Miradas de Cine 1955 • MARTY
(Marty, Delbert Mann)
  Miradas de Cine
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Por Alejandro Díaz
Cartel de la Película

United Artists, 1955. Dirección: Delbert Mann. Productor: Harold Hecht. Guión: Paddy Chayefsky . Fotografía: Joseph LaShelle. Música: Roy Webb. Duración: 91 min. Intérpretes: Ernest Borgaine, Esther Minniciotti, Betsy Blair, Augusta Ciolli, Joe Mantell, Karen Steele, Tommy Jerry Paris.

SUS PREMIOS OSCAR

Película

Director

Actor principal (Borgaine)

Guión

 

RIVALES A MEJOR PELICULA

Picnic

La rosa tatuada

Escala en Haway

La colina del adiós

 

Miradas de Cine © 2002-2003

Historia de un carnicero

Del mismo modo que la invención del sonido llevó a un buen número de realizadores teatrales al cine, la época dorada de la televisión americana, y más concretamente de las live plays y las series (estamos hablando de los albores de los años cincuenta), propició el ingreso en el cine de una generación de realizadores que renovaron el panorama del país, en una etapa en la que se intuían futuros movimientos rompedores en diferentes cinematografías foráneas. De esta generación estadounidense destacan nombres como John Frankenheimer, Sidney Lumet (prácticamente el único de ellos con una carrera más o menos activa en el cine actual), Robert Mulligan, Martin Ritt, Arthur Penn, o Delbert Mann, director del film que nos ocupa.

Uno entre las decenas de shows en directo de una hora que Mann realizó para TV fue Marty, historia de Paddy Chayefsky que en la pequeña pantalla protagonizó Rod Steiger, y que alcanzó gran éxito de audiencia. Cabe recordar que en esta época, los años cincuenta, la televisión aún no había caído en el pozo de la búsqueda del beneficio económico a cualquier precio, y obras de las características de Marty demuestran que este medio permitía acercar historias cotidianas, sobre personajes que parecen extraídos de la sociedad de la época, a un gran número de personas. De hecho, no es casual que cineastas como Roberto Rossellini o Jean Renoir se mostrasen muy ilusionados con el inicio de la televisión en Europa, para la que soñaban unos usos que, lamentablemente, poco se parecen a los actuales circos de vulgaridad alienante en los que se han convertido, en general, las diferentes cadenas.

El propio Chayefsky, profundo conocedor del medio, se dedicará a destapar los malolientes entresijos de la televisión, y su degeneración progresiva, desde el guión de Network (íd., 1976), un profético film cuya realización firmó Sidney Lumet. Chayefsky, a quien ya se pudo ver en los cuarenta ejerciendo labores de actor muy secundario en Doble vida (A Double Life, 1947; George Cukor), film no especialmente plausible, se convirtió en un guionista de inusitado éxito en su país, tanto en TV como en el cine (tres Oscars conseguidos) y ha estado casi siempre asociado, en sus incursiones en la gran pantalla, con directores de currículum televisivo (además del citado Lumet y de Mann, con quien Chayefsky volvería a colaborar en un par de ocasiones, también vio sus textos adaptados por gente como Arthur Hiller), e incluso Ken Russell abordó una novela suya (Altered States, en 1980), si bien, a la vista del resultado, Chayefsky decidió declinar toda responsabilidad en el libreto, finalmente firmado bajo el seudónimo de “Sidney Aaron”.

La versión cinematográfica de Marty, fechada en 1955, contó con el mismo guionista (Chayefsky), y el mismo director (Mann) que su versión televisiva, si bien el rol principal recayó en Ernest Borgnine (un actor magnífico al que tuve el horror de descubrir recientemente como invitado estelar en Walker Texas Ranger, teleserie al servicio del impresentable Chuck Norris, pero del cual se ha acordado –y justo es reconocerlo– Sean Penn para protagonizar el segmento dirigido por él e incluido en el film colectivo, estrenado por la puerta de atrás, 11.09.01). Siempre es un placer ver actuar a Borgnine, y en este caso se hace doble, pues en su carrera no abundan los papeles de protagonista absoluto, como lo es aquí. El actor da vida a Marty, un carnicero del Bronx neoyorkino que vive en un pequeño piso con su madre, y al que todos sus clientes y conocidos aconsejan casarse (haciéndole breves comentarios, en apariencia banales, pero que pueden llegar a herir profundamente). El guión nos adentra en el mundo de los italoamericanos residentes en Nueva York, mostrándonos sus problemas particulares, sin olvidar temas tan universales como la soledad, la presión del entorno social, o las nuevas formas de divertirse de la juventud. Todo ello con respeto y humildad, y, sobre todo, con un auténtico interés, apreciable en cada fotograma, de acercarse al interior de unos personajes que son la antítesis de cualquier modelo arquetípico de “triunfador social”. Son personajes a través de los cuales se nos muestra aquello que Miguel de Unamuno denominaba “la intrahistoria”, un concepto interesantísimo que, por cierto, y al igual que el pensamiento de su autor, merecería ser rescatado del olvido general en el que se encuentra. En este punto, voy a aprovechar para reivindicar la adaptación unamuniana llevada a cabo por Miguel Picazo en La tía tula (1964), con el protagonismo de una impresionante Aurora Bautista (la cita al film de Picazo no es gratuita: hay similitudes entre el tono de ésta y el de Marty).

Tras ser rechazado telefónicamente por una conocida, y de ser ignorado por otra mujer en una sala de baile (secuencias concebidas con gran sensibilidad), Marty conoce, por casualidad, a Clara (Betsy Blair, protagonista, al año siguiente, de la Calle Mayor de Juan Antonio Bardem), una chica con la que puede hablar y estar a gusto, y a la que sus amigos consideran "un perro". Aunque puede que haya exceso de diálogos entre ambos, su relación incluye escenas tan estupendas como el momento en el que Marty debe elegir entre una juerga desmadrada con sus colegas o seguir con aquella mujer, o el instante en el que se decide a besarla, genialmente interpretado e iluminado (Joseph LaShelle fotografiando). También destaca el impasse en el que un indeciso Marty duda si será mejor volver a llamar, o no, a la chica, y el realizador inserta un lento y emocionante travelling que la muestra a ella sentada en el salón de su casa, aguardando a que suene el teléfono, y con el que se nos hace una descripción concisa y precisa de la situación familiar del personaje.

Marty, detallista relato en primer término sobre personajes secundarios del cine y de la vida (siempre según una cierta forma de pensar y de organizarse socialmente, claro), resultó premiado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes, convirtiéndose en el primer filme norteamericano en conseguirlo, y también con el Oscar a la mejor película, al mejor guión y al mejor actor, además del premio de la Academia al mejor director para Mann, premio que no considero muy justo pues, tratándose de un apreciable debut en la dirección, el trabajo de Mann transmite algunas inseguridades que no aparecen en las labores de David Lean (nominado ese año por Locuras de verano/Summertime), Elia Kazan (candidato por Al este del Edén/East of Eden), o incluso el Joshua Logan de Picnic.