| EL CAZADOR (The Deer Hunter, 1978. Michael Cimino) |
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Un solo disparoIndependientemente de que la catalogación genérica de las películas sea o no una tarea más o menos fácil, o más o menos exacta, lo cierto es que se puede afirmar sin ninguna duda que la fluctuación de los films pertenecientes a una tipología concreta tiene sus vaivenes y épocas de apogeo u olvido, que corresponden a las circunstancias específicas sociales y económicas de un contexto determinado, así como, evidentemente, a las características propias de cada cinematografía. Es tristemente constatable a este respecto que el género bélico, entendido éste como una tipología de films que tiene como tema de trasfondo un conflicto militar, implícito o explícito, sea el único género que ha logrado mantenerse a lo largo de toda la historia del cine, como reflejo, –no considero que se deba anteponer en este caso el adjetivo fiel– de unas situaciones sociales que en todos los casos deberían avergonzarnos como co-partícipes de la sociedad contemporánea que las genera. El género bélico, dada su enorme complejidad y heterogeneidad, suele ser diseccionado en una sub-categorización de sus productos, sirviendo a este respecto la división de las películas en función del conflicto bélico que les sirve de eje temático, y de este modo, es corriente la distinción entre grupos de films como “los de la Segunda Guerra Mundial”, “los de la Guerra del Vietnam”, “los de la Guerra de Bosnia”, y un etcétera tan largo como guerras y películas se produzcan. A esto suceden otras posibilidades de distinción entre estos productos, puesto que las diversas funciones de estos films son en muchos casos bien diferentes. En los dos extremos de estas funciones, encontramos los films de ensalzamiento patriótico, normalmente desarrollados con funciones propagandísticas y políticas, y aquellos otros que tratan de dar una visión más cruda y real de los conflictos, actuando como elementos de denuncia social que muestran a la gente la cara más amarga de la guerra, con sus lisiados y sus muertos, con sus injusticias y sus horrores. El cazador pertenece a esta segunda categoría de películas. Definida por Ángel Comas como una “crónica del desencanto” , narra la historia de tres amigos, Michael (Robert de Niro), Nick (Christopher Walken) y Steve (John Savage), residentes en Clairton, Pennsylvania, quienes en 1968 deciden enrolarse en el ejército para luchar en la Guerra del Vietnam, ilusionados con la idea de defender y servir a una patria que sienten como propia, aunque pertenezcan a una comunidad de antiguos inmigrantes eslavos que aún conservan sus costumbres religiosas y sociales de origen. La historia se desarrolla en tres partes claramente diferenciadas: la primera de ellas, la más larga, expone la vida y costumbres de este pueblo, mostrándonos los últimos acontecimientos que estos tres hombres, junto a otros amigos de su grupo, viven antes de partir hacia la guerra: el último día de trabajo en la fundición, la partida de billar con los amigos, la boda de Steve, la última cacería que organizarán… Tras esta exposición exhaustiva, la segunda parte de la película se desarrolla en Vietnam, donde los tres vivirán una atroz experiencia como prisioneros de guerra, en la que los norvietnamitas los utilizarán como carne de cañón en sus apuestas enfrentándolos unos a otros en un sádico juego de ruleta rusa. Tras su huída y separación, y aquí empezará la tercera parte, cada uno de los tres vivirá diferentes destinos, todos ellos marcados por unas irremediables secuelas que el conflicto dejará en ellos: Mike, el más fuerte, líder indiscutible del grupo, conseguirá volver a casa “sano y salvo”, aunque su vida habrá cambiado para siempre y sus ilusiones e ideales se habrán convertido en puras cenizas. Mike además se verá en la dura responsabilidad de tratar de encontrar y retornar a casa a sus dos amigos. Lo conseguirá con Steve, recluido en un centro de lisiados de guerra, sin piernas e impedido de un brazo, pero fracasará con Nick, a quien la guerra ha conseguido vencer por completo, y que ahora pierde su tiempo y finalmente su vida en Saigón, enriqueciéndose macabramente a costa de salvar su pellejo en un juego de apuestas sobre ruleta rusa, en el que ya estaba tristemente entrenado. El cazador, pese a ser una de las primeras películas en reflejar una de las consecuencias más oscuras del conflicto del Vietnam, la de la gran decepción del pueblo americano ante una guerra absurda e inexplicable (¿existe algún otro tipo de guerra?), fue duramente criticada por algunos por su visión concreta de la contienda y por la imagen desdibujada y partidista que ofrecía de los nordvietnamitas, efectivamente retratados como salvajes sin cerebro que disfrutaban con el sufrimiento y aniquilación de sus prisioneros. Ángel Comas, en su estudio ya citado, comenta la injusta y errónea equiparación de una imagen perteneciente al legado periodístico mundial, la del soldado ejecutado a sangre fría de un tiro en la cabeza –¿alguien ha podido olvidarla?