| TRAIDOR EN EL INFIERNO (Stalag 17, 1953. Billy Wilder) |
|
|
|||||||||||||||||
La guerra de Billy WilderEs una idea singular el intentar realizar un alegato pacifista a través del análisis de una película bélica, pero en el fondo, si uno lo piensa bien, no existe otra forma de criticar la guerra que acudiendo a ella, tratando de esclarecer sus causas y consecuencias, y juzgando a partir de ese estudio lo que nos parezca pertinente juzgar. Esa labor, sencilla a primera vista, se convierte en algo extremadamente difícil, por no decir imposible, al darnos cuenta de que cualquier juicio que realicemos será parcial, subjetivo, basado en datos insuficientes, influido por intereses particulares, manipulado por instancias exteriores, desvirtuado por el desconocimiento de razones ocultas, y producto, en definitiva, de mil factores desconcertantes e inabarcables. Además, mayores dificultades para entender la guerra tendremos aquellos que como yo sólo la conocemos a través de los libros de historia, la televisión o el cine. No es por tanto mi intención el llegar a saber la verdad sobre estos asuntos tan abstrusos y embrollados a los que mi pobre comprensión del mundo no puede siquiera acercarse, y advierto por tanto que estas líneas tal vez se conviertan en una constatación pueril de esas “verdades” que todos solemos decir al respecto de las hostilidades entre países. El aventurar simplemente que la guerra es algo malo e innecesario me situará inevitablemente en un infantilismo lleno de candidez que, a pesar de resultar agradable y permitirme dormir por las noches, no me satisfará de la manera que a mí me gustaría. La violencia y el odio existen desde que el mundo es mundo, y sospecho que con nuestra inocencia a cuestas no hemos avanzado sino muy pocos pasos para solucionar ese rasgo de carácter tan humano. Aún así, es mi deseo sincero que las cosas cambien y las guerras desaparezcan. La película que he elegido para comentar es Traidor en el infierno, una de las obras menos conocidas de Billy Wilder. Casualmente vi esta película por primera vez hace dos semanas en un cineclub, justo el día en que comenzaron los ataques sobre Iraq. A pesar de tal coincidencia debo decir que el film no me pareció bélico en el sentido estricto de la palabra. No hay combates, no hay batallas, apenas muertos..., y es que, como bien nos dice el narrador de la historia, se han hecho muchas películas sobre soldados luchando, pero muy pocas sobre soldados prisioneros, y precisamente esa va a ser la intención de Wilder, recrear las condiciones de vida de los hombres que ya no luchan contra el enemigo, sino contra cuatro paredes. Tal idea debía ser original por entonces, pero bien sabemos que las historias sobre prisioneros de guerra no tardarían en formar un género por sí mismas. Recordemos por ejemplo La gran ilusión (La grande illusion, 1937. Jean Renoir), El puente sobre el río Kwai (The bridge on the river Kwai, 1957. David Lean), La gran evasión (The great escape, 1963. John Sturges), Evasión o victoria (Victory, 1981. John Huston) o más recientemente La guerra de Hart (Hart´s war, 2002. Gregory Hoblit). Nos encontramos en plena Segunda Guerra Mundial, con un buen montón de sargentos, todos ellos norteamericanos, apresados por los nazis y enclaustrados en un stalag (stalag es la palabra alemana para designar los barracones en los que eran recluidos los presos; Traidor en el infierno se titula en inglés Stalag 17). Las condiciones de vida en los barracones son presentadas como miserables, aunque no se acercan ni de lejos a la tenebrosidad de los campos de exterminio para judíos. En esas penosas circunstancias conviven hombres muy distintos a los que, sin embargo, une la esperanza de conseguir la libertad. Elaboran continuamente planes de fuga o sencillamente burlan la vigilancia nazi para poder conseguir pequeñas satisfacciones como escuchar la radio o ver de cerca mujeres. La coexistencia pacífica y amistosa de estos prisioneros se ve sacudida por la sospecha de que uno de ellos es un delator, ya que los últimos intentos por engañar a los alemanes han resultado todos frustrados de manera sistemática. Las sospechas recaen sobre el protagonista del film (encarnado por un William Holden espléndido que ganó un Oscar por su actuación), cuya filosofía individualista de la vida y egocentrismo le hacen aparecer a los ojos de los demás como un cínico terrible capaz de traicionar a sus propios compatriotas por unos cuantos cigarrillos. Después de que Holden recibe una paliza de sus iracundos compañeros, la película deriva hacia derroteros detectivescos para concluir con inesperados alardes de heroísmo. Siendo una película muy interesante y de virtudes innegables, Traidor en el infierno resulta incómoda por muy diversas razones. En primer lugar, el tratamiento de comedia que realiza Wilder parece en muchos momentos forzado, en otros está fuera de lugar y en algunas ocasiones llega a alcanzar lo macabro. Es como si su humor fuera demasiado espeluznante para poder digerirlo con una sonrisa. Tal vez la cercanía de una guerra real como