| Tendencias imperecederas |
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| Mucho ha llovido desde que en 1928, un grupo de jerifaltes de la industria hollywoodiense se reunieran en un hotel, para festejarse a ellos mismos, para darse y entregarse unos a otros, después d euna opípara cena, unos galardones, para premiar lo que a su juicio eran sus mejores trabajos del año que acababa de concluir unos meses atrás. Puede parecer anecdótico, pero la repercusión de estos premios, perfecta publidad con la que acompañar sus productos, a partir de esa fecha fue enorme, y poco a poco fueron incorporando toda esa retaila de anécdotas que han conformado la leyenda e historia del galardón más famosos del mundo (en dura competencia diría yo con el Noble en cuanto a repercusión mediática). Desde el principio, los Oscar, dejaron de ver ya tras de sí, una serie de tendencias repetitivas, gustos academicistas, e incluso riesgos académicamente calculados, que cual pauta matemática se han ido repitiendo año, tras año, década a década. LOS COMIENZOS (1928-1939) En los dominios de las “silent movies”, cuando El cantor de Jazz (The Jazz Singer, 1927. Alan Crosland) tan sólo era un experimento de éxito, Alas (Wings, 1927. William A. Wellman) tuvo el honor de inaugurar el palmarés de films considerados por la industria americana, como su producto estrella de la temporada, merecedor de los más altos honores. Instaurado ya el sonoro, es lógico que un opulento musical como The Broadway Melody (1929, Harry Beaumont) (del que luego se harían remakes a mansalva) fuera el siguiente homenajeado. Sin novedad en el frente (All quiet on the western front, 1930. Lewis Milestone), fue la primera muestra de conciencia política, sección “Apertura democrática” de la Academia, al ser un film antibelicista, Cimarrón (Cimarron, Wesley Ruggles) en el 31 el primer western, y Grand Hotel (íd., 1932. Edmund Goulding) una insustancial comedieta plagada de estrellas con más nombre que la propia Metro de la que procedían, la primera muestra del cine de supuesto prestigio, hecho por y para este premio. Realmente, hablamos de films menores dentro de la producción cinematográfica del año, pero eso sí, exhaustiva y muy efectivamente publicitados (sobrepublicitados si añadimos la referencia a los premios ganados después de una ceremonia). Los Oscar son publicidad, no lo olvidemos. Publicidad y recompensa para esos trabajadores del sistema, laboriosos y poco protestones, como Frank Capra que en el 34 ganó con Sucedió una noche/It hapenned one night (repetiría triunfo en el 38 su Vive como quieras/You can’t take it with you, menos perfecta pero hilarantemente más anárquica) o su tocayo Frank Lloyd que en el 35 logró el triunfo con la mejor versión hasta ahora rodada sobre el caso de la Bounty, con un Clark Gable y un Charles Laughton en todo su esplendor. La aventura épica se abría hueco. A partir de entonces se abre hueco la moda de los biopics, es decir, biografias noveladas de grandes hombres, que a lo largo de los años acumulan infinidad de estatuillas. El empresario de espectáculos Ziegfeld y el escritor Emile Zola, en el 36 y 37 respectivamente, protagonizan los Oscar. Al acabar esta primera década, mención aparte merece Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939. VV. AA.), el espectáculo llevado a la máxima expresión, y primer film en color premiado. Y de que forma, nada menos que diez estatuillas, una cifra record, para un film que elevaba las cotas de logros artísticos y de ingresos en taquilla por encima de lo usual. El triunfo tambien de un independiente como Selznick y de estrellas recien llegadas como la Leigh. HOLLYWOOD GOES TO WAR (1940-1949) La Segunda Guerra Mundial supone tambien una alteración en el palmarés de los Oscar. Hasta tres títulos directamente relacionados con el conflicto, amén de apariciones en escena de presentadores y galardonados, en uniforma de campaña. Casablanca (íd. 1942. Michael Curtiz) o el amor en tiempos de guerra, La señora Miniver (Mrs. Miniver, 1943. William Wyler) o como la población civil inglesa sobrellevó el conflicto (nada que ver con la excelente Esperanza y gloria/Hope and Glory, 1987 de Boorman) y Los mejores años de nuestra vida (The best years of our lives, 1946) un amargo drama sobre la reinserción