Miradas de Cine EUROPA
(Europa, 1991. Lars Von Trier)
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Sumario
Por Javier Castro
Cartel de la película
Dinamarca-Alemania-Suecia-Suiza-Francia, 1991. Director: Lars von Trier. Productores: Peter Aalbæk Jensen y Bo Christensen. Producción: Paramount Pictures. Guión: Lars von Trier y Niels Vørsel. Fotografía: Henning Bendtsen, Edward Klosinsky y Jean-Paul Meurisse, en b/n y Pathécolor. Música: Joakim Holbek. Dirección artística: Henning Bahs. Montaje: Hervé Schneid. Duración: 112 minutos. Intérpretes: Jean-Marc Barr (Leopold Kessler), Barbara Sukowa (Katharina Hartmann), Udo Kier (Lawrence Hartmann), Ernst-Hugo Järegård (Tío Kessler), Erik Mørk (Pater), Jørgen Reenberg (Max Hartmann), Henning Jensen (Siggy), Eddie Constantine (Coronel Harris), Max von Sydow (narrador, voz), Benny Poulsen (Steleman), Erno Müller (Seifert), Dietrich Kuhlbrodt (Inspector), Michael Phillip Simpson (Robins), Holger Perfort (Sr. Ravenstein), Anne Werner Thomsen (Sra. Ravenstein).
 
Miradas de Cine © 2002-2003

Los otros verdugos

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba completamente devastada. Especialmente Alemania era un país en ruina total, física y moral, y los países que la derrotaron se dividieron el territorio para su mejor control. Esta película nos da un punto de vista acerca de este periodo de humillación. Un americano de origen alemán va a Alemania para intentar ayudar en la reconstrucción del país. Cegado de buenas intenciones y confiando en la buena fe de ocupados y ocupadores, tardará en descubrir que ni los primeros se sienten tan liberados ni están tan satisfechos con la tutela extranjera, ni los segundos ejercen una labor tan positiva y constructiva como él creía. Ante nuestros ojos desfilan las mezquindades de unos y otros, sus verdaderas intenciones. Las mismas que vemos estos días en los informativos, aunque estas estén mejor encubiertas, o censuradas, y nos cueste comprenderlas. Todos, sin excepción, comprendemos y lamentamos que mucha gente inocente muera, tenga miedo, pase hambre, tristeza, sufra todas las penurias imaginables o no. Para la mayoría de nosotros esto es la prioridad absoluta. Pero para algunos, afortunadamente unos pocos, pero desgraciadamente los más poderosos, esta certeza es menos importante que otros criterios que a los demás, la mayoría, nos cuesta comprender. No es que no conozcamos (o creamos conocer) las razones que arguyen, o las que creemos que realmente les interesan, sino que no somos capaces de asumirlas, de aceptar que sean prioritarias. En todas las facetas de nuestra vida las razones de los demás siempre nos han resultado tremendamente difíciles de entender, las compartamos o no.

Por eso el protagonista de Europa está tan perdido. Se pasa la totalidad de la película intentando conocer las intenciones de los que le rodean. Trabaja para la compañía de ferrocarriles alemanes junto con su tío, lo que pretende que le sirva para conocer más a fondo la realidad del país, y de paso le sirve a von Trier para mostrarnos la opresión (y represión) que sufre el pueblo alemán y la natural resistencia que intentan ofrecer a esta situación. La misma resistencia que han encontrado siempre los que han intentado imponer su “justicia” por la fuerza. Pues aunque se viva bajo un régimen opresor implacable, indigno, injusto y asesino, este siempre se ha instaurado y se ha sostenido porque tiene apoyos en el interior (1) y, como ocurre en la triste actualidad, los ha tenido de los más poderosos del exterior. Y así, los supuestos beneficiarios de los que tanto cacarean los profetas del humanitarismo acabarán siendo como siempre los más perjudicados, porque casi siempre ha ocurrido, y esta vez también está ocurriendo, que para derrocar a un régimen sanguinario se ha derramado mucha más sangre que la que este régimen habría soñado derramar. Cuando termine la guerra, algunos de los que justifican la intervención en Irak se darán cuenta que entre las dos guerras de liberación más el embargo económico habrán producido mucha más barbarie que la que ha producido o hubiera podido producir el tirano (puesto por los mismos que ahora intentan expulsarlo) por muchos años que hubiera gobernado. Otros se jactarán del éxito de la operación, recogerán los beneficios y echarán arena sobre la sangre.

