| SOUTH PARK (South Park, 1999. Trey Parker) |
|
|
|||||||||||||||||
La orgía sadohumorísticaA estas alturas ya dudo que alguien desconozca a los protagonista de una de las series de animación más socarronas y apocalípticas que ha dado la televisión en toda su historia. Con multitud de fans, y otro tanto de detractrores, la serie producida por la cadena norteamericana Comedy Central, South Park, protagonizada por cuatro niños de ocho años –Stan, Kyle, Cartman y el siempre asesinado Kenny– ha llevado a los hogares de todo el mundo (aquí de manera totalmente pésima gracias al nulo trato que le dio Antena 3), la corrosión más destructora y antiamericana nacida pocas veces en la propia Norteamérica. Por todos es sabido, que si ir a la contra, es algo habitual en la vieja Europa, ser contracultural en los EEUU merece muchos más elogios, pues precisamente pese a lo cerrado de su cultura, cómo bien me contó en su día Fernando de Felipe, les hace ser mucho más duros que lo que seríamos los propios extranjeros. Los irremediables Trey Parker y Matt Stone, nacidos en la propia norteamérica palurda y analfabeta que ellos mismo critican y de la que ofrece un excelente retrato el suicida Michael Moore en su oscarizada Bowling for Columbine (Ídem, 2002), dinamitaron la animación norteamericana, al crear una serie en dibujo biplano, con reminiscencias a las animaciones que realizara Terry Gilliam para los Monthy Python, con el único fin de criticar tanto la cultura, cómo el american way of life, o los supuestos iconos norteamericanos –mención especial se habría de hacer en este apartado, a la actriz, cantante, directora y productora conservadora Barbara Streisand, mil veces insultada por los habitantes de South Park, a quien en un capítulo de la serie intentó destruir convertida en una suerte de Power Ranger, y en el que en el especial de Halloween de 1998 pusieron una foto suya en las cuatro esquinas de la imagen, anunciado que ese capítulo estaba filmado en Spooky Vision (algo así cómo Terror Vision)– recibiendo por ello, al margen de un alud de críticas, una audiencia lo suficientemente considerable cómo para internacionalizarse y llevarse a otros países, y además, obtener la suficiente financiación cómo para que se llevara la serie a la gran pantalla. Las incursiones que nos han llegado a nosotros de Trey Parker en el campo de la cinematografía, se basa en dos películas cómo Orgasmo (Ídem, 1997. Trey Parker), un film en ocasiones hilarante, en otras, todo sea dicho, bastante zafio y BASEketball (Ídem, 1998. David Zucker), una comedia de sello Zucker –artífice de la saga Agárralo cómo puedas (Naked Gun, 1998)–, pero con una mala leche intrínseca bastante perceptible gracias a los guionistas de la misma, el propio Parker y su inseparable Matt Stone. Con este singular precedente, pero de bastante escaso contenido artístico, la adaptación de la serie a la pantalla podía dar pie a alguna duda, pues de la misma manera que Mike Judge poseía una serie que seguía multitud de fans de la MTV, Beavis & Butt-head, su adaptación fílmica Beavis & Butt-head recorren las américas (Beavis & Butt-head do America, 1996), había sido un total desengaño (por no hablar de su primera película cómo director, la bastante infumable Trabajo basura / Office Space, 1999), así que ni siquiera la propia solvencia de la serie prometía un buen resultado en la gran pantalla. Sin embargo, Parker, al revés que Matt Groening, creador de Los Simpson, que lleva anunciando cada cierto tiempo que se va adaptar la serie protagonizada por el magnífico Homer Simpson, para negarlo al cabo de pocos días; sí tuvo el atrevimiento de presentarnos esta joya del humor descerebrado e irreverente llamado South Park: Más grande... Quizás a primera vista resulta extraño encuadrar este film en un estudio sobre “Cine y guerra” aparentemente serio, pero si uno piensa, en las magníficas aproximaciones que hicieron al tema gente cómo Chaplin, los Hermanos Marx, Kubrick o García Berlanga, se da cuenta que la comedia, en su contexto más irónico es un perfecto marco para burlarnos de la insensatez humana. En South Park, la película, hay fanatismos y una guerra, hay mutilados y asesinados, fascismo y xenofobia, estupidez y anormalidad, e incluso nos encontramos con un Saddam Hussein indescutiblemente más divertido que en la vida real. Satanete... En el film los EEUU declaran la guerra a un dictador que tiene sometido a su país en el que hay varios pozos de petróleo, ¡hay no!. Perdón. Trata sobre cómo los EEUU declaran la guerra al Canadá, por que un film de su producción, Agujeros de fuego / Asses of fire, protagonizada por los escatológicos Terrance & Phillip, está pervirtiendo a los jóvenes de su país haciéndoles decir tacos. Lamento la confusión. Parker y Stone describen este microcosmos llamado South
Park cómo un reflejo de la norteamérica inculta y descerebrada
que ha dado presidentes tan notables cómo Ronald Reagan, George
Bush padre y George Bush hijo, y aunque en el film, el presidente aún
fuera Bill Clinton, ´wste acaba nombrando cómo Ministro de
Defensa a un desquiciado Donald Rumsfeld, digo... ¡ministra! Perdón
de nuevo, no sé donde tengo la cabeza, acaba nombrando cómo
Ministra de Defensa a Sheila Broslofski, madre de Kyle, y presidenta de
la asociación “Mothers against Canada” (Madres Contra
Canadá). En fin, toda una bibisección de lo que más se vanagloria la propia Norteamérica, con toda la mala uva posible, y haciendo de la incorrección un patrón a seguir, hasta llegar a estilizar el humor grueso cómo un símbolo de la cotidianidad. En South Park todo es posible, desde que un clítoris gigante se le aparezca a un niño para guiarle, hasta que la madre de otro niño aparezca en una película coprofágica porno-alemana. La diversión corre por la sangre incendiando las venas del espectador, que se desencaja de risa ante la caricatura del mito, incluso, en forma de antimusical de la Disney, con canciones tan brutales cómo Unklefucka (Cabrón Hijoputa) o la nominada al Óscar –impresionante el show que montó Robin Williams al cantarla en la ceremonia– Blame Canadá, en la que se asegurá que «...ni siquiera son un país de verdad». Realmente el resultado del producto es de aplaudir, o
mejor, cómo dijo Jordi Costa en su crítica para el Fotogramas,
«que lástima que no esté bien visto incendiar la
butaca después de haber disfrutado tanto». Yo entiendo
que haya gente que no congenie con el humor sardónico de Parker,
pero bueno, déjenme decirles que un poco de chile seco, no va nada
mal entre tanta producción azucarada norteamericana. Así
que mi felicitación para el señor Parker, que llega a poner
voz a más de quince personajes en el film –otras voces conocidas
serían las de George Clooney, Minnie Driver, Eric Idle y Mike Judge–,
y a ver si dentro de poco nos ofrece una segunda parte en la que aparezcan
otros secundarios cómo Bush Jr., Aznar, Bin Laden y Blair. Me muero
de impaciencia. |