Miradas de Cine 1966 • UN HOMBRE PARA LA ETERNIDAD
(A Man for All Seasons, Fred Zinnemann)
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Por María Villalva
Cartel de la Película

Columbia, 1966. Dirección: Fred Zinnemann. Productor: Fred Zinneman. Guión: Robert Bolt basado en su pieza teatral homónima. Fotografía: Ted Moore. Música: Georges Delerue. Dirección artístiva: Terence Marsh. Montaje: Ralph Kemplen.Intérpretes: Paul Scofield (Sir Thomas Moore), Wenby Hiller (Alice Moore), Leo McKern(Thomas Cromwell), Robert Shaw (Rey Enrique VIII), Orson Welles (Cardenal Wosley), Susannah York (Margaret Moore), Nigel Davenport (Duque de Norfolk), John Hurt (Richard Rich), Vanessa Redgrave (Anne Boleyn).

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Película

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La gran prueba

Entre el conjunto de películas que tratan el tema de la integridad moral de un personaje, que lucha y llega incluso a morir por mantenerse en su postura ideológica o ética, hay que incluir Un hombre para la eternidad. El hecho de que nuestro tiempo sea más bien la vía media la que prima, el adaptarse a las circunstancias, hace difícil de entender el mensaje del film, pues su carga religiosa ha quedado hoy obsoleta, hasta el punto de no entenderse la tolerancia que lleva oculta o lleva implícita la actitud del protagonista, y que corre el riesgo de interpretarse como simple tozudez católica que su canonización ha favorecido.

En cualquier caso, la cabezonería de personajes (recuérdense Galileo / Ídem, 1975. Joseph Losey, Gandhi / Ídem, 1982. Richard Attenborough, Caballero sin espada / Mr.Smith Goes to Washington, 1939. Frank Capra) que se obstinan en oponerse a algún tipo de autoridad que va en contra de sus principios, tiene un valor ético, el de la resistencia del pensamiento individual frente a la sociedad; es su rebelión contra las constricciones científicas, ideológicas o éticas lo que está en la base del argumento de estas películas.

La película de Zinnemann, basada en la pieza teatral de Robert Bolt (A Man for All Seasons), nos introduce en las circunstancias vitales del personaje de Tomás Moro, sin narrar su proceso de ascenso social, sino presentándolo ya en su puesto de juez benévolo e imparcial; su resistencia al soborno revelará no sólo su actitud ante la vida, sino la de los pequeños individuos arribistas de su entorno, que delatan la corrupción general del momento y, de modo más universal, la de la naturaleza humana. El afán de riquezas de uno de estos seres insignificantes, su traicionero protegido, Richard Rich (John Hurt), y el desdén hacia ellas que pone de manifiesto Tomas Moro, se plasman visualmente en la secuencia de la barca sobre el río, en la que el Támesis se convierte en una metáfora de la vida y de su placidez engañosa, pues conduce hacia la muerte, la tranquilidad e inmovilidad que connotan los paisajes representan visualmente la actitud del protagonista, espléndidamente interpretado por Paul Scofield.

Si bien la religión permaneció como el centro de la vida de Tomás Moro, desde su formación eclesiástica, sus numerosas aportaciones personales al pensamiento religioso, y, más ampliamente, ético, son muy cercanas a las inquietudes de nuestro tiempo, y el film hubiera sido más interesante si se hubiera hecho eco de ellas. Su utopía de un mundo justo, donde los seres humanos pudieran defender sus opiniones y mantener su integridad, contemplaba favorablemente la pluralidad religiosa y la eutanasia; su idea de que el divorcio era posible sólo en caso de mutuo acuerdo, y no por razones que fueran en perjuicio de los derechos de la mujer (por ejemplo, la esterilidad que alegaba Enrique VIII) es en último extremo, lo que le lleva a la muerte. Es una lástima que no incida más la película en el pensamiento de Moro, en la importancia que otorgaba a la razón y a la dignidad humana, o en sus relaciones con Erasmo. Sin embargo, en todos sus enfrentamientos verbales está implícita la fuerza del diálogo como instrumento de defensa y de lucha ideológica; pese a todo, su deseo de mitigar los males de la sociedad, no tendrá por respuesta sino el silencio, la cerrazón y la muerte, como aún ocurre en nuestros días.

La connivencia con el sistema de personajes insignificantes o poderosos, ambiguos o mezquinos no logrará amargar la vida del protagonista, pero sí la de sus familiares, menos íntegros y meditativos que él. Zinnemann narra de manera sencilla e impecable el proceso, lleno de trampas, que le lleva a ser canciller de Inglaterra y que desembocará en su calvario y en su rechazo de Enrique VIII como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Destacan la interpretación de Orson Welles, como el decadente cardenal Wolsey, así como la de los personajes femeninos (Wendy Hiller y Susannah York), que encarnan a Alice Middleton, la segunda esposa de Moro y la hija de ésta); la espontaneidad de Robert Shaw en su composición del personaje de Enrique VIII suple algunas carencias a la hora de perfilarlo; por último, hay que señalar la aparición en los inicios de su carrera cinematográfica de una Vanessa Redgrave como Ana Bolena, que se reduce, por desgracia a un único plano. Las cualidades de esta cinta sobre un pionero de la tolerancia religiosa, le hicieron merecedora de seis Oscar: mejor película, mejor director, guión, vestuario y fotografía, además del premio al protagonista por su interpretación.