Miradas de Cine LA CRUZ DE HIERRO
(Cross of Iron, 1977. Sam Peckinpah)
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Sumario
Por Emilio Martínez-Borso
Cartel de la película
Reino Unido-Alemania-Yugoslavia, 1977. Director : Sam Peckinpah. Productor: Wolf C. Hartwig. Guión: Walter Kelley, Julius Epstein y James Hamilton, según La novela de Willi Heinrich, The Willing Flesh. Fotografía: John Coquillon, en Technicolor. Música: Ernest Gold y Peter Thomas. Montaje: Michael Ellis, Murray Jordan y Tony Lawson. Dirección artística: Veljko Despotovic. Duración: 133 min. Intérpretes: James Coburn (Sargento Rolf Steiner), Maximilian Schell (Captain Stransky), James Mason (Coronel Brandt), David Warner (Capitán Kiesel), Klaus Löwitsch (Kruger), Vadim Glowna (Kern), Roger Fritz (Triebig), Dieter Schidor (Anselm), Burkhard Driest (Maag), Fred Stillkrauth (Schnurrbart), Michael Nowka (Dietz), Véronique Vendell (Marga), Arthur Brauss (Zoll), Senta Berger (Eva).
 
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La humanidad de los nazis

No es de extrañar que un proyecto de las características artísticas/temáticas/ideológicas que expone y resalta La cruz de hierro fuera a parar a manos de un director como Sam Peckinpah. En la época en que se realizó, Peckinpah ya estaba comercialmente de capa caída. Tras los éxitos fabulosos de Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969) y La Huida (The getaway, 1972), sus últimas películas (que no comentaré ahora porque éste no es un artículo sobre su autor) a pesar de ser algunas, obras maestras, habían sido un fracaso económico.

Es natural entonces que teniendo dificultades para dirigir en su país Peckinpah tuviera que emigrar a Europa para volver a dirigir, y más, una película bélica (género que no había tocado hasta ese momento) que como suele pasar en estos casos con los grandes (y si no que se lo pregunten a Ray, Fuller, Coppola...) y, por desgracia siempre se reconoce tarde, se adelantó a su tiempo. Y lo hizo porque la principal baza de La cruz de hierro además de quien la firma es su planteamiento, contado desde el punto de vista del que en teoría era el enemigo durante la segunda guerra mundial, el ejército alemán. Si no fuera por la espléndida Senderos de gloria (Paths of Glory, Stanley Kubrick, 1958), posiblemente sería la primera película anti-bélica de la historia. Dentro de lo que nos tenía acostumbrados el cine bélico que versaba en la segunda gran guerra, eran casi siempre incursiones de americanos o británicos en fortalezas o demás espacios nazis para destruir-rescatar un objetivo. Hay que decir que de esas películas también han quedado grandes joyas seamos justos, pero La cruz de hierro supuso un adelanto y un giro que revolucionó el género.

El argumento tampoco es que sea muy complicada, el sargento Steiner (James Coburn) comanda una patrulla en el frente del este cercana a la frontera rusa. La patrulla deberá resistir a los ataques rusos al mismo tiempo que les asignan un nuevo comandante (Maximillian Schell) quien está más preocupado en conseguir una cruz de hierro para continuar con el honor de su familia, noble prusiana, que en salvar a su compañía. Bajo esta premisa tan simple, Peckinpah aprovecha para mostrar su visión de la guerra, y por una vez y gracias a dios le dieron carta blanca para hacerlo.