de los soldados en la sociedad americana a la vuelta del conflicto, firmado por William Wyler. En esta década, se pone tambien en marcha la sección “Prestigio crítico” de la academia, premiándose a un recién llegado Hitchcock (Rebeca/Rebecca, 1940 sería su único film ganador del Oscar a la mejor película), Billy Wilder (Días sin huella/The lost weekend, 1945) John Ford en clave social (un año antes de ¡Qué verde era mi valle! /How green was my valley, 1941, había ganado el premio al mejor director por Las uvas de la ira/The grapes of wrath) o Elia Kazan (La barrera invisible/Gentleman’s agreement, 1947), que dirige un alegato contra el antisemitismo. La década termina con dos extraños films. La adaptación prestigiosísima de Laurence Olivier (convertido ya en Señor de la escena) del "Hamlet" shakespiriano, y un texto ganador del Pulitzer como El político (All the king’s men, 1949; Robert Rossen). COMPITIENDO CON LA TELE (1950-1959) En la década de oro del musical americano, no podían faltar títulos del gran director de musicales, señor Minelli. Dos: la magnífica Un americano en Paris (An American in Paris, 1951), y la mucho menos convincente Gigi (íd., 1958). No faltan tampoco títulos de prestigio como el Eva al desnudo (All about Eve, 1950) de Mankiewicz, el De aquí a la eternidad (From here to eternity, 1953) de Zinemann, o el Marty (íd., 1955) de Delbert Mann ganador tambien en Cannes ese mismo año. Sin embargo, la tónica de la década, son los films espectáculo en mega-scope supervistavision, que tratan de competir con la recién llegada tele. Más pantalla, más color, más espectáculo y más estrellas: El mayor espectáculo del mundo (The gratest show on earth, 1952) de Cecil B. De Mille cumple esas premisas a la perfección, lo mismo que la adaptación de Verne La vuelta al mundo en 80 días (Around the world in 80 days, 1956; Michael Anderson), o la batidora de récords (11 estatuillas) Ben Hur (íd., 1959; William Wyler), remake de un film mudo de los años 20, plagado de estrellas también. El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957) responde tambien a un sentido de la épica y el espectáculo, pero como el cine de Lean, es mucho más complejo y rico en contenidos. Mención aparte merece el premio de la década a la mejor delación (en plena caza McCarthy) a Elia Kazan por La ley del silencio (On the waterfront, 1954). LLEGAR MAL Y TARDE (1960-1969) La década de los 60, convulsa y renovadora para todo el cine mundial, continúa en Hollywood con más de lo mismo (Wilder gana con El apartamento/The Apartment, 1960y Lean con Lawrence de Arabia/Lawrence of Arabia, 1962) y con tan sólo un tímido intento de aproximación al free-cinema inglés (de época, eso sí) en Tom Jones (íd., 1963; Tony Richardson). Mientras en Europa, se hace el cine más innovador jamás visto, en Hollywood se agarran a ubna gloria que ya no existe, y se ponen suaves a premiar musicales crepusculares: West Side Story (íd., 1961; J. Robbins y R. Wise) o una falsa revolución del género, My Fair Lady (íd., 1964; George Cukor), Oliver! (íd., 1968; Carol Reed) o el colmo ya de vivir al margen de la realidad cinematográfica mundial Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965; Robert Wise). Películas que en su mayor o menor calidad, parecen querer recuperar un status que ya no existe en la industria americana, a la par que intentan plantear batalla a la TV de la mano de Broadway y sus éxitos anuales.. Sólo al final de la década se puede atisbar cierta modernidad en la Academia al premiar el Cowboy de mediancohe (Midnight Cowboy, 1969) de Schlessinger. Pero films tardíos de denuncia racial como En el calor de la noche (In the Heat of the Night, 1967; Norman Jewison) de muy poco interés, sólo confirman una tendencia que s erepetirá en la Academia, apuntarse al carro, a toro pasado. UN CIERTO CINE SOCIAL (1970-1979) Dejando de lado los dos Padrinos, obras maestras indiscutibles, intemporales y ajenas a modas, y un entretenimiento pequeño y fugaz como El golpe (The Sting, 1973; George Roy Hill) muy del gusto del académico, en los 70 se deja entrever ya un cine más comprometido socialmente, más de denuncia y armonizado con la crisis mundial generalizada. Es el reinado del cine de autor. Las drogas (Contra el imperio de la droga/The French Connection, 