| 1951 • UN AMERICANO
EN PARIS (An American in Paris, Vicent Minelli) |
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I Got Rhythm!El musical es un género que desde siempre ha pirrado a la Academia. Permitía a los grandes estudios mostrar su incuestionable poderío, haciendo alarde de los fabulosos profesionales que tenían en plantilla: esmeradísimos diseños de producción, imaginativos vestuarios y sorprendentes decorados, interminables coreografías, “¡Broadway en pantalla grande!”, edulcoradas explosiones de optimismo y toda una constelación de grandes compositores dotando de vida al conjunto. West Side Story (id., 1961) –me niego a referirme a ella por la cursi traducción de Amor sin barreras–, My Fair Lady (id., 1964) –no se lo pierdan... en algunas bibliografías todavía consta como Mi bella dama- o Sonrisas y lagrimas (The Sound of Music, 1965) –no se qué son peores: si las traducciones textuales o las “creativas”–, sin olvidar a Gigi (id., 1958) –un musical simpático pero nada glorioso, aunque les sirvió para recompensar al agraviado Minnelli, enmendando (parcialmente y a destiempo, como es norma de la casa) el no haberle dado el oscar al mejor director por la película de la que les hablaré a continuación (1)–, demuestran que eso de soltar gorgoritos y dar saltos entre tramoya naíf asegura un porrón de nominaciones. Tras años de sequía, parece que el musical vuelve por sus fueros: Woody Allen nos demostró que no es necesario que tus actores sepan siquiera cantar (Todos dicen I love you (Everyone Says I love you, 1996)), a Kenneth Branagh se le fue un poco la pelota en la irregular Trabajos de amor perdidos (Love’s Labour’s Lost, 2000), Lars Von Trier hizo el musical más triste de la historia del cine (Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, 2000) y la petarda de Baz Luhrmann nos mareó con su Moulin Rouge (Moulin Rouge!, 2001). Y ni que decirles tengo de la posibilidad de que este año Chicago (id., 2002) le amargue la fiesta al bueno de Scorsese... Volvamos con nuestro director, Vincente Minnelli (sí, el papá de Liza). Junto con Stanley Donen, el director de musicales por antonomasia (al menos en la dorada década de los cincuenta). Aunque Minnelli era mucho más que eso... de hecho me atrevería a decir que lo suyo, de verdad, eran los melodramas. Aviso para navegantes: Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952), Como un torrente (Some Came Running, 1959), Con él llegó el escándalo (Home From the Hill, 1960) y Dos semanas en otra ciudad (Two Weeks in Another Town, 1962) componen una tetralogía indispensable: os descubrirán al rey del “melo”, muchísimo más agudo e iconoclasta que en la mayoría de sus musicales. Ah, pero es que Un americano... no es un musical cualquiera. Junto con Melodías de Broadway 1955 (The Band Wagon, 1953) representa la cima, la culminación de un estilo... de SU estilo. Y es que cinco planetas se alinearon (MGM-Minnelli-Gershwin-Kelly-Gibbons) en una memorable e irrepetible conjunción astral. La trama –como casi siempre, licencia poética del género– es reducida, meliflua, mínima. Gene Kelly (que aquí hace de actor, coreógrafo y bailarín, versátil que era el chico) quiere triunfar en el mundillo del arte y cultiva su sueño en un París de tarjeta postal, sobreviviendo en una destartalada buhardilla de Montmartre. Allí se gana a todo el vecindario con su arrebatadora personalidad –claro, es americano... ¡qué simpáticos que son estos tipos!– demostrándonos que los personajes de los musicales tienen un inverosímil don de gentes. Entre sus más íntimos –de diferente sexo y condición– destaca una caza talentos algo viciosilla que se fija más en sus caderas que en sus dotes pictóricas (¡ay, la carne!). Halagado por sus atenciones (y por su dinero, pues es americano pero no del todo tonto) termina entablando con ella una relación a lo William Holden-Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), vista el año anterior a ésta. Pero el amor siempre termina triunfando (¿o qué os pensabais, descreídos?) y acaba trabando relación con Leslie Caron, una chiquilla encantadora, que está como un queso y que por supuesto... tiene novio (¿veis? ¡Real como la vida misma!). Para más inri, el novio es uno de los mejores amigos del propio pintor... ¡menudo lío! ¡El sueño de una noche de verano a orillas del Sena! Todo nos conduce de manera inevitable hacia un final apoteósico. Uno de los homenajes definitivos que el cine le ha hecho a la pintura, la danza y la música en general: «con la apoyatura sonora de Gershwin, los lienzos de Van Gogh suceden a los de Renoir, y los de Toulouse-Lautrec a los de Rousseau, en un endiablado torbellino de formas, sonidos, actitudes, luces, volúmenes y manchas de color. Los escenarios –asombrosamente cambiantes– se llenan y vacían de un pueblo festivo y vital, un pueblo de soldados y bailarines, de hombres que transitan casi mecánicamente por la Plaza de la Concordia de Dufy, se alegran con el exotismo luminoso del “Zoo” de Rousseau, o se impregnan del lirismo sosegado y umbroso del “Muelle de las Flores” de Renoir. Penetramos el encanto viejo del Montmartre de Utrillo, en tanto que el guignol tiene un fugaz recuerdo para los clowns de Rouault y la fachada de la Opera se ilumina, de noche, mientras surcan el cielo las retorcidas quimeras de Van Gogh. El “Moulin Rouge” de Toulouse-Lautrec descubre la espesa voluptuosidad de sus entrañas para que Gene Kelly se transforme en un frenético Valentin le Desosé, ante la mirada vigilante de Aristides Bruant”. (2) Un arrebato: media hora radical, hermosa y rupturista, inédita en el cine más comercial (a excepción, quizás, de lo que habían hecho Powell y Pressburger en Las zapatillas rojas (The Red Shoes, 1948)). Minnelli hace lo que le da la gana y... gana. Porque hubo un tiempo –no muy lejano– en que el oscar a la mejor película iba a parar a buenos films, en justa lid con otras no menos geniales competidoras; sin ir más lejos: Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire), Quo Vadis, Decisión al amanecer (Decision Before Dawn) o Un lugar en el sol (A Place in the Sun).
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