El onanismo de la gran industria  
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Por Alejandro Díaz
Miradas de Cine © 2002-2003

Que los premios anuales de la Academia de Hollywood (los Oscars) son unos galardones importantes es algo que me parece fuera de toda duda, aunque hay que matizar que dicha importancia tiene que ver, más que nada, con los aspectos comerciales. Por tanto, considero que es ya algo asumido por todos el hecho de que dichos premios no reconocen, al menos actualmente, a las mejores películas que se hacen en Norteamérica (el cine extranjero no existe prácticamente, y cuando lo hace suele ser a través de films formal, temática e ideológicamente cercanos a la mainstream estadounidense). Creo que nadie con un mínimo de capacidad crítica sería tan ingenuo como para pensar, a estas alturas, que la Academia toma la calidad artística como parámetro para evaluar las películas, mientras que todos podemos estar de acuerdo con que una abundante recaudación es lo que abre las puertas de los Oscars a cualquier film, incluso a algunos realmente buenos. Y es que, del mismo modo que no parece sensato considerar que las películas que conquistan la estatuilla asexuada sean, sólo por ello, las mejores de la temporada, tampoco parece lógico rechazar una película o a un director porque haya conseguido ganar uno de estos premios.

Una vez planteado el hecho (creo, repito, que unánimemente aceptado) de que la importancia de los premios Oscar se reduce al campo de lo estrictamente monetario (la inyección de publicidad que suponen, y esa especie de barniz de “prestigio” con el que recubren a los ganadores, suelen acarrear buenos dividendos tanto en la taquilla como en la posterior difusión a través de formatos domésticos), saquemos a la palestra el elemento, a mi modo de ver, más perverso y francamente deplorable de dichos premios, y que explica el título (un poco efectista, lo reconozco) de este artículo: La consideración de la ceremonia de entrega como (y desde este punto de vista la cubren todas las cadenas de televisión) una celebración del glamour, de lo relucientes que son las estrellas del firmamento Hollywood, de los oropeles y el confeti de colorines (pero elegante, ¿eh?), de los modelitos que lucen los actores, y sus peinados... Una industria pagada de sí misma que se regocija ante su propia forma de ser, un ejercicio de autobombo que, no obstante, no se olvida de mantener una pátina de “qualité”, de seriedad aparente (de ahí que, históricamente, no se suelan premiar a las comedias).

Aunque aún no ha llegado a las simas de ciertos premios “musicales” (en los que se hace literalmente imposible distinguir entre los que dan y los que reciben), está claro que lo que queda después de tanta fanfarria, al cabo, no son las cuestiones cinematográficas, sino el mantenimiento a toda costa del star-system, de una serie de ídolos que permitan la empatía del gran público, que hagan “soñar” a la gente... Una curiosa (y reveladora) forma de instrumentalizar el cine que asumen muchas revistas especializadas, y suele llevar implícita una cinefilia estancada en la nostalgia pringosa (de los mitos del cine americano, claro), la entronización de numerosos (y a menudo, mediocres) productos que son catalogados como “de visión imprescindible” si se quiere estar a la última moda, además de un (dañino, por infundado) optimismo respecto al cine que se consume mayoritariamente. Hombre, tampoco es que sea inaceptable el optimismo, pero conviene que éste sea racional y moderado, y que no implique la aquiescencia robótica a todo lo que nos quieran colocar los medios de masas.

Pero, cabe preguntarse, ¿ha sido siempre así? ¿Han sido siempre los Oscars unos premios disociados de lo artístico? Otro de los aspectos más interesantes de estos premios es que el espectro de películas galardonadas permite conocer por dónde circularon los intereses del establishment norteamericano en todas sus diferentes épocas. Respondiendo a la pregunta anterior, podemos concluir que, tal vez, los Oscars tenían una significación más plena en los inicios, cuando la industria aún congregaba en su seno a numerosos maestros del cine americano de aquel tiempo. Pese a todo, siempre había modo de recompensar a artesanos impersonales (prueba del conservadurismo de la Academia es su sempiterno interés por alentar a los realizadores intercambiables), si bien también fueron coronados cineastas como John Ford, representativos de buena parte del mejor cine americano de la época (estamos hablando de los 40 y principios de los 50). Y siguiendo por este camino, no es casual que no premie al Ford de finales de los 50 y al de los 60, época en la que el sistema de estudios comienza a zozobrar, y que nos trae al Ford más amargo, el de las sombras y los crepúsculos. Durante los años 60 y 70 los estudios irán dejando de ser un centro neurálgico del arte cinematográfico mundial, pues esta posición les será arrebatada por unos nuevos cines que tenían su modelo en el trabajo de directores a los que Hollywood nunca supo valorar como se merecían (gente como Welles, Ray, Lang, Ophüls, o Fuller, además de cineastas totalmente ajenos a la industria americana). El mejor cine de este tiempo ya no es el fabricado en Hollywood, sino el de los autores modernos que han comprendido que desde allí el cine ya no puede conseguir ser un reflejo de la realidad.

