| STARSHIP TROOPERS (Starship Troopers, 1997. Paul Verhoeven) |
|
|
|||||||||||||||||
La guerra de diseño y el diseño de la guerraAunque el objetivo de este dossier no es otro que comentar algunas películas con relación a la actual situación bélica en el mundo, voy a comenzar con una vindicación del título que me ocupa, Starship Troopers. Aún no puedo comprender cómo hubo gente capaz de calificar como “film fascista” a una película tan claramente satírica (aunque, quizás, ambigua en algún tramo, mas nunca pro-militarista, en mi opinión) como la de Verhoeven, pero ocurrió de esa manera. Por eso creo necesario comenzar mi comentario apuntando algunos detalles del film que avisan sobre la que, pienso, fue la auténtica intencionalidad del director de El cuarto hombre (De vierde man, 1979) cuando accedió a adaptar la novela de Robert Anson Heinlein. Lo primero destacable sería la elección de los intérpretes. Todos ellos son chicos sanos al estilo "Sensación de vivir", guapos, rubios (arios, como quien dice), y sonrientes. Además de elegirlos así, Verhoeven les dirige de la forma más conveniente para exagerar siempre su lado más empalagoso e inconsciente. A esto añadiremos el hecho de encontrarnos con un instituto de Buenos Aires convertido en una genuina high school norteamericana (hablan inglés) con su equipo de football y su baile de graduación... En Starship Troopers, sólo se accede al status de ciudadano si se pertenece al ejército. Los civiles son una suerte de especie inferior. Los uniformes e insignias del ejército federal muestran clarísimas reminiscencias de la vestimenta utilizada por el ejército nazi. Tanto es así, que Verhoeven parece filmar muchas escenas de masas como si fuese la mismísima Leni Riefenstahl. Por otro lado, tenemos la inclusión de elementos clave de la cultura norteamericana introducidos en un entorno futurista donde su sentido original cobra una extraña dimensión, combinados además con esos otros elementos anteriormente mencionados. Ahí tenemos esa secuencia en la que los soldados deciden divertirse un poco, y se ponen a beber cerveza y jugar al football (dos iconos clave del american way of life). O ese otro momento, dentro de la misma secuencia, en el que organizan uno de esos bailes de estilo tradicional irlandés que hemos visto en tantas películas de John Ford... O ese romance en tiempos de guerra... Tal parece como si Verhoeven quisiese reproducir perversamente algunos de los elementos que forman parte del cine (y, por tanto, de la historia) estadounidense (en esa línea, el asedio final al fortín podría verse como una puesta al día de la batalla de El Alamo). Además, Verhoeven hace un sutil dibujo del carácter controlador y de pensamiento único de la sociedad que retrata (al estilo de "1984", de Orwell), sociedad en la que toda introspección o búsqueda de la reflexión personal queda desterrada. La imposibilidad de la intimidad (y, por tanto, de que las personas puedan crearse un mundo interior) queda patente en secuencias como: el anuncio de las notas en el instituto (todo el mundo puede visualizar, en letras gigantes, el resultado de los demás); las duchas mixtas en los vestuarios del ejército (uniformización de ambos sexos); el anuncio de las listas de caídos en combate, igual de poco discreto que el de las notas; el intento de Rico (Casper Van Dien) de enviar un mensaje a su novia y de leer el que ella le envía, sin poder evitar que los demás lo vean; e incluso la decisión de Rico de entablar relaciones sexuales con Dizzy (Dina Meyer), que queda interrumpida por la interferencia de un superior. Y, tras esta exposición, yo me pregunto: ¿De verdad no se sabe ver la diferencia entre esta película de Verhoeven y, por ejemplo, Pearl Harbor (íd., 2001. Michael Bay)? En ambos films los personajes son caricaturas, cierto, pero en el firmado por Bay lo son involuntariamente... Por no hablar del modo en que están rodadas (todas) las secuencias. La película de Verhoeven (un excelente director de cine, por más que a veces no acierte a la hora de elegir proyectos) estaría mucho más cerca, creo yo, del estilo irónico de un film como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971. Stanley Kubrick), que de artefactos como el de