la de Iraq, que levanta suspicacias poco antes inexistentes, sea la causante de que personalmente viera esas chispas de ingenio como inadecuadas. También puede ocurrir que el acostumbrado humor agridulce de Wilder, su seña más característica, alcance precisamente aquí su máximo apogeo, debido seguramente a que las circunstancias en las que viven los protagonistas de la historia son ya de por sí terroríficas. Supongo que en las guerras el sentido del humor y la crueldad se confunden a menudo y por eso el humor es negro como un pozo. Como muestra un botón: uno de los soldados recibe una carta en la que su mujer le comunica que se ha encontrado un bebé en la puerta de casa. El soldado, con la mirada perdida, no cesa de repetir: «puede ocurrir, puede ocurrir», y todo el cine reímos la gracia. Por otro lado el film se ha quedado obsoleto en algunos aspectos. Son ya muchas las películas sobre la Segunda Guerra Mundial que se han hecho y que han ido forjando poco a poco una imagen del nazismo, un estereotipo que para bien o para mal queda fijo en nuestras retinas. Es por eso que el hacer a aparecer a los soldados alemanes como estúpidos no nos acaba de convencer, y aunque Otto Preminger haga bien su papel y nos parezca un malvado estupendo, queda como un niño al lado de Gregory Peck en Los niños del Brasil (The boys from Brazil, 1977. Franklin J. Schaffner) o Ralph Fiennes en La lista de Schindler (Schindler's list, 1993. Steven Spielberg). Desgraciadamente estamos muy acostumbrados a ver en la pantalla a los oficiales de las SS asesinar a sangre fría por los motivos más nimios (no se sabe si para conseguir una mayor fidelidad histórica o para satisfacer la morbosidad creciente del público) y es por eso que el film adolece en algunos momentos de verosimilitud para los espectadores contemporáneos, que acumulan cada vez más prejuicios. Enlazando este punto con el anterior referido al sentido del humor, podemos realizar la siguiente pregunta retórica: ¿existe alguna posibilidad de hacer hoy en día una comedia sobre el nazismo? Que en el fondo es lo mismo que preguntar: ¿existía en la década de los cincuenta alguna posibilidad de realizar una película ambientada en un campo de exterminio? El paso del tiempo es el que determina lo que se puede y no se puede hacer. Por último, y para explicar la enigmática idea de patriotismo que defiende el film, me gustaría aventurar un significado oculto tras un guión que aparentemente no presenta mayores dificultades de comprensión. Conociendo un poco la biografía de Billy Wilder y mirando el año de la película, no creo ir muy lejos afirmando que el papel de William Holden representa a todos los judíos del mundo. Es el astuto comerciante, capaz de sacar dinero de las piedras, el ser incomprendido y solitario, el extranjero en cualquier parte, el hombre capaz de adaptarse mejor que nadie a los tiempos de penuria. Pero también es el hombre que despierta odios y envidias. No por casualidad es elegido en la película como el cabeza de turco cuando las cosas van mal, igual que el pueblo judío fue acusado por los nazis y siglos atrás por casi todas las naciones de Europa. No sé si Billy Wilder y Edwin Blum escribieron intencionadamente esta alegoría, pero la reveladora escena del linchamiento, la nacionalidad del auténtico delator (que en la película recibe el irónico sobrenombre de Información) y la súbita decisión de huir, que le hacen aparecer como un héroe ante los demás pero que a mi entender es bastante inexplicable, creo que no dejan lugar a dudas sobre su significado. El patriotismo que el director muestra, por muy agradecido que pudiera estar a los Estados Unidos, no es el de las barras y estrellas, pues Holden no parece tener su sitio ni entre los alemanes ni entre los norteamericanos. El nacionalismo que Wilder ensalza es el de los judíos errantes que en la fecha en que se rodó la película ya habían encontrado su patria. Para acabar haré una pequeña crítica a la guerra, o lo que es lo mismo, al ser humano. Lamentablemente, el pueblo judío del que antes hablaba, tan vapuleado por la historia, es hoy día un ejemplo paradigmático de cómo los seres humanos aprendemos muy poco de nuestro pasado y estamos siempre dominados por el ansia de poder y de venganza. Yendo en contra de este último argumento se puede recordar la conocida sentencia que afirma que «un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla», pero un agudo filósofo, más realista, declaró hace ya casi doscientos años que «Lo único que nos ha enseñado la historia es que no nos ha enseñado nada». Sólo puede existir una manera para poder coexistir
pacíficamente en este mundo: encontrar un objetivo común,
unos intereses que pusieran de acuerdo a todos los seres humanos. Las
ideas patrióticas, los nacionalismos e incluso las religiones en
sus formas más radicales, van justo en el sentido contrario. Mientras
existan intereses contrapuestos, mientras unos hombres se consideren mejores
que otros, habrá siempre odio y conflictos. La guerra nos gana
de momento la partida, todavía no somos seres humanos. |