Mas los Oscars no son del todo ajenos a este cambio, y durante los 60 y 70 viven un tiempo de turbulencia y desorientación (una de cal y otra de arena, para entendernos). Hipócritamente, ponen en marcha un proceso de mimetismo para capturar, siempre que puedan, a los nuevos –y rentables– talentos rompedores, sin abandonar nunca, en el fondo, sus férreas convicciones inmovilistas. Tras unos años 70 en los que se premian algunas películas magníficas (fue una época cinematográfica mucho mejor de lo que se suele reconocer, al menos para mi gusto), llegan los 80, y es aquí cuando la Academia, y con ella, el cine de los estudios, sufre su definitivo proceso de sofisticación, convirtiéndose en nido de un cine acartonado, blando, esteticista; feo cine muy mal envejecido. Y este camino tomado aquí ya no lo ha vuelto a abandonar hasta la fecha, aunque pueda haber alguna que otra excepción (el Oscar concedido a Clint Eastwood, si bien no hay que olvidar que dicho premio permitía uno de esos homenajes al “ídolo caído” tan del gusto de los académicos). El mercado manda, y la industria, una vez más, se amolda a todo con tal de sobrevivir intacta.

No hay que dejarse engañar por las migajas que, de vez en cuando, reparten entre los cineastas con discursos personales e independientes: La realidad de los premios habla por sí misma. A tenor de lo decidido por la Academia, los directores de cabecera de nuestro tiempo serían gente como Kevin Costner, Robert Zemeckis, Mel Gibson, Ron Howard, James Cameron, o el intragable Spielberg “histórico”... En fin, puede que sólo sea una cuestión de gustos, pero yo veo infinitamente más representativo de nuestra época el cine de gente como Atom Egoyan, Michael Haneke, Abel Ferrara, Nanni Moretti, José Luis Guerín, o Aki Kaurismäki, unos directores que, además de ser ocultados por la distribución, nunca han pintado nada, más allá de resquicios anecdóticos, en las ediciones de los premios Oscar. Y es que, ciertamente, resulta difícil conjugar el cine de realizadores como Kaurismäki (nominado este año por El hombre sin pasado) con el dichoso glamour, esa enfermedad, esa superficialidad que lleva adjuntas aquellas “imágenes bellas” a las que, según Rossellini (siempre acaba uno volviendo a él, es inevitable), un cineasta no puede permitirse el lujo de ceder, si tiene interés por ascender en la línea del conocimiento de cuanto nos rodea. Y aunque quizás este no sea el lugar ni el momento de plantearla, está claro que semejante confrontación se revela como una lucha crucial, una dicotomía fundamental: ¿El cine como válvula de escape, o el cine como escotilla de re-entrada en la realidad tras una limpieza de ojos? ¿La vida convertida en espectáculo, o el espectáculo contaminado por la vida? No se trata de hacer bandos, ni de distinguir entre buenos y malos, sino de emplazar dos posturas contrapuestas sobre el cine contemporáneo, entre las cuales hay también numerosas fórmulas intermedias. La cuestión está lejos de resolverse, e incluso puede que sea un poco injusto plantearla en estos términos, pero su importancia es decisiva. Un cineasta norteamericano (tampoco premiado en los Oscars, claro está) ha expuesto el tema a través de las imágenes de una película reciente. El director se llama John Sayles, y la película en cuestión es Limbo. Un film casi maldito, y muy interesante si se quiere profundizar en este tipo de planteamientos, que sí podrían avivar un debate profundo sobre el arte cinematográfico, lejos de celebraciones hueras y estériles.