| 1980 • GENTE CORRIENTE (Ordinary People, Robert Redford) |
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Una postal en descomposiciónOtoño. Arboles idílicos, lagos de aguas tranquilas en un paisaje idílico y el "Canon" de Pachenbel como fondo, nos anuncian un marco de ensueño donde es imposible no ser feliz. Un perfecto coro de jóvenes, de un no menos perfecto colegio, pone voz a la melodía y conforma una postal apacible y sosegada. Redford, eligió para su debut en la realización, esta historia aparentemente amable que a medida que transcurre, tras ese prólogo canónico, se vuelve más incómoda para el espectador, se vuelve autopsia de una sociedad americana, que tras la postal de las clases medias altas, está en descomposición. Gente corriente ganó un buen puñado de Oscar de la cosecha del 80, y siendo como es una excelente película (la mejor para mi gusto de su director), se le ha venido asociando con el grupo de películas endebles sobre núcleo familiar, que en esos años solían acaparar estatuillas (en todos los aspectos, éste es un film mucho más sólido y perdurable que la muy endeble Kramer contra Kramer / Kramer Vs. Kramer, 1979. Robert Benton / y la menos consistente aún y lacrimógena La fuerza del cariño / Terms of Endearment, 1983. James Brooks). Redford nos describe en primer término a esas clases acomodadas, a la burguesía americana, que llena sus vacías vidas con veladas teatrales que representan sus propias miserias, fiestas insustanciales, y torneos de golf. Un mundo donde todo debe ser perfecto, donde no debe haber manchas, un concurso de escaparates. En definitiva, un mundo en el que todo encaja a la perfección, al menos que... Al menos que haya problemas, al menos que una desgracia, ensucie el cristal de ese escaparate. En el primer desayuno de esa familia perfecta, asistimos ya al primer indicio de que no todo es felicidad en la familia Jarred. Una reacción ilógica y desproporcionada de la madre, deja entrever la preocupación profunda de un padre (es sin duda éste, el mejor trabajo en cine de Donald Sutherland) y el extraño comportamiento de un hijo que se resiste a llamar a un psiquiatra. El personaje de Conrad, interpretado con una madurez asombrosa por Timothy Hutton (en un debut oscarizado), es el de un adolescente atormentado por una misteriosa culpa que Redford tarda en desvelar. Conrad va desgranando su pasado en su interacción con el resto de personajes del relato, en ese monólogo de forzada normalidad que tiene consigo mismo en el ascensor, en esas cenas claustrofóbicas filmadas en plano general y perspectiva central de él con sus padres, y sobre todo en sus charlas con ese psiquiatra entrañable encarnado por Judd Hirsch (es muy indicativo en la primera aparición de éste, como Redford muestra la ruptura de esquemas que el psiquiatra representa para Conrad, con la apertura de la puerta de acceso que el chico no espera). Sin embargo, además del de Conrad, es el personaje de Mary Tyler Moore el más rico en matices. Una madre amante de lo perfecto, de las navidades de Dickens, de la belleza de los niños en Halloween, y de los hijos como valor material con los que competir con el resto de madres del vecindario, incapaz de afrontar siquiera la palabra problema, incapaz de superar la muerte de su primogénito, y a raíz de este hecho, con una ausencia de cariño total (y de comunicación) hacia el vástago que sobrevivió a un terrible accidente, y que además hundido en la culpa propia, intentó suicidarse poco después. En este aspecto, cabe destacar la nada superficial visión que del suicidio adolescente dió Redford y el texto en el que se basa el film (fue una de las primeras películas en tratar este tema en el cine americano), llegando a las causas más profundas de éste, y a los condicionantes internos y externos que pueden producir la toma de ese camino. Conrad, sufre la pérdida de su hermano, culpándose de su muerte, sin poder perdonarse el no haber intentado salvarle, y sin recibir ayuda por parte de nadie para mostrarle el error en el que se encuentra. Con un padre fuera de juego y una madre que prefiere borrar de su vida todo lo que no se puede mostrar en ese escaparate vecinal, sus opciones son muy escasas (el chico asegura preferir la vida en el hospital tras su intento de suicidio, a la real). Los gritos de socorro que lanza en forma de desesperadas llamadas a su madre o ladridos y que esta ignora, no son escuchados llega a decir: "Mi madre jamás me perdonará que ensuciase sus toallas y sus azulejos. Las manchas de sangre son muy difíciles de limpiar ". A este rechazo materno brutal, hay que añadir el peso de su autoculpa y el vacío con el que vive el día a día, siguiendo la estela imborrable que su hermano dejó entre sus amigos (si era el hermano de Buckie, y Buckie ya no existe ¿quién es él?). Pero Redford aprieta, y no ahoga, y la aparición de Elizabeth McGovern y la catarsis final producida por el suicidio de una compañera de hospital, darán al final a Conrad, la oportunidad de salir del abismo y afrontar de cara, su triste situación familiar y su culpa. Tampoco cae el film en la autocomplacencia, puesto que en una escena magistral, al final ya del film, Donald Sutherland, muestra en su desgarro ("Mi hijo había muerto, yo estaba roto y a ti lo único que te preocupaba era el color de los zapatos que tenía que llevar en el entierro"), la verdadera cara de esa mujer con la que ha compartido tantos años de matrimonio y que tampoco es presentada como un monstruo, sino como simplemente alguien que no puede ya volver a amar después de haber enterrado el amor que una vez dió . Es una escena en penumbras, dura y concisa, de reflexiones en voz alta, que tiene su contrapunto en la grua que cierra el film, abriéndose a partir del abrazo final entre padre e hijo (hermoso) en un jardín que sin hojas se ha quedado más pequeño. La luminosa mañana que se alza en ese punto (al igual que la que precede a un desayuno de navidad con la chica a la que quieres), las lagrimas ahogadas en un grito de amor por fín correspondido, vaticinan una felicidad no completa ni perfecta, conseguida en base a pagar un alto precio, desangelada como las ramas de los árboles del jardín. Eso sí, nunca más artificial, nunca más de postal. Sincera. |