Miradas de Cine SENDEROS DE GLORIA
(Paths of Glory, 1957. Stanley Kubrick)
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Sumario
Por María Villalva
Cartel de la película
EEUU, 1957. Director: Stanley Kubrick. Productores: Kirk Douglas, James B. Harris y Stanley Kubrick. Guión: Stanley Kubrick, Calder Willingham y Jim Thompson, según la novela homónima de Humphrey Cobb. Fotografía: George Krause, en b/n. Música: Gerald Fried. Diseño de producción: Ludwig Reiber. Montaje: Eva Kroll. Duración: 87 minutos. Intérpretes: Kirk Douglas (Coronel Dax), Ralph Meeker (Capitán Philip Paris), Adolphe Menjou (General George Broulard), George Macready (General Paul Mireau), Wayne Morris (Teniente Roget), Richard Anderson (Mayor Saint-Auban), Joe Turkel (Soldado Pierre Arnaud), Christiane Kubrick (cantante alemana), Jerry Hausner (dueño del Café).
 
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Sacrificio de inocentes

Lo bélico, y en especial, la Segunda Guerra Mundial, ha sido objeto de innumerables incursiones cinematográficas, desde un pretendido rigor histórico, hasta el enfoque más novelesco e inverosímil. (Adiós a las armas / A farewell to arms, 1932; Frank Borzage) Todas solían tener en común un tono épico, asociado directamente a la propaganda para el alistamiento, y a la satisfecha o doliente autoafirmación post-conflicto. Sorprende –y no gratamente – que las formas que reviste este tono épico no hayan sufrido modificación alguna, si las comparamos con manifestaciones literarias medievales. Los recursos para “vendernos” determinadas formas de heroísmo son los mismos, como lo son las exigencias de circunstancias históricas muy distantes en el tiempo.

Sin embargo, lo que pone de manifiesto la postura de Kubrick es precisamente su negativa a aceptar los presuntos ideales que desde que el mundo existe, nos hemos venido tragando, parece que por razones de supervivencia. Su película es la excepción, en un momento en que hacía una década que había finalizado el segundo gran conflicto mundial; quizá su cercanía temporal no hubiera permitido revisiones demasiado críticas; de ahí que, en Senderos de gloria, Kubrick se retrotraiga a la Gran Guerra, para plasmar la novela de Humphrey Cobb (Paths of Glory), basada en hechos reales que habían tenido lugar en 1916.

El argumento –a diferencia de lo que ocurre con La gran ilusión (La grande illusion, 1937. Jean Renoir)– no refleja de manera global la aberración que supone toda guerra, sino que se centra en el absurdo y la corrupción de la jerarquía militar; es su poder férreo, ciego, su utilización del hombre como mero objeto, lo que ataca Kubrick con dureza pocas veces plasmada en una película. Esta visión negativa de la figura del militar, de la que sólo se libra el personaje de Kirk Douglas (el coronel Dax), es totalmente innovadora, y causó gran escándalo, lo que le llevaría a tener problemas con la censura en muchos países, como por ejemplo en Francia, donde no se estrenaría hasta 1975.

El film elude todo maniqueísmo, y los soldados tampoco se nos presentan como dechados de virtud; sólo como aquello en que probablemente se convierte todo ser humano sometido a la presión de un simulacro de consejo de guerra, a fin de servir de chivo expiatorio para los errores tácticos de sus superiores.

El fracaso de una operación imposible, ordenada y abortada por el general Mireau (George Macready), habrá de taparse recurriendo al fusilamiento de tres hombres, lo que, sin duda, “escarmentará” a la tropa. Ésta tendrá que echar a suertes quiénes les representarán en ese injusto calvario. Porque tal es la estética con que plasma el director la larguísima agonía de los condenados: sólo que aquí, los tres personajes a los que se crucifica son intercambiables; el cabo Paris (Ralph Meeker), y los soldados Arnaud (Joseph Turkel) y Férol (Timothy Carey), son igualmente inocentes, aunque ofrecen distintas actitudes del ser humano ante la muerte: desde la triste resignación, hasta la más exacerbada angustia. Esto hizo que la interpretación, e incluso la caracterización de Sean Penn en Pena de muerte (Dead Man Walking, 1995. Tim Robbins) se inspirasen claramente en algunas escenas de este film.

El director hace presenciar al espectador la espantosa incertidumbre que experimentan tres seres concretos ante la inminencia de la muerte, con la tortura psicológica que supone, hasta el punto de hacerles enloquecer. No se nos ahorra ninguno de sus sufrimientos, como no se tiene ninguna indulgencia con el resto de las jerarquías militares. Igualmente culpables parecen todos aquellos que presencian su ejecución, hasta el punto que las atenciones del sacerdote, como su integración en el sistema castrense, se nos presentan también como una traición.

Y Kubrick, una vez que ha hecho aflorar todas las emociones del espectador y que ha explotado sus tensiones a fin de transmitir su mensaje pacifista de un modo visceral, nos ofrece una última y emotiva escena: la tropa, en sus días de permiso, acude a un café, donde ese día, el dueño sorprende a sus parroquianos con su última adquisición: una joven prisionera a la que los hombres, reducidos por la guerra a sus pulsiones más básicas, contemplan como objeto; sin embargo, el mensaje del director da lugar a la esperanza: su embrutecimiento es tan sólo momentáneo, y la capa de escoria que sobre ellos ha depositado la guerra se quebrará fácilmente, en cuanto la chica, entre lágrimas, se vea obligada a cantar una melodía, cuyo mensaje, pese a las barreras del idioma, es universal: la música es un lenguaje que entienden todos los hombres; la melancolía y dulzura de la canción hace que los soldados abandonen su apariencia de fieras, y al corearla, la transformen casi en una canción de cuna, mientras en los ojos de todos puede leerse, de forma mucho más explícita que cualquier moraleja, la necesidad de la paz para sentirse auténticamente humanos.