1971; William Friedkin), la locura (Alguien voló sobre el nido del cucó/One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975; Milos Forman), los residuos del sueño americano (Rocky, 1976; John G. Avildsen) o las secuelas de Vietnam (El cazador/The Deer Hunter, 1978. Micahel Cimino) alcanzan un protagonismo que dado su carácter nada complaciente y en algunos casos brutal, nos ofrece una ruptura total con el cine premiado en la década anterior. Woody Allen, que s eva a convertir en el paradigma d eautor americano, gana por Annie Hall (íd., 1977) y en unaépoca en la que abundan los rechazos al premio (George c. Scott por Patton, 1970 de Shaffner o Marlon Brando por El padrino/The Godfather, 1972 de Coppola), no se digna en ir a recoger sus premios. En el último año de la década, se inaugura un maniqueo cine social, terriblemente edulcorado que abordará temas como el divorcio (Kramer contra Kramer/Kramer vs. Kramer, 1979; Robert Benton), el suicidio adolescente (con más suerte en Gente corriente/Ordinary people, 1980; Robert Redford) el cáncer (La fuerza del cariño/Terms of Endearment, 1983; James L. Brooks).o el autismo (Rain Man, 1988; Barry Levinson) ya en la década siguiente. LAGRIMAS DE COCODRILO (1980-1989) Los 80 se caracterizan por sus films blanditos, de cleenex y buenos sentimientos (auténticas tragedias familiares) y por sus espectaculares biopics. Entre estos últimos, los de Gandhi, Mozart (Amadeus, 1984; Milos Forman) o el emperador de China Pu-Yi (El último emperador/The Last Emperor, 1987) que supone la doma del anárquico Bertolucci de otras épocas. Nadie se resiste al Oscar. Priman en todo caso las películas de pañuelo y sobremesa, como Rain man, Paseando a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1989; Bruce Beresford), Terms of Endearment… productos muy menores, de escaso interés y con pronta fecha de caducidad. Tambien encontramos mezclas de ambas tendencias como Memorias de África (Out of Africa, 1985; Sydney Pollack) o productos inclasificables como Platoon (íd., 1986) del obsesionado con el Vietnam, Oliver Stone. Son años en los que los Oscar, pasan por momentos de gran desprestigio crítico, y parece que los académicos en sus decisiones intentan dar la razón a estas opiniones, premiando cosas completamente intrascendentes y faltas de calidad en su mayor parte. RESUCITANDO GENEROS (1990- 2002) En los 90, se intenta recuperar a toda costa ese prestigio crítico premiando de forma continuada tres films que lo tiene ganado de antemano, El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1991; Jonathan Demme), Sin perdón (Unforgiven, 1992; Clint Eastwood) y La lista de Schindler (Schindler´s List, 1993) del eternamente despreciado Spielberg. Tambien el American Beauty (íd., Sam Mendes) políticamente muy incorrecto, que cierra la década. Sin embargo lo que más llama la atención es la diversidad de géneros premiados que tienden de manera consciente o inconsciente, a recuperar un cierto cine clásico, basado en los mismos. Se intenta con el western (Bailando con lobos/Dances with Wolves, 1990 de Kevin Costner y Unforgiven), el thriller (The Silence of the Lambs), la aventura épica (Braveheart, 1995 de Mel Gibson y El paciente inglés/The English Patient, 1996; Anthony Minghella) las historias de amor “bigger-than-life” (Titanic, 1997; James Cameron), el peplum (Gladiator, 2000; Ridley Scott) o la alta comedia (Shakespeare enamorado/Shakespeare in Love, 1998; John Madden). Sorprende mucho el alto nivel del cine nominado cada año, que sin embargo luego es dejado en el camino por films muy inferiores, cuando no impresentables, que siguen suponiendo el triunfo de ese cine de buenos sentimientos, de escasa entidad artística y poco calado temático. Su máximo exponente: Forrest Gump (íd., 1994; Robert Zemeckis). Hoy en día las tendencias permanecen invariables: Junten una vida ejemplar de triunfador en algún campo + estrellas o megaestrellas + una enfermedad incurable + unas cuantas lágrimas + un título maravilloso + una buena campaña publicitaria (polémica incluida), y obtendrán el ganador del año pasado: Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, 2001; Ron Howard). Tambien el del próximo. Se puede decir al respecto, que en cuanto a modas, las de los Oscar, son las únicas que no cambian. |