Nuestro protagonista inmediatamente llama la atención de la familia del director de la empresa, que ve en él la posibilidad de mejorar las relaciones con los ocupantes para poder mantener el control de la compañía. Cuentan también con la amistad personal del jefe de las tropas aliadas, que arregla un chanchullo con un judío para intentar exculpar al cabeza de familia (nota para curiosos: es el propio Lars von Trier el que hace de judío), aunque los ocupantes tienen otros planes para la compañía. Pero este apoyo traerá más inconvenientes que otra cosa, ya que les hará aparecer como traidores ante los suyos, y desencadenará el suicidio (antológicamente rodado) del presidente de la compañía. Tras liarse con la hija del jefe, nuestro protagonista se verá envuelto en un oscuro plan de la resistencia que acabará trágicamente. De esta misma forma acaban en las guerras las buenas intenciones, pues no me cabe duda de que la mayor parte de los que allí van (al menos los que sólo obedecen y no tienen acceso a los círculos donde se cuecen las verdaderas intenciones) piensan que hacen lo mejor tanto para su país como para el país que creen que van a liberar. Y así lo piensan sus familias, que quedan en casa esperando que el hijo, el padre o el marido (o su equivalente en femenino) vuelva sano y salvo a sus brazos. Y quizá por eso en EE.UU. o Inglaterra sean menos multitudinarias las manifestaciones contra la guerra, porque es duro manifestarse contra la guerra frente a la casa de tu vecino cuyo hijo está en peligro de muerte en el frente. Aunque tu intención sea querer que ese vecino vuelva a casa sin tener que jugarse la vida en una guerra injusta.

Dentro de algunos años, cuando el tiempo haya borrado de nuestra memoria las atrocidades y las víctimas, y las cortinas de humo hayan hecho su efecto, descubriremos que en Irak las cosas van estupendamente y que allí la gente es feliz bajo un nuevo régimen de tan dudosa legitimidad como el derrocado. Sólo los que sufrieron las pérdidas de sus seres queridos, en Irak o en los ejércitos invasores, mirarán hacia atrás con ira y mantendrán el recuerdo de la injusticia. Pero tampoco por mucho tiempo. Y entonces, para justificar otro atropello equivalente nos dirán: “recordad Irak”. Y muchos bajarán la cabeza y asentirán. Al igual que en la Europa del plan Marshall o la de Lars von Trier, las comodidades presentes habrán borrado la huella de las atrocidades pasadas, pues de aquellas sólo nos quedan vagos recuerdos en blanco y negro y una historia de a menudo dudosa credibilidad. Como dice Victor Hugo a través del título de la última sección de “Los miserables”, «la hierba oculta y la lluvia borra». El olvido es el peor enemigo del hombre, a la vez que su gran doctor.

(1) Quiero agradecer a mi amigo Diego que me proporcionara esta frase de George Bernard Shaw: «cuando un hombre estúpido hace algo que le avergüenza, siempre dice que cumple con su deber». No es que la comparta plenamente, y para justificarme puedes leer el artículo acerca de El submarino (Das boot, 1982. Wolfgang Petersen) que he escrito para este mismo número, pero en un mundo como el de hoy en el que si lo deseas puedes acceder a cualquier tipo de información, es terrible que se siga actuando de forma tan infantil creyendo lo primero que nos llega sin tratar de buscar más puntos de vista ni analizar toda la información con espíritu crítico y racional. Aquello que no es falsable no es digno de crédito. Ya sea en el caso de esta guerra, o de la globalización, o el integrismo religioso de cualquier signo (hay muchos, no sólo islámico), o la astrología y demás pseudociencias, o cualquier otro campo, quienes no están bien informados y se tragan toda la basura que nos llega es porque realmente no están interesados en estar bien informados. La inocencia es un lujo que no podemos permitirnos (aunque yo evidentemente tenga mucha), y no hay obediencia debida que justifique las barbaridades que se cometen en su nombre.