Miradas de Cine 1999 • AMERICAN BEAUTY
(American Beauty, Sam Mendes)
  Miradas de Cine
Sumariotop
Por Diego Calleja
Cartel de la Película

DreamWorks SKG, 1999. Director: Sam Mendes. Productores: Bruce Cohen and Dan Jinks. Guión: Alan Ball. Fotografía: Conrad L. Hall, en color Deluxe. Música: Thomas Newman. Montaje: Tariq Anwar. Duración: 121 min. Intérpretes: Kevin Spacey, Annette Bening, Thora Birch, Wes Bentley, Mena Suvari, Peter Gallagher, Allison Janney, Chris Cooper.

SUS PREMIOS OSCAR

Película

Dirección

Actor (Spacey)

Guión original

Fotografía

 

RIVALES A MEJOR PELICULA

El dilema

Las normas de la casa de la sidra

El sexto sentido

La milla verde

 

Miradas de Cine © 2002-2003

Interiores

Aunque ya hace cuatro años que se estrenó esta interesante película del debutante Sam Mendes, todavía permanecen frescas en mi memoria las sensaciones con las que abandoné el cine después de verla.

Había acudido a la proyección con el prejuicio malsano de saber que el film tenía todas las papeletas para ganar el Oscar a la mejor película (hay años en los que los rumores sobre el asunto son demasiado insistentes y certeros, lo que acrecienta las dudas sobre cómo funciona este tinglado hollywoodiense). El recibir machaconamente el mensaje de que una película es genial, magnífica, maravillosa, excelente, impecable, o incluso perfecta, ejerce en mí un efecto inversamente proporcional a la longitud de la sonrisa de los tipos que me dan el mensaje. Así que aquella lluviosa tarde de febrero me encaminé al cine con las uñas sacadas, esperando que American Beauty fuera un rollo de mucho cuidado para poder maldecir una vez más el engaño que son los premios Oscar y poder dormir con la certeza de ser un tío estupendo que no se deja seducir por la publicidad.

Pero mi primera impresión fue la de hallarme ante una excepción, una rareza en el glamouroso mundo de las grandes superproducciones, que me hizo dudar mucho sobre la posibilidad de que a la película le dieran Oscar alguno. Allí, en la pantalla, no aparecían ni trajes de época, ni transatlánticos resquebrajados, ni la vasta sabana africana... ¡La DreamWorks apenas se había gastado dinero y esperaban ser recompensados con el premio más importante del cine mundial!

Además, el contenido de la cinta era claramente opuesto a los ideales de la nación americana, por no decir anticonstitucional. El orgulloso espíritu yanqui era objeto de mofa, burla y escarnio.

Y es más, para colmo la película presentaba varios pasajes extraños de difícil comprensión e interpretación, ¿y no era uno de los requisitos para ganar el Oscar un guión sencillo, claro y diáfano como un cielo de verano, sin ambigüedades ni elementos abstrusos? ¡Válgame el cielo! ¡Cómo podían pensar en premios!

Al poco del salir del cine me convencí, sin embargo, de que exageraba en mis apreciaciones. Aunque los últimos premios de la academia, me habían resultado, dentro de su espectacularidad, bastante decepcionantes (alguno era espectacularmente decepcionante), también era cierto, que varios de los films que más me habían impresionado en mi vida habían ganado el Oscar. Si uno contempla atentamente la larga lista de los ganadores de las preciadas estatuillas, se da cuenta enseguida de la heterogeneidad que existe. ¿Cómo es posible que dos películas tan cercanas como Hamlet (Hamlet, 1948. Laurence Olivier) y Shakespeare in love (íd., 1998. John Madden) se parezcan como el día y la noche? ¿Qué tienen en común Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965. Robert Wise) y Cowboy de medianoche (Midnight Cowboy, 1969. Joel Schlesinger)? ¡Sólo distan cuatro años la una de la otra! ¿Hay alguna semejanza entre El Padrino (The Godfather, 1972. Francis Ford Coppola) y Annie Hall (íd., 1977. Woody Allen) aparte de que en ambas interviene Diane Keaton? La conclusión es que en este mundo de los Oscar no hay reglas fijadas de antemano, y por ello mismo American Beauty podía hacerse con el mismo galardón que El apartamento (The Apartment, 1960. Billy Wilder) o Sin perdón (Unforgiven, 1992. Clint Eastwood).

Al fin y al cabo, la película ya había obtenido varios premios importantes en su propia patria, y por muy denigrante que fuera el retrato que hacía de la clase media americana, hay que recordar que los Estados Unidos se denominan a sí mismos el país de las libertades (¿por qué se nos olvidará esto tan a menudo?), cada uno es muy libre de opinar como quiera y de criticar lo que le venga en gana. Además, un poco de autocrítica siempre mejora el carácter.

