Miradas de Cine 1996 • EL PACIENTE INGLÉS
(The Englsih Patient, Anthony Minghella)
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Por José Luis Hurtado
Cartel de la Película

Miramax, 1996. Dirección: Anthony Mingella . Productor: Saul Zaentz. Guión: Anthony Mhingella de la novela homónima de Michael Ondaatje. Fotografía: John Seale. Música: Gabriel Yared. Dirección artístiva: Aurelio Crugnola. Montaje: Walter Murch. Intérpretes: Ralph Phiennes (Laszlo de Almasy), Juliette Binoche (Hana), Willem Dafoe (Caravaggio), Kristin Scott Thomas (Katharine Clifton), Naveen Andrews (Kip), Collin Firth (Geoffrey Clifton), Julian Wadham (Madox), Jürgen Prochnow (Maj. Muller), Kevin Whately (Hardy)..

SUS PREMIOS OSCAR

Película

Director

Actriz secundaria (J. Binoche)

Fotografía

Música dramática

Montaje

Vestuario

Dirección artística

Sonido

RIVALES A MEJOR PELICULA

Fargo

Secretos y mentiras

Shine

Jerry Maguire

 

Miradas de Cine © 2002-2003

Una comparación muy odiosa

El paciente inglés, segunda película del polifacético Anthony Minghella, fue la película del año en 1997, por su éxito y sus nueve Oscars. Cuando yo la ví por primera vez, sin embargo, me llevé una muy desagradable sorpresa. Los premios y la publicidad juegan a veces muy en contra de una película, sobre todo si se trata de vender el producto como algo que no es, y desde luego, este fue el caso.

El paciente inglés, se vendió como la puesta al día y/o recreación del cine épico de David Lean, y claro, decir esto en cine, son palabras mayores, y puede colocar a cualquier película en una situación comparativa demasiado odiosa y de desventaja.

Minghella no es Lean. Esto desde luego lo puede saber cualquiera. Pero no me gustaría hablar sobre las capacidades de uno y otro directores (ambos británicos), sino ya de sus inquietudes y forma de entender la pantalla, casi opuestas.

El paciente inglés se vendió como un film épico (quien tenga alguna duda que recurra al trailer original del film que el DVD incluye), un amor poderoso en tiempos de guerra, con el desierto como escenario de una pasión universal y espectáculo. Y en la película, de eso nada, o al menos, casi nada.

El film fue una producción del modesto Saul Saentz, para la por entonces aún modesta Miramax de los Weinstein (recién adquirida por Disney) y contó con un presupuesto que desde luego tampoco daba para mucho (algunos de los planos del avión sobre la arena, cantan un poco, por no hablar del maquillaje de Ralph Fiennes), pero que se alejaba de Lean completamente, al narrar no una gran historia como se dejaba ver en la promoción, sino una pequeña doble historia.

Una doble historia que englobaba una pasión enfermiza nacida y terminada en el desierto, no en el gran desierto, sino en la pequeña intimidad de la Cueva de los nadadores, pasión íntima y claustrofóbica, y una no menos historia de compasión eutanásica, sita entre los muros de un monasterio de la Toscana al término de la Segunda Guerra Mundial.

Y pienso yo, que parte de los errores del film, se debe al desaprovechamiento de esos escenarios y esos hechos históricos que sí podían haber confirmado la publicidad, y en todo caso, enriquecido la película. Ese desaprovechamiento, se transmitía también a la definición de personajes (si bien, desconozco la novela de Ondatje, en la que se basa el film, que probablemente pudiera ya incluir estas carencias), sobre todo en los escenarios de la Toscana, donde Caravaggio, el soldado Sij o la propia enfermera (una Juliette Binoche descubierta por los americanos con Oscar), cojean en su definición, quedándose en meros arquetipos al servicio de una trama principal que lleva el peso de la película.

No estamos ante un film insustancial, pero sí ante un film pequeño y con muchas menos ambiciones de las que aparenta. Un relato, al que los paisajes de aventura, le hacen cobrar una fuerte descompensación entre lo que cuenta y en donde, cómo y cuando lo cuenta. Una aventura de fantasía desértica, que jamás puede pasar por la complejidad de las grandes historias legadas por Lean al cine.

Y una vez hecha esta disquisición, y en sucesivos visionados del film, ya se pueden apreciar algunas de sus virtudes, que tampoco son inexistentes, sobre todo en el desarrollo de esa maldita escena de amor que acaba en la humedad de una cueva y con dos aviones estrellados.

La como siempre brillante interpretación de Kristin Scott-Thomas (aquí más bella y adúltera que nunca) hace creíble una pasión destructiva de los amantes, con corazón de fuego, que se traicionan.

En este punto, surge el contraste entre las diversas traiciones que el film presenta. Traiciones en tiempo de paz, como las que se hacen los amantes, imposibles de desprenderse de su idea de propiedad, y traiciones en tiempo de guerra, como las que los británicos cometen con Almassy, por no tener un apellido lo suficientemente inglés, y que finalmente provocarán una nueva traición por parte de este, en venganza, que determinará el destino de muchas personas implicadas directa o indirectamente en la guerra (que interesante hubiese sido el mostrar a Hannah y su terrible pérdida, como víctima tambien de esa traición, y no dejar sólo que el anecdótico Caravaggio, llevara el peso de ese punto de la historia).

Pero si el drama personal de Almassy, se vuelve el centro de interés del film, no se puede decir lo mismo de la otra historia de amor, ñoña y mal definida, de Hannah y el artificiero Sij.. Un escape feliz a una historia dramatica, que sin embargo centra su discurso por igual en la propiedad, la privacidad y el destino fatal (materializado en las sucesivas muertes del entorno de Hannah). Eso sí, con mucha menos precisión y acierto, y a veces incluso, como mero relleno del flashback que vertebra en verdad la historia.

Minghella dirige de forma errática, y poco personalizada, pone en escena a Lean (el error comparativo no es pues sólo de los publicistas) cuando no toca (que bonita queda la seda blanca mecida por el viento en el desierto), siendo incapaz de jerarquizar visualmente los elementos verdaderamente importantes del film, diferenciándolos de los secundarios.

¿La falta de experiencia le pasa factura?. Más bien la falta de ambición, o un exceso de la misma.