| EL GENERAL DE LA ROVERE (Il generale della Rovere, 1959. Roberto Rossellini) |
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El factor humano«Rossellini nos ha legado un valioso, estimulante, provocativo y útil testamento ¿Por qué no aprovecharlo?» José Luis Guarner (1). No son los de guerra tiempos propicios para que se impongan los valores morales. Son, por contra, tiempos en los que la lógica queda a un lado aplastada por los intereses de supervivencia personal, por la hegemonía del “salve quien pueda, la vida” como lema vital. Sin embargo, existe la posibilidad de que un ser pequeño, el día menos pensado, lleve a cabo un gesto grandioso, un acto verdaderamente heroico (épico, si se quiere). Y este es el tema fundamental de El general de la Rovere, y, por extensión, del cine de Roberto Rossellini, cineasta preocupado fundamentalmente, por la recuperación de los valores humanos en una sociedad cada vez más sumida en las tinieblas de lo apetitivo, de lo primario. Como Sócrates (personaje histórico a quien Rossellini dedicó uno de sus particulares biopics, rodado por cierto en España), el director italiano trata de extraer la verdad de los caracteres y las situaciones, y para ello procede a un continuo proceso de dialéctica audiovisual que bien podría considerarse como una operación análoga a la famosa mayéutica socrática. Es conocida la gesta realizada por el famoso filósofo ateniense en la que, por medio de preguntas y respuestas, consiguió que un esclavo sin ninguna formación intelectual reprodujese uno por uno los principios fundamentales de la geometría, con la única premisa de que dicho esclavo fuese griego y hablase griego. Rossellini logra algo semejante en esta película (y en otras), al presentarnos a un personaje no muy relevante al que, en una situación límite, es capaz de arrancarle un acto de infinito valor, y al que su humanidad terminará (con)venciendo en el momento decisivo. El propio Sócrates no fue ajeno a este tipo de gestos cuando aceptó sin oposición la pena capital que le fue impuesta de modo injusto, aunque legal, y renunció a escapar de ella cuando tuvo ocasión. El personaje interpretado por Vittorio De Sica también terminará aceptando (eligiendo) su destino con coraje y dignidad. En un artículo aún inédito para la revista online “Solaris”, referente a la película de Peter Jackson El señor de los anillos: Las dos torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, 2002), me pronuncio sobre la dificultad que presenta la adopción de planteamientos épicos del pasado desde la óptica actual, en la que las barreras entre los clásicos conceptos de “bien” y “mal” se han difuminado (o, por qué no decirlo, se han invertido) por completo. Es difícil acudir integralmente a esa épica tradicional en un mundo en el que la saturación de cadenas de imágenes que hacen uso repetido (cada vez menos riguroso, cada vez más impostado) de semejantes recursos tradicionales ha terminado por vaciarlos de toda la emoción que en otra época pudieron tener, y en un tiempo en el que, además, los que gobiernan los pueblos (personas que suelen ser protagonistas de las antiguas historias épicas) siguen estando lejos de hacer caso del logos común y mayoritario. Para El general de la Rovere, realizada cuatro décadas antes que Las dos torres, Rossellini no sólo pensó en esto, sino que consiguió llegar a reconstruir el concepto de “bien”, en el sentido platónico (o socrático, ya que son coincidentes) del término. La secuencia de la muerte del verdadero General no puede ser menos grandilocuente: es tiroteado como un vulgar ratero, y Rossellini no se detiene en este hecho. Sin embargo, la inmolación del protagonista, que ha suplantado la personalidad del general, le convierte en la auténtica imagen del heroísmo. Sin fanfarrias, tampoco, y también sin ejemplaridad intachable. Hemos visto cómo el personaje ha dudado, se ha equivocado, ha tenido miedo, ha delinquido, mentido y engañado, ha dilapidado el dinero ajeno... pero su dignidad ahí está. Ese gesto vale