– con la actitud de los soldados del Vietcong hacia sus prisioneros. Según Comas, esta inversión de los papeles (en la escena periodística original, la víctima era un nordvietnamita) es del todo lamentable y deforma históricamente los hechos, aunque a mi entender no debería tratarse de atribuir ninguna atrocidad a un bando o a otro, sino más bien de constatar que en una situación bélica las actitudes salvajes y despiadadas son la norma del día, aunque sea cierto que en la película la visión es del todo parcial y partidista. No obstante, lo importante del film de Cimino no radica en el fragmento central de la guerra, al que se le dedica muy poco metraje en relación a las otras dos partes, sino en el profundo cambio que ésta produce en la psicología de los jóvenes que la han sufrido directamente, así como en la gente del pueblo, que sentirá asimismo la decepción e incomprensión ante un país que ha masacrado y humillado a sus hijos y amigos a los que una vez vieron partir como héroes. El mensaje de la película queda resumido en algunas escenas, entre las que destacan las dos de la cacería, desarrolladas antes y después del viaje a la guerra, respectivamente. En la primera de ellas, Mike abate a un ciervo de un disparo certero, erigiéndose en poderoso vencedor en la persecución de su presa. Las armas en el film de Cimino juegan un papel muy importante, constituyendo el símbolo (americano, por excelencia) del poder del hombre ante la naturaleza y su superioridad ante el resto de especies vivas, sean éstas de la naturaleza que sean. La caza, a este respecto, es el ritual más ancestral de la primacía del hombre sobre la naturaleza, quien impone su fuerza en una lucha desigual e injusta para los más indefensos. Este orgullo, que mucho tiene que ver con el orgullo patriótico que anima a estos hombres a luchar (Mike le dice a Nick que es el único con el que le gusta ir de caza, pues es decidido y rápido de movimientos, en otras palabras, según él es el único valiente del grupo, aunque finalmente será en el fondo el más cobarde) se verá aniquilado tras el fracaso de la guerra y de las amargas experiencias vividas, a través de las que Mike cambiará totalmente esta sensación de segura superioridad, puesto que en ella pasará a representar el papel de presa indefensa. Mike anima a Nick a seguir el juego de los captores en la ruleta rusa, dándose cuenta de que la única posibilidad de escape es situarse en objetivo cruel del arma, que ahora apunta a sus propias cabezas, sintiendo la inferioridad de la presa ante una muerte probable. En la segunda escena de caza, Mike, ahora solo, se da cuenta de que su propia experiencia le impide disparar a sangre fría al ciervo, y desvía su disparo sabiéndose para siempre marcado por la identificación con la víctima. Esta empatía hacia su presa es el punto central del cambio que en Mike ha producido la guerra. En la otra cara de la moneda, Nick no consigue salir del pozo en que la guerra lo ha sumido. Completamente incapaz de enfrentarse al humillante regreso como vencido, opta por dejarse llevar en una espiral de abandono y locura al actuar como púgil en las apuestas de los bajos fondos de Saigón, como queriendo demostrar con ello su valentía y frialdad perdidas durante la guerra. Ni siquiera Mike conseguirá convencerle de su estupidez, y Nick perderá finalmente su apuesta ante los ojos atónitos de su contrincante, el mismo Mike, quien llorará impotente su pérdida. Como amargo final, los amigos se reúnen en el bar del pueblo tras el funeral, y cantan espontáneamente, aunque con una tristeza latente, el “God Bless América”, canto patriótico que contrasta con la tristeza y decepción de todos ellos. El cazador es una película dura y amarga, en consonancia con otras producciones de la época como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) o la posterior Platoon (Oliver Stone, 1982), que trataron de reflejar desde diferentes perspectivas la dura realidad de una guerra sin sentido, que consiguió abatir la conciencia de los más patrióticos. No obstante, hay que destacar que la Guerra del Vietnam fue una guerra perdida, la primera gran derrota de los americanos ante un enemigo infravalorado y del todo desconocido. También fue la primera guerra televisada y retransmitida por los massmedia, por lo que se hizo muy difícil apaciguar los ánimos de una población que asistía impotente a la muerte y mutilación de sus soldados. Es por ello más lógico que las lecturas negativas de tan vergonzosa y humillante situación se hayan repetido con mayor frecuencia que las de otros conflictos mejor resueltos para los estadounidenses. En una situación como la actual, en la que
de nuevo contemplamos avergonzados cómo el ejército anglo-estadounidense
se erige en dueño y salvador del mundo, no debemos olvidar que
las guerras, perdidas o ganadas, suponen siempre una derrota para los
que las viven, soldados de uno y otro bando, en algunos casos entrenados,
pero en muchísimos otros adolescentes sin conciencia ni entendimiento
de sus actos, convertidos en cazadores a la búsqueda de presas
humanas, y quienes en el mejor de los casos conseguirán un destino
como el de Mike, tristes y abatidos ante una guerra que en el fondo no
han elegido vivir. Pero sobretodo no hay que olvidarse de la gente, de
la población que muere víctima de estas guerras. Detrás
de cada uno de ellos hay una vida, un futuro, unas ilusiones deshechas
y perdidas para siempre. Detrás de todas las cifras, hay siempre
unos corazones, miles de preguntas sin respuesta. Pese a la complejidad
de la información que recibimos, pese a la vanas y vacías
justificaciones que tratan inútilmente de convencernos, lo cierto
es que aunque esta vez se trate de una victoria para algunos, y aunque
el cine no llegue a dedicar nunca un espacio significativo de reflexión
ante un hecho esta vez considerado “glorioso” y del todo triunfante,
nunca hemos del olvidarnos de los muertos, de las familias y de las decepciones,
de las locuras y el hambre, y sobretodo, de la vergonzosa constatación
de que cualquier guerra constituye el más enorme de los fracasos
del hombre y la más grande de las derrotas ante la pureza y nobleza
del reino animal. |