Una de las mayores virtudes de la película es que gracias a lo cercano que te hace sentir Peckinpah a Steiner y su compañía, el epectador olvida a la media hora de película que los protagonistas son soldados alemanes y deseas realmente su salvación. A Peckinpah no le interesa el conflicto políticamente ni la época determinada y precisa, de ahí que la acción se sitúe en el frente del este y no en zonas más reconocibles para el gran público, no se hace mención casi a los aliados ni a Hitler, ni a la situación. Es una guerra, eso ya es suficiente, con eso basta. Esta característica está perfectamente reflejada en el meticuloso dibujo que realiza James Coburn de Steiner, un sargento que lucha pero al que le da igual la política, que lucha solamente por sus hombres a quien le une una relación especial tras tantos combates, manteniendo intensos duelos y fricciones (sobre los que gira la película) con el capitán Stransky, a quien los hombres les da igual, pero les da igual no por ser un perro de la guerra ansioso de sangre y conquista, no, en La cruz de Hierro no encontraremos nada parecido, sino porque Stransky solo quiere la cruz de hierro, la condecoración que permita reconocer a su familia prusiana, dato que aísla aún más a la película del conflicto, un hecho de lo más terrorífico como la guerra en si. El único apunte que nos remite a la situación, son los secundarios encarnados por James Mason y David Warner, los oficiales nazis que reflejan la moralidad de dicha “filosofía” pero al fin y al cabo no desvían la atención del concepto importante que Peckinpah expone. Steiner se preocupa por sus hombres, morirá por ellos incluso, nos introduce en su mundo, el espectador convivirá con ellos, los conocerá y luchará con ellos y cuando algún componente de la patrulla muera (que los hay) nos sentiremos afligidos porque oh, sorpresa, los alemanes también son humanos y como humanos y personas que son, también sufren, también tienen sus vidas personales esperándoles fuera y hay algunos que tampoco creen en la guerra y la ven innecesaria e incluso veremos a alemanes que ni son rubios ni tiene los ojos azules (precisamente ninguno de los protagonistas es el ejemplo de raza aria tan ansiado por los nazis). Son personas que luchan por sobrevivir en el bando que les ha tocado, nada más, no tiene nada de heroico ni de cobarde. Es un hecho triste y amargo, pero que hay que asumir.

Peckinpah, consciente de ello lo asume y lo acentúa porque, como he repetido antes entiende que como tal, lo que está contando es algo terrorífico y angustioso por lo que lo explota mostrándonos una guerra que no sabemos muy bien dónde se desarrolla potenciándolo cinematográficamente hablando. Peckinpah como cineasta en sí, era un guerrillero, siempre estaba peleado con productores, estudios...y es una pena porque le recortaban las películas, así que cuando tenía la oportunidad de hacer lo que quería lo explotaba hasta el límite, por eso La cruz de hierro sorprende y angustia en su primer visionado. Siendo del año 1977, la película se abre con una masacre potente no ya por ser explícita sino por como está rodada. Me refiero, en las explosiones, es la primera vez que vemos polvo, barro, metralla, vemos las balas, vemos las entrañas, uniendo el estilo de Peckinpah al filmar la violencia, haciendo que el espectador se detenga para analizar como es una guerra con sus característicos ralentís su montaje sonoro y demás recursos cinematográficos provocando la sensación de angustia siendo indiferente quien lucha y a quien se mata no distinguiendo fácilmente a que bando pertenecen los hombres que van cayendo bajo las ráfagas de balas, contribuyendo además en esto la fotografía fría y oscura del gran John Coquillon quien consigue crear una atmósfera fantasmagórica y casi onírica durante todo el metraje como en la impresionante secuencia, además de humana en la que la patrulla alemana se encuentra con las soldados rusas, en las que Peckinpah muestra como el silencio puede decir mucho más que un diálogo mal puesto, o los títulos de crédito del filme, un prodigio en el que sobre fondo rojo vemos a unos niños que cantan en Alemán quien sabe que subiendo los montes, espeluznante.

Otro gran acierto es que el enemigo que se muestra en la cruz de hierro es el ejército ruso, aquí también humanizado (resulta extraño el decir “también humanizado”, el problema es que a veces no lo hacen y uno por desgracia incluso se acostumbra) demostrando que antes que pertenecer a cualquier ejército, bandera o ideología, eres un persona humana siendo secundario todo lo demás.

Por esta visión que hace de la guerra, La cruz de hierro es una película valiente y necesaria añadiría yo, además de, repito, adelantada. Suerte que un par de años más tarde Coppola nos bombardearía con su horror adornado de surf despertando así una conciencia cinematográfica que si bien es cierto que el cine es para entretener, nunca viene mal que se utilice para enseñarnos alguna lección sobre las características humanas y darnos cuenta de quienes somos, lo que hacemos y sobretodo lo que podemos y debemos evitar. Por eso y mucho más, gracias Sam Peckinpah.