| 1977 • ANNIE HALL (Annie Hall, Woody Allen) |
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Ha nacido una estrella1977 ha pasado desapercibido en la historia del cine americano y de los Oscars como un año mediocre, a pesar de lo cual yo pienso que fue el año más trascendente para la industria (y arte) cinematográfica por dos motivos. Uno, el que ha pasado a la historia del cine y que supuso un cambio decisivo, para bien o para mal, y una nueva era en la historia de este arte: el estreno de La guerra de las galaxias (Star wars, Georges Lucas). Obtuvo 11 nominaciones al Oscar, de los cuales ganó sólo los de las categorías técnicas, 6 más uno especial. El otro, el que me parece más importante, fue el año en el que el más importante creador de la historia del cine encontró el rumbo por el que encauzar la mejor filmografía que haya tenido nadie. A muchos parecerá exagerada esta afirmación. A mí en absoluto. Woody Allen es el director de Manhattan (íd., 1979), Hannah y sus hermanas (Hannah and her Sisters, 1986), Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997), Todos dicen I love you (Everyone Says I Love You, 1996), Zelig (íd., 1983), Interiores (Interiors, 1978) , La rosa púrpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985),... ¿necesito continuar?. A partir de Annie Hall habrá hecho tres películas que no sean buenas (la peor, la última). Compárese su regularidad en la cima de la calidad con Ford, Hitchcock, Welles o Bergman. Todos estos tienen tantas obras maestras como Allen, pero tienen películas para mi gusto peores que las peores de éste, y en casi todos los casos en filmografías muy amplias (salvo Welles). También puede que sea cierto que las mejores películas de éstos sean mejores que las mejores de Allen, pero el nivel medio es insuperable. Si yo tuviera que salvar solamente la filmografía de un director, sería la de Woody Allen (y lo sentiría mucho por muchos otros). Muchos aducirán que es repetitivo temática y estilísticamente, que se ha pasado su carrera haciendo la misma película con pequeñas variaciones, con los mismos personajes en situaciones similares, etc... Yo sólo puedo responder de una manera: repasen la lista anterior. Woody Allen ha sido fiel a una idea, coherente; sus películas quedaran para siempre como el retrato de la sociedad de fin de siglo XX, urbana, neurótica, insatisfecha. Por supuesto, cualquiera que opine lo contrario tendrá tanta razón como yo. Esa es la ventaja del arte. Allen comenzó a los 17 años escribiendo artículos cómicos y chistes para números de Nigth-Clubs, revistas de Broadway, guiones para programas de televisión, etc… que con los años comenzaría a interpretar. Estos episodios de su vida están reflejados en Annie Hall. Tras escribir dos obras de teatro con gran éxito en Broadway y firmar asiduamente en revistas como “life” o “playboy” el cine le abre sus puertas como actor y guionista con ¿Qué tal, Pussycat? (What´s new, Pussycat?, 1965). En 1969 dirige su primera película, la divertidísima Coge el dinero y corre (Take de money and run). Sus siguientes cuatro películas, sucesiones de sketchs más o menos logrados, obtienen bastante éxito aunque no dejan de ser prolongaciones de su faceta de cómico de club nocturno, que le sirven para ir adquiriendo manejo y soltura. En Stardust memories (1980) parodiaría esta etapa de su carrera (a su personaje le espetan continuamente sus admiradores que les encantan sus películas, sobre todo las primeras, las cómicas). Sin embargo su mayor éxito de esta época sería la adaptación de su obra de teatro Play it again, Sam (Sueños de un seductor, Herbert Ross 1972), que no le dejaron dirigir aunque suyo era el guión y protagonismo. Yo jamás me he reído tanto con ninguna película como con ésta. Por eso en 1977, un año sin grandes películas, la academia americana decidió premiar el cambio de rumbo en su carrera que supuso Annie Hall. Sin dejar el tono de comedia, a veces desternillante, y sin deshacerse tampoco de la estructura un poco deslavazada de sus primeras películas, Woody realizó el más certero retrato realizado hasta entonces sobre la gente corriente y sus relaciones interpersonales (aunque posteriormente él mismo lo ha superado en múltiples ocasiones), con un trasfondo doloroso y amargo (a veces ha dicho que hacer comedias es tan divertido como cortarse una pierna con una sierra mecánica). La superficialidad de sus anteriores películas da paso a un certero estudio de los caracteres de la pareja protagonista, aunque los secundarios aun están un tanto estereotipados y lejanos a las antológicas creaciones de Hannah y sus hermanas o Desmontando a Harry. Están muy trabajadas las situaciones, las relaciones personales, y el estilo del autor. Personajes urbanos, con la ciudad muchas veces tan importante como los personajes, inseguros, con