Jerry Bruckheimer. De hecho, el recurso a la ultraviolencia, a la tortura de los personajes-insecto (visión entomológica), da buenos resultados en el film a la hora de hablarnos de un futuro (o quizás no tan futuro) donde la moralidad y el resto de aspectos humanos han sido convertidos en una mentira de flamante carcasa, pero de hediondo interior, cuando no definitivamente borrados de la faz de la Tierra. El aspecto más interesante de Starship Troopers, y el motivo principal por el que resulta interesante verla en estos días, está en el diseño de los insertos de informativos multimedia que acompañan a las andanzas de los reclutas del film. Verhoeven ya había hecho uso de este recurso en films como Robocop (íd., 1987) y Desafío Total (Total Recall, 1990) –dos obras que formarían una notable trilogía junto a esta Starship Troopers– con resultados buenos, pero aquí su trabajo es excepcional. El diseño de las cabeceras, el tono de showman de la voz que suena sobre las imágenes, los atractivos rótulos que se sobreimpresionan, la simplificación sistemática de los hechos, la manipulación de los niños (a los que vemos blandiendo armas y agarrando –imagen poderosísima- puñados de balas), la censura de contenidos “violentos” (pese a que es una sociedad cimentada en la fuerza bruta), el sensacionalismo que arruina cualquier intento de racionalizar nada... Como la vida misma, vaya. Hoy tenemos todos en nuestras casas los partes de guerra televisivos de la actual invasión de Irak, y podemos ver las inquietantes similitudes de muchos de los elementos que ponen en juego con los que salen (un poco exagerados, pero tampoco demasiado) en Starship Troopers. El film es, sin duda, uno de los mejores retratos de cómo se condiciona el pensamiento a través de los medios para poder lograr un clima favorable al uso de la violencia. Todo está diseñado con ese fin, y hasta las imágenes que muestran juicios o cumbres políticas transmiten la sensación de ser una parodia de sí mismas. Mas funcionan, como una corriente que arrastra a todos y ante la que parece imposible luchar. Todo queda simplificado y ordenado en esos “informativos” (“¿Quieres saber más?”, dicen antes de seguir con su propaganda) del modo más interesante para los intereses castrenses. Cuando la ciudad de Buenos Aires es destruida, según dicen, por causa de los insectos (algo que no queda claro, ya que Verhoeven no muestra el hecho, ni tampoco explica el modo en el que dichos insectos podrían enviar meteoritos al espacio), todos dan por hecho que la guerra ha estallado (algo que, de algún modo, tuvimos que asumir nosotros el día que vimos caer las Torres Gemelas...). La guerra empieza. Lo que parece que no podría
producirse realmente acaba llegando (a estas cosas nos estamos acostumbrando
mucho todos últimamente). Los soldados son enviados al matadero
como ganado... Verhoeven no ahorra dureza en las situaciones. La
más elocuente al respecto es la muerte de Dizzy. La imagen de Dina
Meyer retorciéndose, cubiertos de sangre los dientes, es tremendamente
violenta... La muerte es prácticamente lo único real a lo
que los chicos se han enfrentado en su vida, y Verhoeven no duda en filmar
toda esa carne joven torturada y despedazada. Los jóvenes de diseño
también mueren, aunque ellos no terminen de entender lo que les
está pasando... Eso es cierto. El otro día vi algo parecido
en televisión. Era un soldado norteamericano que había sido
capturado en territorio iraquí. Miraba a la cámara con gesto
asustado, y apenas podía hablar. Pensé que quizás
él había sido capitán del equipo de fútbol
de una universidad. Quizás había hecho el amor con la líder
de las animadoras en el baile de graduación. Quizás se alistó
para defender la libertad y la paz, convencido de representar al bien...
y ahí estaba, ante los ojos de medio mundo, apresado, fuera de
lugar, fuera de su hogar. Y el caso es que ese hombre había llegado
a aquella horrible situación debido a que unas empresas determinadas
desean incrementar sus beneficios económicos. Y él ni siquiera
lo sospechaba, y puede que nunca lo haga... Este pensamiento no me asustó
(ya nada asusta en este mundo), pero sí me llenó de inquietud,
y me causó una extrañeza que todavía no sé
cómo definir. |