Y lo más importante de todo, guardé las uñas en su estuche y reconocí que la película me había gustado bastante. Desde ese principio desconcertante y enigmático con un muerto como narrador (para algunos, plagiado de El crepúsculo de los dioses/Susnset Blvd. 1950, Billy Wilder), repasando felizmente los últimos momentos de su vida, presentí que me lo iba a pasar bien durante dos horas. Y así fue.

El matrimonio entre Lester (Kevin Spacey), un editor cuarentón, y Carolyn (Annette Bening), una neurótica agente inmobiliaria, aparenta ser una sólida unión en la consecución de unos objetivos comunes tradicionalmente americanos: la casa en una zona residencial, el necesario coche, y la hija adolescente a la que se intenta inculcar un modelo de vida similar, que a su vez transmitirá a las nuevas generaciones.

Pero la fachada del matrimonio esconde un interior sórdido y destructivo. Marido y mujer sólo saben comunicarse mediante el desprecio, su convivencia se encuentra viciada por años de omisiones y silencio, sus auténticos deseos e ilusiones están amordazados. Su hija Jane (Thora Birch) aguanta estoicamente el fuego cruzado, creciendo a su pesar en un mundo de adultos que se comportan como niños.

Todo eso comienza a cambiar cuando irrumpen en escena una serie de personajes que trastornarán de maneras distintas al trío protagonista.

Lester conoce a la mejor amiga de su hija, Ángela (Mena Suvari) y comienza a sentir una pasión irrefrenable hacia ella que le hará replantearse toda su vida. Decide reconocerse como un ser frustrado que se ha autoengañado de manera miserable. La casa con jardín, el coche, la mujer, su hija... ¿Es eso realmente lo que quería en su vida? Como venganza contra las imposiciones de la sociedad deja su empleo de editor (parece que le echan, pero en realidad se va él), con chantaje incluido al jefe, y se pone a trabajar en una hamburguesería. El deporte y las drogas blandas le ayudarán a recuperar el espíritu juvenil que necesita para ligarse a Angela. Ésa es la verdadera belleza americana.

Las recreaciones de las fantasías sexuales con la menor resultan quizás lo más soso del film, que a pesar de su fama de subversivo no puede liberarse de cierto puritanismo del que en Estados Unidos no se escapa ni el apuntador. La resolución final de la relación entre ambos no hace sino confirmar esos escrúpulos americanos ante ciertos ámbitos de la sexualidad.

Por su parte, la mujer de Lester conocerá a Buddy (Peter Gallagher), un exitoso vendedor que la imaginación de la ingenua Carolyn se transformará en un ídolo. Ante la espantada de su marido de la asfixiante vida familiar y la evidente cercanía del divorcio, Carolyn piensa que ha llegado el momento de echar una cana al aire, y acabará acostándose con Buddy. Sin duda el personaje de Annette Bening es el que más férreamente está dominado por el sueño americano, y es la que más pena da cuando observamos los torpes intentos que realiza por reconstruir su vida, siempre encadenada a unos ideales imposibles. Esplendorosamente descriptiva es la escena en la que se preocupa más de la tapicería del sofá que de las caricias de su marido.

Jane, la estupenda jovencita avergonzada de sus grandes pechos, entrará en relación con Ricky (Wes Bentley), un nuevo vecino, personaje fundamental en la trama, que contagia a padre e hija un nihilismo delictivo que les hará mirar la vida desde una perspectiva peligrosa y atractiva. Este muchacho, ex-drogadicto, traficante de hierba, artista vanguardista (la escena de la bolsa de basura pertenece ya a la antología del cine) y voyeur impúdico, llena la película con su sola presencia y es el hilo conductor de una trama que habrá de conducirnos hasta la muerte anunciada de Lester. Jane, asqueada de la farsa familiar y anhelante de amor, quedará enseguida prendada de Ricky, y juntos planearán una nueva vida sustentada en el crimen. Cualquier cosa mejor que ver a su padre babeando por la zorra de su mejor amiga, o a su madre emulando las hazañas de Barbie Superstar.

Las huidas hacia atrás de marido y mujer, a pesar de ser divertidas y refrescantes, están abocadas al fracaso. Detrás de tanta infelicidad persisten lazos que son difíciles de borrar de un plumazo. Sospechamos que el amor entre Lester y Carolyn merece una revisión, una segunda oportunidad, ahora que son capaces de decir la verdad. ¿Y qué ocurrirá con la pequeña Jane? ¿Se convertirá su plan de fuga en una travesura sin importancia? Las respuestas se quedan para el espectador, pues la intrigante muerte de Lester, no por sabida esperada, hace su acto de presencia rompiendo en mil pedazos las inútiles cábalas que nos pudiéramos hacer sobre los protagonistas.

La belleza americana, los ideales del Tío Sam, se alejan lentamente con la cámara de la zona residencial, mientras la voz de Lester, llena de ironía, se despide de nosotros embargada de felicidad.