier puede parecer hoy obsoleto, es debido, en parte, a la actual manía de revisar los clásicos por encima, para dar de ellos una visión simplificadora o pedagógica, en lugar de dejarlos en su inherente y sustanciosa ambigüedad, que requiere de un espectador activo, que aprecie su rica intertextualidad; no en vano estamos en la era de la fusión de las artes, desde hace más de un siglo.

Pero es difícil, o casi imposible, que el espectador que no se ha adentrado previamente por los vericuetos del clásico, perciba y aprecie en su justa dimensión los entresijos de personajes complejos donde los haya; a esa carencia se debe quizá la acusación de "lentitud" que se suele lanzar sobre este tipo de adaptaciones y que, por desgracia, pone hoy en fuga a un gran sector del público.

Es cierto que, en la producción británica dirigida por Olivier, el apego a las convenciones teatrales supone, en algunos momentos, un lastre para el film –y en el Enrique V (Henry V, 1990) de Branagh ese lastre es incomparablemente mayor–. Pese a la impecable composición del personaje, ciertas pautas interpretativas, y sobre todo, las alusiones al público de los escenarios renacentistas, que Olivier decidió no eliminar del guión, están hoy de más; hay que enmarcarlas dentro de un texto que propiciaba una visión de la vida como teatro. En consonancia con esto, Olivier no elimina el pasaje en que el protagonista da a los comediantes una lección de arte dramático, y además dispone una cuidada escenografía en que hace coexistir, anacrónicamente, los estilos arquitectónicos más dispares; y otro tanto sucede con el vestuario, que va desde el atuendo vikingo de Ofelia, hasta lo dieciochesco. Se rompe así con la convención de verosimilitud, y se precipita al espectador en una ficción que también se reproduce a sí misma.

En su transposición fílmica del texto, Olivier ha optado por una oscuridad (algo de lo que han huido posteriormente tanto Zeffirelli como Branagh) y unos decorados que reproducen el laberinto emocional del protagonista. Los planteamientos clásicos no excluyen alguna innovación, como el movimiento de rotación que se imprime a la cámara en el clímax dramático de la acusación al rey por medio de la obra de teatro. La lóbrega escalera de caracol con que arranca y se cierra la película, y que es la que se abre a las distintas salas o espacios del castillo, conduciendo al protagonista a las escenas clave de su existencia, es también simbólica del retorcido conflicto edípico de Hamlet, del reprimido deseo sexual hacia su madre, convertido en amenazadora realidad por su padrastro. Los planos del mar embravecido subrayan su gran turbación interior.

Shakespeare nos expone no el origen –que, como he dicho, se insinúa– sino la agudización de los conflictos psicológicos del personaje como consecuencia de la misión que se le impone: los acontecimientos amenazan con hacer consciente su deseo oculto, atenúan la resistencia del personaje (como la del espectador), de un modo que rarísimas veces se puede ver en el cine. Esto lo acentúa acertadamente Olivier mediante estudiados contrastes en la iluminación, rodeando sutilmente al protagonista de una aureola luminosa, que simboliza la lucidez de su locura. Los lóbregos recovecos del castillo constituyen otros medios que emplea el director para conectar la acción con el abismo interior del protagonista, cuya indecisión y cobardía le incapacitan para tomar las riendas de su destino, y haciéndole pensar en el suicidio.

Pese a que la música de William Walton no era demasiado adecuada para la acción, limitándose a subrayar los momentos de mayor tensión dramática, las cualidades plásticas de la cinta hicieron que ganara, con sobrado mérito, el León de Oro de la Mostra de Venecia, un Oscar por la mejor película y otro por la interpretación de Olivier, pues el film recreaba de manera genial la más emblemática tragedia de Shakespeare.