carencias afectivas o emocionales, para los que la soledad es impensable y la convivencia, imprescindible y a la vez imposible. Es curiosa la forma que tiene de introducirnos y contarnos la historia. Woody aparece hablando directamente a la cámara diciendo que Annie le ha dejado y que va a contar la historia de su relación. Y así de simple es lo que nos cuenta. Como se conocieron, sus buenos y malos momentos, y como se separaron. No tienen nada especial, son una pareja normal, sus relaciones son más o menos normales, su vida no es distinta de la tuya y la mía. Conocemos a sus familias, sus amigos, sus trabajos, y nos sentimos retratados en ellos. Entonces, ¿dónde está el interés? Pues yo creo que precisamente ahí, en que muy pocas veces nos habían contado la historia normal gentes como nosotros, de una manera tan profunda, cercana y sincera. Yo me siento parte de esta película. Podría ser protagonista de alguna de esas historias. Su análisis casi entomológico nos sitúa ante nosotros mismos, nuestras miserias, cinismo, neuras y contradicciones. Nos ayuda a conocernos. Son antológicos esos momentos brechtianos en los que se dirige a cámara dando su opinión acerca de lo que sucede a su alrededor (como cuando un pedante está dando la murga a una tía detrás de él hablándola de cierto pensador, y entonces Allen le saca de la ficción y le pone delante de ese pensador para que este le diga que está equivocado; al final Allen mira a cámara y nos dice: «¡ojalá las cosas fueran así de fáciles!»); o aquéllos en los que se pone a encuestar a la gente por la calle, o estos le informan acerca de Annie. Estas rupturas de la narración le sirven para introducir aspectos subjetivos en la descripción de las situaciones y relaciones, frente a la objetividad de la narración directa. La pareja protagonista estuvo nominada al oscar de interpretación. Diane Keaton lo ganó con merecimiento, bordando el papel de joven moderna de aspecto independiente pero repleta de fobias e inseguridades. Recuerden la secuencia en la que llama a Allen a su casa para que mate a una araña y la conversación que tienen en casa de ella. Solo por ella ya está justificado el premio. Allen por su parte no me convence tanto, puesto que me parece un poco sobreactuado (la escena inicial en la que sale presentando la película, gesticulando exageradamente como si estuviera dando un recital en un club es un ejemplo), aunque con el paso de la cinta está cada vez más contenido. Mucho mejor estará en Manhattan, Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) o Desmontando a Harry. A nivel personal, me resulta curiosa la aparición de mi admirado Paul Simon en su estreno como actor (no ha hecho mucho más), en el papel de productor musical californiano (el pobrecito es de New Jersey) de infinito ego. Además de mejor película, director y actriz, la película logró el oscar al mejor guión original escrito entre Allen y Marshall Brickman, colaborador habitual de Allen en esa época. Sin estar entre los mejores del genio, con algunos fallos de continuidad que hereda de sus anteriores películas, contiene algunos grandes hallazgos como los antes comentados y varias frases antológicas de esas que tienen habitualmente sus películas. A recordar cuando Diane Keaton dice mientras recorren Los Ángeles «¡qué limpio está todo!» y Allen responde «aquí no tiran la basura; la guardan y la convierten en programas de televisión». Deberían esculpirla en el frontispicio de nuestras cadenas nacionales (por cierto, no os perdáis la columna mensual de esta revista “los programas de la tele” en la sección “media”). Sin duda, el gran derrotado en ésta y otras muchas ediciones de los oscars fue el genio de la fotografía Gordon Willis. Sólo ha sido nominado dos veces (por Zelig y El padrino III / The Godfather, part III, 1990 de Francis Ford Coppola), siendo para mi gusto el mejor operador americano de los 70 y 80, iluminando muchas de las primeras películas de Allen además de los tres "padrinos” entre otras. En esta no hace uno de sus mejores trabajos, pero aprovecho para reivindicar uno de los mejores profesionales americanos y que más injustamente han sido tratados. A pesar de las muchas nominaciones, Allen no acudió
a su cita con el muñegote dorado. Prefirió quedarse tocando
el clarinete en su club habitual. La academia nunca le ha perdonado este
desaire muchas veces repetido, ni la dureza de muchas de sus películas
(a pesar de ser comedias en general), ni su completa independencia y desprecio
al juego del glamour y el servilismo (al menos hasta hace tres
o cuatro años). Una de las razones por las que no me gustan estos
premios es cómo han ignorado casi toda su carrera (al igual que
la de muchos otros grandes genios de antes y de ahora) merecedora de haber
estado en lo más alto al menos en otras 7 u 8 ocasiones más. |