| EL SUBMARINO (Das boot, 1981. Wolfgang Petersen) |
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Las otras víctimas«De esta fiesta mundial de la muerte, de esta mala fiebre que incendia en torno tuyo el cielo de esta noche lluviosa, ¿se elevará el amor algún día?» Thomas Mann, “La montaña mágica”, 1924. El concepto de “víctima” en las guerras está mal definido. Casi siempre “víctimas” hace referencia a aquella porción de los que sufren que pertenecen al bando de los ganadores. Pocos recuerdan a las demás. Por supuesto, aquí habría que definir “ganadores”, pero mi punto de vista al respecto lo irás viendo a lo largo del artículo. Lo que me importa para relacionarlo con esta película es que en el campo de batalla nadie gana o pierde, nadie es víctima o verdugo. En el mejor de los casos, se es un superviviente. Y si el campo de batalla es tan grande como una región, o un país, o un continente, o un océano, o el mundo, o el portal de mi casa, todos son víctimas. En la segunda guerra mundial no sólo los civiles pertenecientes a los países aliados o a los países conquistados, los franceses, los rusos, los polacos, los belgas o los judíos fueron víctimas. También lo fueron los soldados aliados. Y también los civiles alemanes. Y los soldados alemanes, también. Ni siquiera se trata de esa guerra o de tantas otras. En concreto, se trata de todas. No se es víctima sólo en combate o acción de guerra. Se puede ser víctima por muchas razones. Por haber sido alienado para creer ciegamente que las doctrinas que te han inculcado son las únicas ciertas y dignas de permanecer. Por haber sido llamado a luchar por algo, creas o no en ello, que realmente tampoco es tan decisivo en tu vida. Por estar lejos de todo lo que amas, lo que es importante para ti. Por el miedo y el sufrimiento, propio y ajeno. Por tener que matar. O por ver como todo aquello en lo que te habían hecho creer se derrumba, y con ello tantos años de tu vida, tantas horas de reflexión, tanta inocencia. Parafraseando a Bruce Springsteen, porque incluso en 2003, la fe ciega en tus líderes, o en cualquier cosa, puede costarte la vida. Y al final de toda esa historia, lo que permanece no tiene por que ser lo justo y bueno, sino la razón de quien ha sido más fuerte. Nuestra creencia ahora es que se ha salvado la mejor parte, que los requiebros de la historia nos han llevado por el camino correcto sorteando dogmatismos falsos y perniciosos que han sido vencidos por la razón. Nada más lejos de la realidad. La prueba empírica es que hay mucha gente que defiende razones completamente diferentes, muchas veces injustificables a nuestros ojos, y las defienden como justas y buenas con tanta convicción como defendemos nosotros las nuestras. Y si cada cambio que se ha producido en la historia nos hubiera afectado un poco menos, ahora podríamos estar muriendo por defender posturas que en nuestra situación real y actual consideramos indefendibles. El significado del concepto de Justicia está por definir, pues cada pueblo tiene el suyo irreconciliable con los de los demás. Pero quizá haya un concepto que sí pudiera servir de patrón para todos nosotros independientemente de nuestra educación o idiosincrasia social. Un concepto que todos portamos con nosotros de manera instintiva, en nuestra naturaleza genética, y que incluso compartimos con otros de los seres que pueblan nuestro mundo. Ese que nos hace proteger a nuestros hijos, a aquellos que están cerca de nosotros, que crea relaciones de interdependencia entre las personas mucho más allá de la racionalidad o incluso la educación. Ponle tú el nombre. Por eso me gusta tanto la frase que he citado encabezando este artículo. Por eso, cuando entramos en la vida de esas personas a las que en principio odiamos, que consideramos malas, perversas, equivocadas, casi siempre cambia el concepto que teníamos de ellas. Por ejemplo, en la película que me sirve de base los miembros de la tripulación del submarino en principio nos resultan desagradables. Son alemanes, los mismos alemanes que han invadido media Europa, que han masacrado en campos de exterminio a no-sé-cuantos judíos (no me importa el número una vez que supera la unidad), que han sitiado ciudades matando a la población de hambre, enfermedades, bombas, disparos, desesperación. Nos provocan repulsa. ¡Ojalá los hundan! Pero una vez que empiezas a conocerlos, a ver lo que sienten, a sentir su angustia por ellos mismos y por sus seres queridos, su solidaridad con sus compañeros, el pavor ante la inminencia de la muerte, en definitiva, a descubrir su humanidad, su indistinguible parecido con nosotros mismos, comienzas a amarlos. No hacen falta más que unos pocos minutos de película para ello. No hacen falta más que unos minutos de vida compartida, real, para ello. Durante tres horas y media (en la versión extendida, 150 minutos en la edición comercial original) asistimos a su claustrofóbica estancia en un submarino estrecho y bajo, hacinados en camastros en un pasillo sin intimidad posible, asediados por jaurías humanas y metálicas que son iguales que ellos, y a cómo desearían estar en otra parte. Vemos como hunden barcos en los que iban personas con sus mismas ansias, que desde ahora reposaran para siempre en el fondo del mar. Al final, te importa un carajo que sean alemanes o ingleses o rusos o irakíes o americanos o judíos o palestinos o negros o afrikaners o servios o bosnios… Al final, son sólo seres humanos asustados con ganas de volver a casa. Y uno desea con toda el alma que lo consigan. Y ahora de nuevo el mundo contempla con estupor, aunque en directo y en color, sin atisbos de ficción, cómo se matan en un país perdido en el oriente medio; y el mundo no sabe realmente por qué, porque cada uno te da un punto de vista limitado, sesgado y particular. Y yo me niego a aceptar dogmáticamente ninguna de las versiones. No confío en ellas. No confío tampoco en mi criterio, porque sé que está manipulado por esa educación, intereses de grupo, o lo que sea. Lo único que tengo claro es que hay mucha gente que va a sufrir o morir. Gente que en su inmensa mayoría desearía estar lejos de allí; o tal vez allí, pero en otras circunstancias. Y por encima de cualquier otra consideración, la vida humana es el más precioso de los tesoros de la Tierra, y el tiempo el mejor de los regalos. Y ahora esa vida está siendo aniquilada. Y ese tiempo desperdiciado. Y mientras contemplamos impotentes como el absurdo se adueña de un rincón perdido de oriente medio, otro conflicto igual de absurdo y con idénticas consecuencias se estará gestando en alguna otra parte. Y el reinado de la sinrazón no tendrá fin. |