por toda la grandeza de los mayores mitos épicos: Es su equivalente moderno. El único posible... La inversión de los papeles resulta, en última instancia, completa: el héroe muere de modo anónimo, y el ser anónimo como un héroe, a nuestros ojos. Mucho se podría hablar sobre las c(u)alidades artísticas de la película (2): Su excelente realización (planos de duración exacta, magnífico uso del “travelling óptico” desarrollado por el propio Rossellini), su portentosa dirección de actores (con un De Sica inconmensurable: ese gesto de jugador que tira las cartas, derrotado, a la luz de una linterna, es uno de los detalles más impresionantes del film: de los que transforman una buena película en una obra magistral, y que abundan en el territorio Rossellini), su ritmo imparable, su delicadeza, su moralidad (véase cómo filma las ejecuciones, por ejemplo), su profundo respeto por el ser humano... incluso su relación con posteriores obras de la importancia de La evasión (Le trou, 1960. Jacques Becker) o El verdugo -1963- (algún plano de la prisión se parece bastante al que cierra la película de Luis García Berlanga). Con todo, y considerando el poco tiempo del que he dispuesto para redactar este escrito –el cual, tengo que reconocerlo, no le hace ninguna justicia ni al film ni a su autor–, me gustaría dedicar unas últimas líneas a reflexiones sobre aquello que un film de las características de El general de la Rovere puede aportarnos en nuestra vida cotidiana. El último domingo del pasado mes de Marzo, caminaba yo por las calles de una villa asturiana donde mucha gente suele reunirse para pasar la tarde en los bares y terrazas. Nada había cambiado con respecto a la estampa de ocasiones anteriores: Todo el mundo con sus preocupaciones, con sus risas, con sus llantos, con sus historias, con su vida. Con sus ambiciones, sueños, derrotas y miserias. Yo también. Y, sin embargo, en ese instante la población de Iraq estaba siendo bombardeada sin piedad con apoyo del gobierno de nuestro país (algo que tampoco dice nada excesivamente nuevo, ya que, cada pocos segundos, según las estadísticas, siempre hay alguien que se muere por causas perfectamente evitables en los rincones más pobres del planeta). Aunque es un hecho que la mayoría de las personas, en su fuero interno, abominamos de estas injusticias, creo que casi ninguno de los que allí nos reuníamos aquella luminosa tarde lo teníamos en mente en aquellos momentos. ¿Y de qué sirve mantener viva una conciencia de la situación real de las cosas si ésta permanece en un estado de pura posibilidad, si no se traduce en resultados prácticos? Algunos dirán que de nada, pero no creo –o no quiero creer– lo mismo. Como ocurre en la película que nos ocupa, puede suceder que llegue un punto de las cosas en el que esa conciencia, si aún existe, salga al exterior en forma de decisiones reales. Acerca del final de Alemania año cero (Germania, anno zero, 1947) Rossellini comentaba que el niño protagonista actuaba del modo en que lo hacía debido al peso de su conciencia humana, que aún latía dentro de él. Tal vez algún día nosotros también logremos que nuestra esencia mejor brote desde lo más recóndito de nuestro ser. Tal vez seamos capaces de aparcar nuestros sueños vanidosos, nuestro nombre social, nuestros reconocimientos. Tal vez podamos renunciar a los fetiches que nos seducen y distraen. Tal vez rechacemos, ya hastiados, aquellas cosas que nos han sido dispuestas para cubrir las necesidades que nos inducen a tener. Tal vez abramos los ojos a nuestros conciudadanos, y descubramos en ellos unas semejanzas con nosotros que nunca habríamos sospechado que tenían. Ese día habremos avanzado algo. No sé muy bien hacia dónde, pero nos moveremos, eso seguro. Tener confianza en esta posibilidad, aunque sea remota, es un aliciente para seguir respirando. Al menos, así lo considero. (1) En el prólogo a la edición castellana
del libro de Rossellini Un espíritu libre no debe aprender como
esclavo. Escritos sobre cine y educación (Ed. Paidós,
2001). |